En otro momento de la velada, Max von Schumann encontro la ansiada ocasion para hablar con Amelia. La esposa de Paul James, lady Anne, retuvo a Ludovica en una conversacion con otra senora, y la baronesa no encontro la manera de dejar a sus interlocutoras sin llamar la atencion.

– Te encuentro cambiada, Amelia.

– La vida no pasa en balde.

– ?Albert James es tu…?

– ?Mi amante? Si, lo es.

– Perdona, no he querido molestarte.

– No me molestas, Max. ?De que otra manera se puede describir mi relacion con Albert? Soy una mujer casada, de manera que si estoy con otro hombre es que este es mi amante.

– Te ruego que me disculpes, solo queria saber como estabas. No he dejado de recordarte desde que nos conocimos en Buenos Aires. Pedi a Martin y a Gloria Hertz que me hablaran de ti, pero en sus cartas no han dejado de reiterar que te fuiste con Pierre a un congreso de intelectuales en Moscu y que no regresaste. Gloria me escribio para contarme que el padre de Pierre habia ido a Buenos Aires para cerrar la libreria y hacerse cargo de las pertenencias de su hijo, y que de ti, no quiso darles razon. No se si debo preguntarte por Pierre…

– Lo mataron en Moscu.

Max no supo que decir ante la noticia de la muerte de Pierre. La mujer que tenia delante en nada se parecia a la muchachita desvalida que habia creido conocer en Argentina.

– Lo siento.

– Gracias.

Parecian no saber que mas decirse. Max estaba incomodo porque sentia las miradas inquisitivas de su esposa, y en cuanto a Amelia, era de suponer que se sentia decepcionada, quiza herida por haber encontrado a Max casado. No es que ella esperara que el permaneciera fiel a su recuerdo y hubiese roto su compromiso con Ludovica, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta verlo con sus propios ojos.

– ?Estaras mucho tiempo en Londres? -quiso saber el.

– No lo se, acabamos de llegar. Es Albert quien lo decidira. Ademas de ser su amante trabajo para el, soy su ayudante, su secretaria, hago de todo un poco. El me salvo, lo hizo en Moscu, en Paris, en Madrid; siempre ha estado cerca cuando le he necesitado y sin pedirle nada siempre me ha tendido la mano.

– Le envidio por eso.

– ?De verdad? ?Sabes, Max?, te eche mucho de menos cuando te fuiste y al principio sonaba con que algun dia nos volveriamos a encontrar. Luego en Moscu deje de sonar para siempre. Aprendi a no pensar mas que en el minuto en que estaba viviendo.

– Has sufrido mucho…

Amelia se encogio de hombros en un gesto que queria ser de indiferencia.

– Me gustaria volver a verte -le dijo el.

– ?Para que?

– Para hablar, para… No me hagas sentirme como un adolescente, ?tan dificil es entender que me importas?

– ?Por Dios, que cosas dices!

– Podras reprocharme muchas cosas, pero lo aceptes o no, continuas siendo importante para mi.

– Si la casualidad no nos hubiese reunido hoy aqui nunca hubieramos vuelto a saber el uno del otro…

– Pero la casualidad ha querido lo contrario y estamos aqui. ?Puedo invitarte a tomar el te manana en el Dorchester?

– No lo se, no puedo comprometerme a ir. Depende de Albert.

– ?Necesitas su permiso?

– Le necesito a el.

– A las cinco estare en el hotel Dorchester, ojala que puedas venir.

La baronesa Ludovica von Waldheim se acerco a ellos con paso decidido.

– ?Recordando viejos tiempos? -pregunto con ironia.

– Estaba invitando a tomar el te a la senorita Garayoa, y espero que pueda aceptar mi invitacion. ?Quien sabe cuando nos volveremos a ver!

– ?Oh, el destino es muy caprichoso! ?No cree, querida? -dijo la baronesa, taladrando con la mirada a Amelia.

– Procuro no contar con el destino a la hora de hacer planes -respondio.

Albert James no debio de dar importancia a la invitacion del baron Von Schumann puesto que al dia siguiente el mismo la acompano hasta el Dorchester.

– Vendre a recogerte dentro de una hora -le dijo, dandole un beso en la mejilla tras haber saludado a Max von Schumann.

– Me alegro de que hayas venido -dijo Max en cuanto se quedaron a solas.

– Albert encuentra natural que podamos tomar el te juntos habida cuenta de que nos conocimos en Buenos Aires y tenemos amigos comunes.

– Muy comprensivo el senor James.

– Es un hombre extraordinario, el mejor de cuantos he conocido -respondio Amelia con un deje de irritacion.

Hablaron del giro que habia dado la vida de ambos. El le conto por que estaba en Londres y como habia fracasado en su intento de convencer a los britanicos para que pararan a Hitler.

– No he logrado que me escuchen, pero lo seguiremos intentando. Otro miembro de nuestro grupo llegara dentro de unos dias a Londres y volvera a entrevistarse con personas importantes del Gobierno britanico.

– Pero la otra noche sir Paul James manifesto publicamente su convencimiento de que Hitler provocara una guerra en Europa. ?Como puedes decir que has fracasado?

– Sir Paul es un hombre inteligente capaz de ver la realidad y en no empecinarse en como le gustaria que fueran las cosas. Desgraciadamente, no depende de el que el Gobierno britanico tome en consideracion nuestros temores.

– ?Sabes? Me sorprende que, siendo militar vengas a Gran Bretana a pedir a los ingleses que paren a Hitler, te creia un patriota incapaz de hacer nada en contra de Alemania.

– Lo que estoy haciendo es por Alemania y precisamente porque soy un patriota. No creas que ha sido facil obtener permiso para viajar en un momento como este, pero supongo que la vieja nobleza aun mantiene ciertos privilegios por mas que Hitler nos odie. Ademas, tenia una excusa: Ludovica tiene una prima casada con un conde ingles, y, oficialmente, hemos venido al bautizo de su primer hijo.

Luego, Max le explico que habia hecho gestiones para saber de herr Itzhak Wassermann, el socio del padre de Amelia, pero todos sus esfuerzos habian sido inutiles. El empleado de herr Itzhak, Helmut le habia asegurado que no sabia donde estaban.

– El buen hombre tenia miedo, desconfiaba de mi. Claro que, en estos tiempos, todo el mundo se ha vuelto desconfiado en Alemania. Te escribi para contartelo pero supongo que ya no estabas en Buenos Aires, porque no respondiste a mi carta.

Una hora despues, Albert James se presento a buscar a Amelia. Max le invito a tomar otro te, queria conocer su opinion sobre lo que estaba pasando en Europa, y le sorprendio que Albert dijera que pensaba ir a Alemania.

– A Ludovica y a mi nos encantara recibirle, y si podemos serle de alguna utilidad…

Amelia permanecio en silencio, para ella habia supuesto una sorpresa mayor enterarse de que Albert proyectaba ir a Berlin, pero opto por no decir nada.

Mas tarde, el periodista le comunico que en cuanto terminara de escribir los reportajes sobre Espana irian a Irlanda para pasar unos dias con sus padres y despues viajarian a Alemania.

– Varios periodicos norteamericanos quieren saber sobre Hitler y si es verdad que ha salvado al pais del caos economico en que estaba. ?Vendras conmigo?

– Desde luego que si, por nada del mundo me perderia ir a Berlin. ?Quien sabe?, a lo mejor logro que herr

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