– Desde luego que si, tu padre te queria muchisimo y aunque nunca entendio lo que hiciste, te perdono. Sobre todo lamentaba que hubieras dejado a tu hijo, esa fue siempre una pena que tuvo. Le dolia tanto no poder disfrutar de su unico nieto…
Don Armando les conto la incertidumbre y el miedo que sentian todos los que estaban alli presos.
– Todos los dias se llevan gente para fusilar… y a veces pierdes la esperanza de que llegue el indulto. ?Cuantas cartas habeis escrito pidiendo clemencia?
– Papa, no nos vamos a rendir -respondio Laura.
– No, no nos rendiremos ni cuando estemos muertos -respondio resignado don Armando.
– Manana iremos a ver a los Herrera. Pedro Herrera era amigo tuyo, fuiste su abogado y le ganaste un caso importante, ?recuerdas? Pues ahora es un hombre con influencias cerca de Franco, parece que tiene un sobrino coronel en el Cuartel General del Ejercito y un cunado que es un alto cargo de Falange. Y a el mismo le va bien, creo que ya esta haciendo negocios con el nuevo Gobierno. Me presente en su casa y hable con su mujer, Manta, y me prometio interceder ante su marido. Ella ha cumplido porque ayer me mando recado de que nos recibe manana a partir de las ocho de la tarde, que es cuando el regresa de trabajar. Ya veras como conseguimos algo -conto dona Elena.
Desolada al salir de la carcel, Amelia acompano a Albert James a las entrevistas que tenia concertadas para sus reportajes. No regresaron a casa de dona Elena hasta la noche. Para entonces yo ya habia encontrado en Edurne la proteccion que hasta entonces me habia brindado Amelia. Edurne me consolaba diciendome que mi madre era una mujer valiente y que yo no debia olvidarla nunca. Tambien hice buenas migas con Jesus; teniamos mas o menos la misma edad, y aunque el era un chico timido y procuraba pasar inadvertido, pronto descubri que tenia mucho sentido del humor.
Dos dias despues de estar instalados en casa de dona Elena, Edurne regreso muy agitada de la calle.
– Agueda me ha dicho que vayamos esta tarde a eso de las cinco a la puerta principal de los Jardines del Retiro, que ella estara por alli paseando con Javier. Tambien me ha dicho que a Santiago le van a soltar, que es cuestion de dias. Se lo ha escuchado decir a don Manuel, que al parecer tiene amigos bien situados cerca de Franco.
Amelia lloro al saber que iba a poder ver a su hijo. Dona Elena decidio que Laura, Antonietta, Jesus, Edurne y yo debiamos acompanarla. Temia la reaccion de Amelia cuando se encontrara con el nino.
A las cinco en punto estabamos en la puerta principal de los Jardines del Retiro. Esperamos impacientes hasta que media hora mas tarde vimos a Agueda con Javier cogido de la mano.
Laura intento detener a Amelia pero ella corrio hacia el nino y le abrazo llorando. No dejaba de besarle y el pequeno se asusto y comenzo a llorar.
– ?Por favor senora, dejele! -pidio Agueda, asustada de que algun conocido viera la escena, y sobre todo de que Javier le contara a sus abuelos que una senora le habia besado y apretado hasta hacerle llorar.
Pero Amelia no escuchaba, apretaba a Javier y le llenaba de besos.
– ?Mi nino! ?Mi nino! ?Pero que guapo estas! ?Te acuerdas de mama? No, pobrecito mio, como vas a acordarte. Pero yo te quiero tanto, hijo mio…
Con ayuda de Antonietta, Laura logro arrancar a Javier de los brazos de su madre y devolverselo a Agueda.
– ?Ay, senora lo que va a pasar sin don Manuel y dona Blanca se enteran! -se lamento Agueda.
– ?Pero soy su madre! No pueden negarme a mi hijo -respondio llorando Amelia.
Javier, asustado no paro de llorar.
– Lo mejor es que se vayan. Ya le volveran a ver otro dia, pero ahora me lo llevo a pasear para que se tranquilice -anadio la mujer, que estaba francamente asustada.
Entre su prima Laura y Antonietta lograron alejar a Amelia de Agueda y del nino, que corrio asustado calle arriba.
Amelia no cesaba de llorar y no atendia a las palabras de consuelo de su prima y de su hermana. Edurne, Jesus y yo permanecimos callados, sin saber que hacer ni que decir.
