– ?No te rindes nunca? -respondio riendo Albert.
Amelia no respondio y lo llevo hasta la Stadthaus, donde pregunto por el Zur Letzten, el restaurante mas antiguo de la ciudad. Un hombre les explico que estaban muy cerca y les indico como llegar.
– Se que herr Helmut vivia por aqui, su casa no estaba lejos del restaurante mas antiguo de Berlin. Mi padre nos trajo a cenar una noche al Zur Letzten y antes estuvimos de visita
Despues de unas cuantas vueltas dieron con el edificio. El portero, tras observarles detenidamente, les informo de que herr Helmut se encontraba en casa.
Albert tuvo que correr detras de Amelia, que empezo a subir las escaleras tan deprisa como si la impulsara el viento.
Llamaron al timbre y aguardaron impacientes una respuesta, que llego de inmediato cuando un hombre entrado en anos y con aspecto cansado abrio la puerta.
– ?Que quieren? -pregunto el hombre mirandoles con desconfianza.
– ?Herr Helmut, soy Amelia Garayoa! ?No me reconoce?
– Fraulein Amelia, ?Dios mio, si ya es usted una mujer!
Tras la sorpresa inicial, el aleman les invito a entrar en casa.
– Pasen, pasen, les hare un poco de cafe, desgraciadamente mi esposa esta en cama con fiebre, pero yo les atendere.
– No queremos molestarle, yo solo queria saber como estaba y preguntarle por los Wassermann… -se excuso Amelia.
Pero herr Helmut parecia no escucharla. Los llevo hasta el salon y les pidio que se sentaran y aguardaran a que les sirviera el cafe.
– Parece un buen hombre -acerto a decir Albert James.
– Lo es, claro que es un buen hombre. Mi padre tenia mucha confianza en el.
El hombre regreso con una bandeja y no quiso responder a las preguntas de Amelia hasta que no la vio saborear el cafe que habia preparado.
– Cuenteme de su padre, hace mucho que no se nada de Don Juan. Supe que estaba participando en la guerra contra Franco… Le escribi pero no obtuve respuesta.
– Mi padre ha muerto, lo fusilaron al poco de terminar la guerra.
– ?Cuanto lo siento! Su padre, lo mismo que herr Itzhak, era un buen patron, justo y considerado… Dele mi mas sincero pesame a su madre y a su hermana Antonietta, aun las recuerdo a ustedes cuando eran ninas…
– Mi madre tambien ha muerto y mi hermana Antonietta, aunque enferma, a Dios gracias esta viva -respondio Amelia, intentando controlar la emocion y las lagrimas.
Herr Helmut se quedo anonadado al escuchar el relato de las desgracias sufridas por la familia Garayoa. No sabia que palabras utilizar para expresar su pesar. Amelia le pidio que le informara sobre los Wassermann.
– Poco le puedo decir, lo mismo que le conte al padre de usted, don Juan. Desde la llegada de Hitler al poder se puso en marcha una politica antijudia. Usted era muy nina para recordarlo, pero en 1933 se proclamo el primer boicot contra los judios alemanes y hubo cientos de piquetes formados por nazis que se plantaron delante de los comercios y empresas propiedad de ciudadanos hebreos. Luego se les empezo a privar de sus derechos legales y civiles, y con las mas variadas excusas a robarles cuanto tenian. Les expulsaron de los empleos publicos, de la carrera judicial, de los hospitales, de las universidades, de los teatros, de los periodicos… Algunos optaron por marcharse, pero la mayoria, como herr Itzhak se resistieron a hacerlo. Eran alemanes, ?por que tenian que dejar su pais? Luego vinieron las Leyes de Nuremberg… Al principio el gobierno nacionalsocialista preferia que los judios se marcharan para asi quedarse con todos sus bienes, pero ya sabe lo que paso, que muchos paises no quisieron acogerles y asi hemos llegado a la situacion actual: arrestos en masa, destruccion de las sinagogas, expropiacion de bienes, supresion de los pasaportes… A su padre y a herr Itzhak les expropiaron su negocio. No se si su padre se lo conto, pero a finales de 1935 hicieron una inspeccion a la empresa y dijeron que habia alteraciones contables. No era verdad, se lo juro, yo era quien llevaba las cuentas, y le aseguro que todas cuadraban. Pero no hubo manera de defenderse de las acusaciones que hicieron y tanto herr Itzhak como su padre perdieron la empresa. Se que eso supuso un gran reves para ellos.
