medicinas del hospital, pero por mas que este preguntaba a la hermana Maria, la responsable de la farmacia, no lograban encontrar al culpable de los hurtos. La hermana Maria le aseguraba al director que ella no sabia nada, pero era evidente que alguien se llevaba las medicinas con la complicidad de la monja.
El director del hospital habia dado cuenta a la policia y se habia organizado una discreta y eficaz vigilancia sobre la hermana Maria, quien no habia sospechado de un celador nuevo, en realidad un policia, al que colocaron a trabajar bajo sus ordenes. El celador parecia un buen hombre, siempre dispuesto a trabajar mas horas de las que le correspondian.
No le fue dificil escuchar algunas conversaciones entre la monja y Grazyna, y llegar a la conclusion de que era ella quien se llevaba las medicinas con la complicidad de la hermana Maria.
La policia organizo un operativo para seguir a Grazyna noche y dia, y con paciencia fueron conociendo a la mayoria de los miembros de la red. De esa manera supieron que preparaban algo importante y decidieron actuar deteniendo en primer lugar a la hermana Maria, a quien otorgaban una responsabilidad mayor de la que verdaderamente tenia. La detuvieron un sabado, despues de que Grazyna saliera del hospital para que esta no sospechara, y la torturaron con sana, pero la monja no pudo contar nada porque nada sabia. Cuando Grazyna regreso al hospital el lunes, le dijeron que la hermana Maria estaba enferma, y ella lo creyo, hasta que dos dias despues una enfermera que le tenia simpatia, le murmuro que habia oido que la policia habia detenido a la monja. Grazyna decidio huir y avisar a los miembros de la red, ya que para esa noche habian previsto llevar armas al gueto.
De todo esto se entero Max von Schumann gracias a un contacto que le facilito el amigo que trabajaba cerca de Hans Oster, el ayudante de Canaris. Ese contacto, de nombre Karl Kleist, era un oficial que trabajaba en el departamento de transmisiones y nadie habria dudado de que era un buen nacionalsocialista, aunque en realidad disentia de Hitler y de cuanto representaba.
Gracias a las presiones de sus amigos, Max logro sacar a Amelia de las garras de la Gestapo, pero no pudo obtener su liberacion, y tuvo que conformarse con que la trasladaran a Pawiak, la prision donde se hacinaban hombres y mujeres por igual.
Max intento verla sin exito; el comandante de las SS Ulrich Jurgens se habia encargado de que Amelia tuviera la consideracion de presa peligrosa; por tanto estaba en regimen de aislamiento, lo mismo que Grazyna.
A pesar de eso, Max continuo insistiendo a sus amigos situados en el Alto Mando del Ejercito, interesandose por la situacion de Amelia. Lo que no sabia era que la baronesa Ludovica hizo valer sus influencias politicas para impedir que su marido lograra liberar a su rival.
Unos dias despues de estos sucesos, Max recibio la orden de regresar al frente. Para Ludovica fue un alivio que dejara Varsovia.
– Te esperare en Berlin, tengo que ir preparando el nacimiento de nuestro hijo. Aun no hemos hablado de que nombre le pondremos, aunque hay algunos que quiero proponerte. Si es nino, que rezo a Dios para que lo sea, le llamaremos Friedrich, como tu padre, y si es nina, Irene, como mi madre.
Puede que si Ludovica no hubiera estado embarazada Max se habria separado de ella para siempre, pero a pesar de la aversion que sentia hacia ella, no podia dejar de alegrarse por la idea de tener un hijo, un hijo legitimo que daria continuidad a su apellido.
Karl Kleist, el oficial que trabajaba cerca del coronel Oster, le aseguro a Max que haria lo imposible por tenerle informado sobre Amelia.
Para Amelia supuso un alivio que la enviaran a la carcel. Al menos alli no la torturaban sistematicamente como habian hecho los hombres de la Gestapo.
A la seccion de mujeres la llamaban «Serbia». Alli compartia una celda humeda y llena de pulgas con varias mujeres, algunas de ellas condenadas a muerte por asesinato. Mujeres que aguardaban su fatal destino con aparente resignacion. Una habia matado con un cuchillo de cocina a su marido harta de que este la maltratara. Otra era prostituta y habia asesinado a un cliente para robarle. La mas joven aseguraba que ella no habia matado a nadie, que la habian detenido por error. Junto a ellas estaban las presas politicas: diez mujeres cuyo unico delito era no ser nazis.
