– No se que quiere decir.

– Una de esas senoritas remilgadas que estan deseando que un tio les haga lo que le tienen que hacer pero lo disimulan aparentando ser grandes damas.

– He venido a traerle el dinero para lograr el indulto de mi no, nada mas.

– ?Vaya, te haces la estrecha conmigo! ?Y si me niego a hacer ninguna gestion?

– ?Pero que es lo que pretende!

Pese a la resistencia de Amelia, que le arano, Agapito Gutierrez se acerco a ella y la beso.

– ?Menuda gata estas hecha! No disimules que a ti esto te gusta tanto como a mi, te tengo calada.

Amelia se puso de pie y le miro con ira y asco, pero no se atrevio a marcharse temerosa de que Agapito se negara a hacer la gestion para conseguir el indulto de su tio Armando Garayoa.

El rufian se levanto y mirandola de frente sonrio mientras volvia a abrazarla.

– ?Suelteme! ?Como se atreve! ?Es usted un sinverguenza!

– No menos que tu; he preguntado por vosotras y me han contado que eres una puta que dejaste a tu marido y a tu hijo para largarte con un frances. Asi que no disimules mas conmigo.

– Aqui tiene el dinero -le dijo Amelia entregandole un sobre grueso de papel estraza donde estaban las cincuenta mil pesetas-. Cumpla lo prometido.

– Yo no he prometido nada, ya veremos si indultan a tu tio, que por rojo no se lo merece.

El hombre cogio el sobre, lo abrio y conto el dinero billete por billete mientras Amelia lo miraba intentando contener las lagrimas. Cuando termino de contar la miro friamente mientras sonreia.

– Ha subido el precio.

– ?Pero usted dijo que nos cobraba cincuenta mil pesetas! No tenemos mas…

– Lo pagaras tu. Tendras que hacer lo que yo te pida o tu tio no saldra de la carcel y le fusilaran. Ya me encargare yo de que le fusilen cuanto antes.

Amelia estuvo a punto de derrumbarse, solo queria salir corriendo de aquel despacho que olia a sudor mezclado con colonia barata. Pero no lo hizo, sabia que en ese caso su tio Armando terminaria ante el paredon.

El se dio cuenta de que habia vencido.

– Ven aqui, vamos a hacer unas cuantas cosas tu y yo…

– No, no vamos a hacer nada. Le dejo el dinero y si mi tio sale de la carcel, entonces…

– ?Menuda puta estas hecha! ?Como te atreves a ponerme condiciones?

– Vendre el dia en que mi tio salga de la carcel.

– ?Claro que vendras! No te creas que no me vas a pagar.

Amelia salio del despacho y cruzo la sala, donde la secretaria estaba hablando por telefono al tiempo que se limaba las unas. La pelirroja le guino un ojo en un gesto de complicidad.

– ?Que te ha pasado? -le pregunto Albert James, preocupado al verla salir del portal con las mejillas enrojecidas y los ojos llenos de lagrimas.

– Nada, nada, es que ese hombre es un sinverguenza, ni aun dandole las cincuenta mil pesetas parece conformarse, y no da garantias del indulto de mi tio.

– Voy a subir a decirle cuatro cosas. Veremos si a mi se atreve a decirme que se va a quedar con las cincuenta mil pesetas por nada.

Pero ella no se lo permitio. Tampoco le dijo lo que aquel miserable pretendia. Sabia que la suerte estaba echada y que solo un milagro podria salvarla de las manos de aquel hombre.

La espera se hizo eterna. Amelia y Albert James salian a primera hora para trabajar, y a veces no regresaban hasta bien entrada la tarde, siempre con algun alimento comprado de estraperlo: una caja de galletas, una docena de huevos, un pollo, azucar… Dona Elena continuaba administrando la casa con lo poco que tenia, y yo procuraba pasar inadvertido junto a Edurne, a la que acompanaba a todas partes. En un par de ocasiones Edurne me llevo al hospital a visitar a mi abuela, pero la mujer no mejoraba, con lo que mi estancia en la casa de dona Elena se fue alargando.