– Si, todo eso lo se, herr Helmut, y lo que quiero saber es que ha sido de los Wassermann -insistio Amelia.
– ?Ha oido hablar de la Noche de los Cristales Rotos?
– Si, claro que si.
– No imagina cuantos judios han sido encarcelados desde entonces. Los llevan a campos de trabajo y una vez estan alli no hay manera de saber nada de ellos.
– ?Por favor, digame donde estan los Wassermann!
– No lo se, no lo se bien. Herr Itzhak consiguio enviar a Yla fuera de Alemania, creo que con unos familiares de frau Judith en Estados Unidos. Yla no queria marcharse, pero herr Itzhak y frau Judith se mostraron firmes, no querian que ella continuara sufriendo las humillaciones que estaban padeciendo todos los judios alemanes. Pero ellos se quedaron aqui, creyendo que el pais recobraria la cordura, que Hitler era solo un mal sueno, que los judios volverian a ser considerados buenos alemanes… Malvivieron con lo poco que les quedo, yo les ayude cuanto pude y un dia… bueno, herr Itzhak desaparecio; frau Judith casi enloquecio cuando logramos enterarnos de que se lo habian llevado a un campo de trabajo.
– ?Y ella donde esta?
– Tambien se la han llevado.
Amelia rompio a llorar. Herr Helmut se quedo callado contemplandola, sin saber que hacer.
– ?Por favor Amelia calmate!, podemos intentar averiguar donde se encuentran y quien sabe si hacer algo por ellos -dijo Albert, intentando consolarla.
– Al menos fraulein Yla esta bien. Se que escribio a sus padres cuando llego a Nueva York.
El hombre les aseguro que no sabia la direccion de la familia de frau Judith en Nueva York, pero en medio de tanta desgracia, a Amelia le tranquilizo saber que su amiga de la infancia estaba a salvo.
– ?Que ha sido de la fabrica y de la empresa? -quiso saber Amelia.
– La confiscaron; durante un tiempo me dejaron estar al frente de la fabrica, luego dijeron que pertenecia al estado y ahora esta en manos de un miembro del Partido Nazi. Pero pude rescatar parte de la maquinaria, por eso escribi a su padre. No sabia que debia de hacer con ellas.
– Pero ?aun sirven para algo? -pregunto Amelia, asombrada.
– Eran buenas maquinas, senorita, y se me ocurrio que como no podia venderlas al menos podria alquilarlas; eso es lo que he hecho con un telar: se lo alquile a un pequeno fabricante de camisetas. En cuanto a las maquinas de coser, se las he alquilado a una familia que con ellas ha montado un taller y confeccionan ropa para las tiendas. No es que las ganancias sean muchas, lo se porque les llevo la contabilidad, pero ahi estan, por si algun dia aparece herr Itzhak o… bueno, su padre ya esta muerto… Claro que… usted es su hija, tiene derecho a una parte de ese dinero.
– ?Y usted, ahora, en que trabaja? -pregunto Albert.
– Me gano la vida como puedo. Llevo la contabilidad de la fabrica de camisetas y del taller de confeccion; no gano mucho, lo suficiente para que mi mujer y yo podamos vivir. Y cuido de que se mantengan en buen estado las maquinas de Don Juan y herr Itzhak. Mi hijo mayor esta casado y hace anos ingreso en el Ejercito; no necesita nada de nosotros.
El senor Keller insistio en que Amelia debia ser depositaria de parte de las ganancias producidas por el alquiler de las maquinas.
Al principio ella se resistio pero termino aceptando.
– Ese dinero es de su padre, por tanto a usted le corresponde administrarlo como crea conveniente. Le entregare los libros de contabilidad.
5