Cuando regresamos a casa de dona Elena, Antonietta obligo a su hermana a tomarse una tila bien cargada, pero ni eso logro aplacarla, tanto era su dolor. Solo Albert James fue capaz de hacerla reaccionar. El solia tratarla con cierta distancia recordandole que estaban en Madrid para trabajar y que no se podia dejar abatir por las circunstancias. En aquel entonces yo le juzgaba como un hombre duro, sin corazon; ahora entiendo que su aparente rudeza despertaba en Amelia el miedo a quedarse sin trabajo, y eso le movia a reaccionar porque no se lo podia permitir, ni por ella, ni por Antonietta, ni por el resto de su familia.
Un ejemplo fue la decision de Albert James de asistir al desfile que Franco habia organizado para aquel 19 de mayo, pese a las protestas de Amelia.
– Yo estoy aqui para trabajar, y tu tambien -le recordo.
Amelia entonces callo, consciente que lo preciado que era para ella, y para todos nosotros, el dinero que recibia por su trabajo como traductora y secretaria del periodista.
El 19 de mayo fuimos todos al desfile. La decision la tomo dona Elena, temerosa de que algun vecino denunciara que se habian quedado en casa en vez de mostrar su adhesion al Caudillo, como ya se le llamaba a Franco. Fuimos a reganadientes; yo, aunque era un adolescente, odiaba a Franco con todas mis fuerzas porque me habia dejado perdido en el mundo, de manera que al igual que Amelia, Laura y Edurne, proteste, hasta que dona Elena, con la ayuda de Albert James, nos ordeno callar.
El Paseo de Recoletos, por donde iba a pasar el desfile, no estaba lejos de la casa, de manera que fuimos andando y con tiempo suficiente para coger sitio.
A lo lejos pudimos distinguir a Franco y Amelia murmuro que le parecia un «enano», lo que provoco que dona Elena le diera un pellizco en el brazo mandandole callar.
Aquel dia a Franco le impusieron la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que debia de ser la unica condecoracion que no tenia y la mas apreciada en el estamento militar.
Albert James miro todo con interes y le pidio a Amelia que le tradujera los comentarios de la gente que teniamos alrededor. A James le sorprendio el entusiasmo mostrado por los espectadores del desfile. Mas tarde nos pregunto como era posible aquel fervor por parte de una ciudad que habia sido la ultima en resistir a las tropas de Franco. Dona Elena se lo explico.
– Por miedo, hijo, por miedo, ?que quiere que haga la gente? La guerra se ha perdido, aunque yo ya no se si la he perdido o la he ganado. El caso es que ahora mismo nadie se quiere significar, a ver quien es el guapo que se atreve a criticar a Franco. No se si se lo han explicado, pero la Ley de Responsabilidades Politicas contempla penas para todos aquellos que han tenido algo que ver con los rojos y te puedes imaginar que quien mas y quien menos tiene parientes en ambos lados.
Amelia estaba muy afectada. Ver a su hijo la habia conmovido y no paro hasta convencer a su tia para que enviara de nuevo a Edurne a hablar con Agueda para concertar una nueva cita.
Dona Elena accedio a reganadientes, pero mando a Edurne a la hora en que sabian que Agueda salia a comprar.
Edurne regreso con buenas noticias. No habia tenido que esperar mucho a que Agueda saliera de la casa y la habia seguido discretamente hasta que estuvieron lo suficientemente lejos para que no las viera ningun conocido. Agueda le conto que Santiago habia sido liberado el dia anterior y que estaba mas delgado y envejecido, pero al fin y al cabo sano y libre. Javier no se separaba de su padre y aquella noche habia dormido con el.
Santiago habia decidido regresar a su casa y no quedarse en la de sus padres. Esas fueron las buenas noticias, las malas eran que Agueda no se atrevia a provocar otro encuentro con Amelia por miedo a que Javier se lo contara a su padre. No es que el nino pudiera explicar quien era aquella senora que le abrazaba, pero Santiago podria deducir que era Amelia y Agueda temia su reaccion. A lo mas que se prestaba es a que Amelia les mirara de lejos pero con el compromiso de no acercarse.
A Amelia las condiciones de Agueda le parecieron humillantes y tomo una decision que nos asusto a todos.
– Voy a ir a ver a Santiago. Le pedire perdon, aunque se que nunca me podra perdonar, pero le suplicare que me deje ver a mi hijo.
Dona Elena intento disuadirla: temia la reaccion de Santiago. Albert James tambien le aconsejo que meditara un poco mas la decision, pero Amelia se mantuvo en sus trece y en lo unico que cedio fue en acudir a casa de