Edurne tambien habia vuelto a hablar con Agueda y la habia convencido de que permitiera que Amelia viera de lejos al pequeno Javier. La mujer acepto a pesar del temor que le infundia Santiago y Amelia cumplio el compromiso de no acercarse al nino. Le veia en la distancia dominando el deseo de correr hacia el y abrazarle.

Un dia, de buena manana, dona Elena recibio una llamada de Agapito Gutierrez. El hombre le anuncio que esa manana iban a firmar el indulto de don Armando y que esa misma tarde podria quedar en libertad, pero que antes de eso tenia que enviarle a Amelia al despacho. Dona Elena pregunto que para que pero Agapito no le dio razones, solo la orden terminante de que enviara a su sobrina o de lo contrario el papel del indulto se perderia.

Dona Elena se puso a llorar de alegria. La pobre mujer estaba exhausta por la incertidumbre y el sufrimiento. Para celebrarlo, nos permitio ponernos una cucharada entera de azucar en la malta.

– No entiendo que quiere ese hombre… Insiste en que vayas a su despacho sola, que ha de tratar algo contigo. Y no quiere decir para que, lo mismo pretende mas dinero…

Albert James insistio en acompanar a Amelia a la cita con Agapito Gutierrez, pero ella se nego.

– Tienes una entrevista con el embajador britanico y no quiero que la cambies por mi.

– Es que no quiero dejarte sola.

– No te preocupes, ahora lo importante es que mi tio salga de la carcel.

Aunque de mala gana, Albert James no tuvo mas remedio que aceptar. Amelia estaba mas nerviosa que su tia, y el no queria contribuir a alterar el dificil equilibrio en el que ella se mantenia desde el regreso a Espana. La perdida de sus padres, la de su hijo, ademas de encontrar el pais arrasado por la miseria, y lo que era peor, por el odio, habian hecho mella en su animo.

A primera hora de la tarde Amelia se despidio para ir al despacho de Agapito Gutierrez, mientras que dona Elena nos ordeno a Edurne y a mi que la acompanaramos junto a Laura, Jesus y Antonietta hasta la carcel, puesto que era dia de visita y era posible que nos llevaramos la alegria de poder regresar con don Armando si el papel del indulto le habia llegado al director de la prision. Antes de salir telefoneo a Melita a Burgos para avisarla de que su padre iba a recobrar la libertad.

Lo que paso aquella tarde en el despacho de Agapito Gutierrez Amelia se lo conto a su prima Laura, pero yo que tenia el oido fino y que queria tanto a Amelia no me resisti a escuchar a traves de la puerta.

En esta ocasion no tuvo que esperar a que la recibiera. Cuando llego la secretaria, la misma pelirroja de la vez anterior, le guino un ojo y mientras la acompanaba al despacho de su jefe le susurro al oido:

– Cierra los ojos y piensa que es otro, aunque lo peor es el olor, ya veras como huele a sudor.

Agapito estaba sentado tras la enorme mesa de caoba y apenas la miro. Continuo leyendo unos papeles sin invitarla a sentarse. Al cabo de unos minutos se la quedo mirando fijamente.

– Ya sabes a lo que has venido. O pagas o tu tio no sale de la carcel.

– Ya le dimos las cincuenta mil pesetas.

– Estan esperando a que yo llame para enviar el papel del indulto, tu veras… -dijo encogiendose de hombros.

– Llame.

– No, primero paga.

– Pagare cuando llame, hasta que no le oiga decir que envien el indulto…

– ?No estas en condiciones de exigirme nada!

– Ahora nada tengo, de manera que nada perdere; se lo que quiere y pagare, pero cuando llame.

Agapito la miro con desprecio. Descolgo el auricular e hizo una llamada. Hablo con un hombre que le confirmo que el indulto estaba firmado y se enviaria de inmediato a la prision.

Cuando colgo el telefono se quedo mirando de arriba abajo a Amelia.

– Desnudate.

– No es necesario… -balbuceo ella.

– ?Haz lo que te he dicho, zorra!

Se abalanzo sobre ella, la abofeteo hasta hacerla caer al suelo, le arranco la ropa y, a continuacion, la empujo

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