Santiago acompanada.

3

Creo que fue la tarde del 22 o 23 de mayo cuando Amelia se presento en casa de Santiago. Agueda se estremecio cuando al abrir la puerta se encontro a las tres senoritas Garayoa.

– Quiero ver a don Santiago -dijo Amelia con un hilo de voz.

Agueda las dejo en el vestibulo y salio corriendo en busca del dueno de la casa. Javier entro en el recibidor y se quedo sorprendido, mirando con curiosidad a las tres mujeres. Amelia intento tomarle en brazos pero el nino escapo riendo, ella lo siguio y se dio de bruces con Santiago.

– ?Que haces aqui? -pregunto livido de ira.

– He venido a verte, necesito hablar contigo… -respondio Amelia, balbuceando.

– ?Fuera de mi casa! Tu y yo no tenemos nada que decirnos. ?Como te atreves a presentarte aqui? ?Es que no respetas nada? ?Marchate y no vuelvas jamas!

Amelia temblaba. Intentaba contener las lagrimas consciente de que su hijo Javier les estaba mirando.

– Te suplico que me escuches. Se que no merezco tu perdon pero al menos permiteme ver a mi hijo.

– ?Tu hijo? Tu no tienes hijo. Marchate.

– ?Por favor, Santiago! ?Te lo suplico! ?Dejame ver a mi nino!

Santiago la agarro del brazo empujandola hacia el recibidor, donde Antonietta y Laura esperaban muy nerviosas tras haber escuchado la conversacion.

– ?Ah, te has traido compania! Pues me da igual, no sois bien recibidas en esta casa.

– ?No me quites a mi hijo! -suplico llorando Amelia.

– ?Pensaste en tu hijo cuando te fuiste con tu amante a Francia? No, ?verdad? Pues entonces no se de que hijo me hablas. ?Marchate!

Las echo de la casa sin mostrar la mas minima compasion por Amelia. Santiago la habia querido con toda su alma; su dolor era tan intenso como habia sido su amor y eso le impedia perdonarla.

Tras aquel traumatico reencuentro, Amelia sufrio convulsiones y paso tres dias en cama sin comer. Solo reacciono cuando dona Elena entro en su cuarto llorando para contarle que los senores de Herrera la habian avisado de que no habian podido conseguir el indulto para Armando Garayoa. Solo habia una posibilidad, le dijeron con gran secreto, y es que fueran a hablar con un hombre muy relacionado con el nuevo regimen que a cambio de dinero solia conseguir algunos indultos; aunque no siempre lo lograba, en ningun caso devolvia el dinero.

Albert James, que en aquel momento era el hombre de la casa, se comprometio a hablar con las autoridades y presionar cuanto pudiera dada su condicion de periodista extranjero, pero dona Elena y su hija Laura decidieron que tenian que intentar que aquel personaje del que les habian hablado los Herrera se hiciera cargo de la situacion.

Dona Elena, acompanada por su hija y su sobrina, logro la entrevista con Agapito Gutierrez, que asi se llamaba el vendedor de favores.

Este habia combatido con los nacionales, y tenia familiares bien colocados en los altos estamentos del regimen y de Falange. Antes de la guerra era un buscavidas sin oficio ni beneficio, pero listo y sin escrupulos y muy preparado para sobrevivir, asi que no tuvo ningun problema para medrar dentro del Ejercito trapicheando en Intendencia y cobrando favores a unos y a otros en aquellos anos de miseria y escasez.

En apariencia, Agapito Gutierrez no carecia de nada. Se habia instalado en un despacho en la calle Velazquez, en un viejo edificio senorial. Hoy en dia diriamos que aquel era un «despacho de influencias» si no fuera porque su principal negocio trataba de la vida de quienes estaban en prision.

Una mujer morena, con un escote atrevido para la epoca y que dijo ser la secretaria (aunque mas bien parecia una corista) las hizo pasar a una sala de espera donde aguardaban impacientes otros peticionarios, sobre todo mujeres.

Alli estuvieron cerca de tres horas hasta que les toco el turno de ver a Agapito Gutierrez.

Se encontraron con un hombre bajo y rechoncho, vestido con un traje a rayas y corbata prendida con alfiler, zapatos de charol y en la mano derecha un grueso anillo de oro.

