Helmut, el empleado que tenian mi padre y herr Itzhak, me de noticias. ?Me acuerdo tanto de Yla!

La estancia de Albert y Amelia en Irlanda no puede decirse que resultara un exito. Lady Eugenie, la madre de Albert, era una mujer muy testaruda, y aunque recibio con una sonrisa a Amelia, pronto dejo claro que no la consideraba la persona adecuada para su hijo. Ademas, segun lo anunciado por Paul James, la familia tenia como invitados a sus amigos los Brian y a su hija Mary, quien, a juicio de lady Eugenie, reunia todas las cualidades exigibles para convertirse en la esposa de Albert.

Algunos pasajes del diario de lady Eugenie nos dan una vision exacta de lo sucedido en aquellos dias.

«Amelia es encantadora, no lo puedo negar, pero esta casada, de manera que Albert no tendra mas remedio que romper su relacion con ella. En cuanto a Mary, la encuentro perfecta para Albert. Es guapa, educada, pertenece a una familia excelente y muy bien relacionada. Para Mary ha supuesto una decepcion ver a Albert tan enamorado de Amelia, y tambien sus padres estan incomodos con la situacion, por eso he decidido tomar cartas en el asunto. Manana hablare con Albert y luego lo hare con los Brian; ellos no saben que Amelia esta casada y pienso decirselo. En cuanto a Ernest, no se si podre contar con el, me ha pedido que no haga de casamentera y que respete la decision de nuestro hijo por mas que a el tampoco le gusta su relacion con Amelia. Pero Ernest se esta volviendo muy norteamericano y se olvida de que hay valores y tradiciones que deben permanecer. Un hijo debe comprender que casarse no es una decision exclusivamente suya, que debe pensar en la familia. Pero es que, ademas, en este caso, ni siquiera se trata de elegir casarse con Mary o Amelia, porque la espanola ya esta casada.»«No ha sido facil la conversacion con Albert. Creo que haberle educado en Estados Unidos ha hecho de el un hombre poco convencional. Le he dicho que Amelia cuenta con mi simpatia pero que su relacion no tiene futuro.

– ?Vas a renunciar a tener hijos? -le he preguntado.

Albert se ha quedado callado, creo que no lo habia pensado o simplemente no ha querido plantearselo hasta ahora.

– Si tienes hijos, haras de ellos unos bastardos, ?es eso lo que quieres?

Luego le he recordado sus obligaciones para con la familia por ser hijo unico. Desgraciadamente, yo no he podido tener mas hijos y a el le corresponde hacerse cargo del apellido y de cuanto tenemos por mas que diga que el es norteamericano y no cree en las clases. Le guste o no, es un James.»«La conversacion con los Brian tampoco ha sido facil. Les he explicado que la relacion de Albert con Amelia no pasa de ser una ofuscacion de jovenes. Creo que se han quedado mas tranquilos al saber que, aunque Albert quisiera, no se puede casar con Amelia porque ella esta casada, y con Franco mandando en Espana las posibilidades de divorcio son nulas. Han sido muy discretos al no hacer ningun comentario hiriente sobre Amelia. A Mary le he pedido un poco de paciencia, asegurandole que a veces los hombres pierden momentaneamente la cabeza por una mujer y que las damas como nosotras debemos aceptar la situacion con elegancia. Mejor no darse por enterada que organizar una escena o provocar una conversacion directa en la que se pueden decir cosas inconvenientes. Ademas, yo estoy segura de que por mas que le cueste y por muy norteamericano que se sienta, Albert cumplira con su deber para con nosotros.»

Albert se dio cuenta que de no debia alargar la estancia en Irlanda so pena de provocar un enfrentamiento directo con su madre y decidio regresar a Paris antes de viajar a Berlin.

El 22 de agosto de 1939 Hitler, en un discurso dirigido al Alto Mando aleman, dejo claras sus intenciones de invadir Polonia. Un dia despues, el 23, Amelia y Albert se encontraban cenando en casa de Jean Deuville. Amelia habia mantenido intacta la amistad con el mejor amigo de Pierre. Le agradecia, lo mismo que a Albert, la ayuda inequivoca que le habia prestado en Moscu para intentar salvar a Pierre. Desde la muerte de este, Jean a duras penas habia logrado superar lo vivido en Moscu, puesto que habia descubierto un rostro del comunismo que le producia horror.

Por si fuera poco, para Deuville tambien habia sido un duro golpe que aquel mismo dia Alemania y la Union Sovietica hubieran firmado un pacto de no agresion. Como tantos otros comunistas se sentia desarmado, incapaz de encontrar argumentos para defender el pacto Ribbentrop-Molotov.