Estaban hacinadas, pero ese era el menor de los problemas. A los pocos dias de llegar a Serbia, Amelia empezo a sentir picores por todo el cuerpo, no podia dejar de rascarse la cabeza. Una de las presas le dijo con indiferencia:
– Tienes piojos, pero terminaras por acostumbrarte. No se que son peores, si los piojos o las pulgas, ?Tu que crees?
Cuando Amelia llego a la carcel apenas podia moverse. Los torturadores le habian dejado senales en todo su cuerpo, ademas estaba muy debil ya que apenas le habian dado de comer ni de beber. Pasaron semanas antes de que tuviera fuerzas para hablar con aquellas mujeres que la trataban con una mezcla de curiosidad y de indiferencia.
Un dia la trasladaron a la enfermeria de la carcel a causa de un desmayo. Cuando volvio en si alcanzo a escuchar a la enfermera y al medico que la atendia referirse a Grazyna.
– ?Por que se habra metido en lios esta espanola? Y aun tiene suerte de estar viva, a la tal Grazyna la ahorcaron hace unos dias -dijo el medico.
– Pero a esta tambien la condenaran a muerte, cualquier dia llegara la orden de ejecucion -respondio la enfermera.
– Al parecer ha sido amante de un oficial y este esta moviendo cielo y tierra para al menos salvarle la vida, aunque tiene neumonia y lo mismo no sobrevive -contesto el medico.
Amelia se sintio reconfortada al saber que Max no la habia abandonado, que luchaba por su vida.
Poco a poco se fue recuperando y se amoldo a la rutina de la carcel. En algunas ocasiones permitian a las presas pasear por el patio, pero la mayor parte del tiempo lo pasaban hacinadas en las celdas. No sabia nada de Max, pero si seguia viva era gracias a el. Casi todos los dias se llevaban a alguien para ejecutarlo. Las mujeres repartian sus escasos bienes entre las companeras de celda antes de ser conducidas al patio donde eran ahorcadas.
Como Amelia habia llegado en muy mal estado, tardo en poder salir de la celda, y por eso no supo hasta pasado algun tiempo que alli se encontraba Ewa, la prima de Grazyna.
Se vieron en la primera ocasion en que Amelia pudo caminar sola hasta la sala que les servia de comedor. Al principio no reconocio a Ewa: le habian cortado su hermosa melena castana, el azul de sus ojos se habia vuelto sombrio y cojeaba al andar.
– ?Ewa!
– ?Dios mio, Amelia, estas viva!
Hicieron ademan de abrazarse pero una celadora se lo impidio golpeandolas con una porra.
– ?Quietas! ?Aqui no se permiten guarrerias!
Las dos jovenes la miraron con temor reprimiendo el abrazo, pero al menos nadie les impidio sentarse juntas en una de las mesas donde se disponian a comer unos trozos de patatas nadando en un caldo negruzco.
– ?Que ha sido de Tomasz? ?Y de Piotr? -pregunto Amelia.
– A Tomasz le han ahorcado -respondio Ewa con una mueca de dolor.
– Grazyna… he oido que Grazyna… -Amelia no se atrevia a decir lo que habia escuchado al medico y a la enfermera.
– La han ahorcado, lo se -dijo Ewa.
– ?Y la hermana Maria? -quiso saber Amelia.
– No pudo soportar las vejaciones y la tortura -respondio Ewa bajando la voz porque la celadora no apartaba la vista de ella.
– Pobrecita… ?Y tu?
– No se como aun estoy viva. Cada vez que me golpeaban me desmayaba… me hicieron tantas cosas… ?Has visto mi pierna? Me la rompieron durante uno de los interrogatorios y no ha soldado bien… pero al menos estoy viva. Mis padres hablaron con unos conocidos bien relacionados con los alemanes, son proveedores de carne. Estoy condenada a muerte aunque han pedido clemencia al mismo Fuhrer, y estoy a la espera de que llegue la respuesta de Berlin -conto Ewa.
– Creo que yo estoy viva gracias a Max -admitio Amelia.