El tal Agapito les echo una mirada rapida que se detuvo en Amelia. Ella, aunque delgada, era una belleza rubia y eterea, alguien inalcanzable en cualquier otra circunstancia para un hombre como aquel.

Las escucho aburrido pero sin dejar de mirar a Amelia, a la que parecio devorar con los ojos hasta hacer incomodar tanto a dona Elena como a su hija Laura y a su sobrina.

– Bien, vere que puedo hacer, aunque por lo que me cuentan, ese rojo de su marido lo tiene mal y yo milagros no hago. Mis gestiones valen mucho, de manera que ustedes diran si pueden pagar o no.

– Pagaremos lo que sea -respondio de inmediato Laura.

– Son cincuenta mil pesetas tanto si consigo el indulto como si no. Todos los que vienen aqui me suplican por gentuza que son delincuentes y han hecho mucho dano a nuestra nacion, si no lucra porque tengo un corazon blando…

Dona Elena se quedo livida. No disponia de cincuenta mil pesetas ni sabia donde conseguirlas, pero no dijo nada.

– Si estan de acuerdo, traiganme las cincuenta mil pesetas, tres dias despues regresen y ya les dire algo. Mejor dicho, no vengan todas ustedes, no hace falta, la espero a usted, senorita Garayoa -dijo dirigiendose a Amelia.

– ?A mi? -pregunto ella, sorprendida.

– Si, a usted, al fin y al cabo es la sobrina y no esta tan directamente implicada, no es la primera vez que cuando doy malas noticias me organizan aqui un drama y eso no le viene bien a mi reputacion.

Amelia enrojecio y dona Elena a punto estuvo de decirle que de ningun modo iria su sobrina, pero se callo. Estaba en juego la vida de su marido.

Albert James se indigno cuando le contaron la escena. Dijo que iria a dar un punetazo a aquel malnacido, pero las tres mujeres le suplicaron que no lo hiciera. No podian permitirse malgastar su unica posibilidad. Lo que dona Elena si hizo, roja de verguenza, fue pedirle a James que las ayudara a conseguir las cincuenta mil pesetas.

– No me queda nada mas que lo que hay en esta casa y unas tierras en el pueblo, es todo lo que le puedo dar a cambio, pero le aseguro que cuando mi marido este libre y vuelva a trabajar le devolveremos hasta la ultima peseta.

Amelia le dijo que le daria su casa; la casa de sus padres por esas cincuenta mil pesetas.

Incluso para Albert James la cantidad era excesiva, pero se comprometio a ayudarlas. Al dia siguiente, con la ayuda de Edurne, las mujeres se pusieron en contacto con un estraperlista que les dio mil pesetas por un par de candelabros de plata, la cristaleria veneciana, figuritas de porcelana y dos lamparas de bronce a juego. Albert James no se lo dijo pero despues de muchos esfuerzos logro ponerse en contacto con sus padres, a los que convencio para que depositaran en un banco un pagare que pudiera cobrar en Espana por valor de cincuenta mil pesetas. Era una cantidad tan desorbitada que su padre al principio se nego a prestarsela.

– Te lo devolvere, pero desde aqui no puedo hacer nada y necesito ese dinero con urgencia para salvar una vida. Ponte en contacto con un banco, con nuestra embajada, con quien quieras, papa, pero hazme llegar ese dinero o no te lo perdonare nunca -amenazo James a su padre.

Algunos dias despues de lo previsto, Amelia se presento con el dinero en el despacho de Agapito Gutierrez. Albert James la acompano hasta la misma puerta del despacho, temeroso de que pudieran atracarla por la calle llevando encima tal cantidad de dinero.

Agapito tenia una secretaria nueva, en esta ocasion una joven tenida de pelirrojo con un escote aun mas pronunciado que el de la anterior.

El hombre vestia el mismo traje de rayas aunque con una corbata distinta y una camisa de cuyos punos sobresalian unos gemelos de oro macizo.

– ?Vaya, no pense que fueran a conseguir las cincuenta mil pesetas! Muchas personas vienen aqui esperando que haga caridad con ellas, pero yo soy muy serio para los negocios y el que algo quiere algo le cuesta.

Agapito la invito a sentarse en el sofa junto a el y mientras le hablaba le puso la mano en la rodilla. Amelia se movio, incomoda.

– ?No seras una mojigata?

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