Hitler perseguia con sana a los comunistas en Alemania, y no podia comprender por que Stalin, contraviniendo cualquier principio, le estaba dando un balon de oxigeno.

– ?Como puedes ser tan ingenuo? -le dijo Amelia-. ?No te das cuenta de que Stalin esta ganando tiempo?

– ?Tiempo? Si lo que esta haciendo es regalar tiempo a Hitler -se lamento Jean Deuville.

– Terminaran enfrentandose, no lo dudes, este es solo un movimiento tactico -insistio Amelia.

– Pero ?y los principios? No soy de los que creen que el fin justifica los medios.

– Siempre has sido un romantico -intervino Albert, que habia llegado a apreciar sinceramente a Deuville despues de haber compartido tantas zozobras en Moscu.

– Las ideas no pueden mancillarse. ?Como puedo explicar este pacto a mis amigos, a los que he convencido de que el comunismo es la unica idea capaz de construir un nuevo mundo?

?Como puedo pedir que sigamos luchando contra el fascismo si Stalin pacta con Hitler?

Jean Deuville estaba desolado y ninguno de los argumentos utilizados por Amelia y Albert lograron aplacar su angustia. Era un hombre ideologicamente puro al que le resultaba del todo incomprensible que, fueran cuales fuesen los motivos, Stalin hubiese pactado con Hitler.

Cuando pasadas las doce Amelia y Albert salieron de su casa, Jean la abrazo durante unos minutos como si quisiera retenerla; despues, mientras se despedia de Albert con un fuerte apreton de manos, le hizo un encargo.

– Vas a darme tu palabra de honor de que cuidaras de ella, ?verdad?

– Es lo que pretendo, cuidar de Amelia el resto de mi vida -respondio Albert de manera solemne.

– Eso me deja tranquilo.

A Amelia le inquieto la angustia de Jean Deuville y, sobre todo, la manera de despedirse.

– No deberiamos dejarle solo -le dijo a Albert apenas salieron del piso de Deuville.

– ?Vamos, no seas nina! No le pasa nada, solo que es un hombre integro y no entiende de tacticas ni de estrategias politicas. Por eso no puede entender el pacto Ribbentrop-Molotov. Por cierto, has sido muy generosa intentando justificarlo, teniendo en cuenta lo que piensas de Stalin.

– Jean es bueno y no quiero hurgar en la herida.

Dos dias mas tarde llegaron a Berlin y se instalaron en el hotel Adlon. Amelia no supo reprimir la emocion que para ella suponia regresar a Berlin, una ciudad que habia conocido cuando era una nina y viajaba a Alemania con sus padres.

No le costo mucho convencer a Albert para que la ayudara a buscar a los Wassermann. Confiaba en que alguien les diera alguna pista sobre herr Itzhak y su esposa Judith o, cuando menos, de su hija Yla.

Amelia le condujo hasta la Oranienburger Strasse, cerca de la Neue Synagoge, la mayor sinagoga de Alemania.

– ?Es bastante impresionante! -comento Albert al contemplar el edificio de aire morisco.

– Si que lo es, aun recuerdo lo que nos explico herr Itzhak de la sinagoga… Se inauguro en 1866 y es obra de Edouard Knoblauch, un discipulo de Karl Friedrich Schinkel.

– ?Menuda memoria tienes!

– Siempre me han interesado la historia y el arte.

Ningun vecino supo darles informacion precisa sobre herr Itzhak y su familia. Amelia insistio en llamar a todas las puertas del edificio donde habia vivido la familia Wassermann, pero lo unico que lograron averiguar es que habian desaparecido de un dia para otro.

Amelia sentia la desconfianza de los pocos que se atrevieron a abrirles su puerta. Aquel edificio antano habitado por familias burguesas de repente aparecia mal cuidado y sombrio.

– Seguramente los Wassermann han dejado Alemania. Tu misma me has contado que tu padre les insistia en ello.

– Si, pero herr Itzhak se negaba, decia que esta era su patria.

– Ya, pero en vista de como han ido las cosas el buen hombre no habra tenido mas remedio que marcharse. Si no recuerdo mal me contaste que los nazis le habian cerrado el negocio y que eso supuso la ruina de tu padre.

– Asi es, pero a pesar de todo herr Itzhak no queria dejar Alemania.

Amelia no se rendia facilmente, de manera que insistio hasta convencer a Albert de que debian intentar encontrar a Helmut, el contable del negocio del senor Wassermann.

– Es un buen hombre, y si damos con el seguro que nos podra informar sobre los Wassermann.

Вы читаете Dime quien soy
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату