– ?Tu amante aleman?

– Si.

– Yo confio en salvar la vida -le confeso Ewa.

– Ojala -respondio Amelia.

No les resultaba facil estar juntas porque las guardianas procuraban que estuvieran separadas, pero aun asi encontraban ocasiones para hablar. Las guardianas estaban demasiado ocupadas maltratando a las presas politicas e intentando mantener el orden en aquel recinto donde era tal el hacinamiento que las mujeres apenas disponian de espacio para ponerse en pie y caminar algunos pasos.

– ?Aqui no se permiten conspiraciones! -les decian mientras las golpeaban con las porras de goma obligandolas a sentarse, lejos la una de la otra.

Una manana Ewa y Amelia coincidieron en el patio. Hacia frio, habia llovido durante la noche y el cielo lucia su peor color. Las mujeres tiritaban porque apenas tenian ropa de abrigo con que cubrirse, pero preferian pasar frio que renunciar a esos minutos al aire libre.

Ewa se acerco a Amelia, parecia contenta.

– Piotr esta aqui -le susurro al oido.

– ?Donde?

– Aqui, en Pawiak.

– ?Como lo sabes?

– Por una mujer que acaban de trasladar a mi celda. Se llama Justyna. Ha estado en la seccion VIII, la llevaron alli cuando la detuvieron. Dice que en algunas celdas meten a las mujeres con los hombres. Conoce a Piotr, me ha dicho que fueron novios tiempo atras; ella es comunista, y Piotr tambien lo fue, pero al parecer dejo el partido.

– No sabia que Piotr fuera comunista…

– Yo tampoco, no creo que ni siquiera lo supiera Grazyna. Esa mujer, Justyna, dice que Piotr dejo el partido por un enfrentamiento con uno de los jefes, pero de eso hace tiempo. Piotr le ha pedido que buscara a Grazyna o a mi, y que si nos encontraba nos dijera que estaba vivo y que algunos amigos han logrado huir, pero no le dijo quienes. A el tambien lo han condenado a muerte. Parece que la condesa Lublin ha logrado visitarle en un par de ocasiones y le ha traido ropa de abrigo y algo de comida.

– ?Como podemos decirle que estamos aqui? -pregunto Amelia.

– No podemos, no se me ocurre la manera de hacerlo…

– A lo mejor coincidimos el dia en que nos ahorquen.

– ?No digas eso, Amelia! Se que es dificil salir de aqui, pero no quiero perder la esperanza, yo… yo soy creyente, y le pido a Dios que no me abandone, que no permita que me ahorquen.

– Yo tambien rezo, Ewa, pero ya no se si creo en Dios.

– ?Que cosas dices! ?Claro que crees en Dios. ?Le necesitamos mas que nunca.

– Nosotras a El si, pero ?y El a nosotras?

La fe de Ewa la ayudaba a soportar todo el sufrimiento que se cernia sobre ella en la prision de Pawiak. Amelia, por su parte, confiaba mas en que Max von Schumann fuera capaz de sacarla de alli.

Tanto para Amelia como para Ewa, estar cerca la una de la otra suponia un consuelo. Apenas habian llegado a conocerse durante el tiempo en que entraban clandestinamente en el gueto, ya que Grazyna no daba lugar a que se crearan relaciones personales. Amelia pensaba que Ewa era una gran chica llena de buenas intenciones, y que si iba al gueto era por seguir a su prima Grazyna. No habia tenido tiempo de valorar a Ewa por si misma, y no fue hasta que la encontro en Pawiak cuando descubrio la grandeza moral de la joven pastelera. De manera que cada vez que se lo permitian estaban juntas e intercambiaban anhelos y confidencias. Amelia no se permitia hacer planes, pero Ewa no dejaba de sonar con lo que haria cuando saliera de Pawiak.

– Tenemos que reconstruir el grupo y continuar con la labor de Grazyna. No podemos rendirnos. No hago mas que pensar en los ninos, seguro que echan de menos mis caramelos.

Pasaron los meses sin que Amelia supiera nada de Max. Ni una carta. Ni un mensaje. Nada. En un par de ocasiones la habian vuelto a llevar a la enfermeria. Apenas le daban de comer. Habia enfermado de anemia, tosia y se desmayaba con frecuencia. Al principio sus companeras de celda llamaban a las carceleras para avisar que la espanola habia perdido el conocimiento, pero pronto dejaron de hacerlo. Las carceleras antes de trasladarla a la enfermeria solian darle patadas mientras la insultaban.

– ?Levantate, zangana! ?No te hagas la dormida! ?Ya te voy a dar para que despiertes! ?Vaya con la senorita delicada!

Cuando volvia en si sentia en la boca el sabor de la sangre. A las carceleras les complacia especialmente golpearle el rostro, era como si no pudieran soportar la belleza de Amelia.

Muchas noches Amelia se despertaba por los gritos de otras presas.

– ?Que sucede? -pregunto a una de sus companeras de celda.

– Parece que han llegado nuevas ordenes para ahorcar a algunas de las que estamos aqui. Quien sabe si manana nos tocara a nosotras.

Amelia se incorporo y apoyo la cabeza contra las paredes de piedra mientras murmuraba una oracion pidiendo a Dios que no se abriera la puerta de la celda. Escuchaban el ir y venir de los pasos, los gritos de algunas mujeres a las que arrastraban hasta el patibulo, las suplicas de algunas de sus companeras pidiendo que se pusieran en contacto con sus familias aun sabiendo que era imposible. Otras en cambio caminaban en silencio, con la cabeza alta, intentando mantener la dignidad en lo que sabian eran los ultimos minutos de su vida.

Todos los dias ejecutaban a decenas de presos en la calle Smocza, al lado de Pawiak. Hombres, mujeres, incluso adolescentes… a los nazis tanto les daba. Llegaban las ordenes a la prision y las ejecutaban de inmediato; y ese trasiego de pasos, de gritos, de suspiros les alteraba el animo hasta llegar a desear que se acabara cuanto antes aquel suplicio.

No fue hasta finales de mayo de 1942 cuando Karl Kleist le dijo a Max von Schumann, que ya habia alcanzado el grado de coronel, que todas las gestiones hechas para la liberacion de Amelia estaban a punto de dar sus frutos.

– Aun no puedo asegurartelo, pero la gente de Oster esta a punto de conseguir que liberen a fraulein Garayoa. Puede ser cuestion de dias.

– ?Gracias a Dios! Estare siempre en deuda contigo, con Hans Oster y con el Almirante Canaris -exclamo Max.

– Todos estamos en deuda con Alemania -le respondio Kleist.

Aun habrian de pasar un par de meses para que Amelia recuperara la libertad. Mientras tanto, Max logro un permiso para ir a Berlin: Ludovica habia dado a luz a un nino hacia tres meses.

A Max coger en brazos a su hijo le emociono mas de lo que le hubiera gustado admitir.

Ludovica guardaba reposo como si el hecho de haber parido hubiera constituido una grandiosa hazana. Se dejaba mimar por su familia y por la familia de su marido, y sentia crecer su influencia en el entorno familiar tras haber logrado prolongar la estirpe de los Von Schumann.

– Nuestro Friedrich es precioso, un ario puro -le dijo Ludovica a Max.

La baronesa estaba recostada sobre una chaise longue situada junto al ventanal de su habitacion, y observaba con un destello de perversidad lo que para su marido significaba aquel bebe de piel rosada.

– Si, es precioso -asintio Max.

– Tus tias dicen que se parece a ti, y tienen razon. Me alegro tanto de que estes aqui… Bautizaremos a nuestro hijo como se merece. Haremos una gran fiesta e invitaremos a Hitler, a Goebels, y a todos los buenos amigos.

– Estamos en guerra, Ludovica, y no debemos hacer exhibiciones innecesarias. La gente sufre, esta perdiendo a sus hijos, a sus maridos, a sus hermanos… Bautizaremos a Friedrich, pero solo invitaremos a la familia y a nuestros amigos mas intimos.

– Bueno, eso no descarta que invitemos al Fuhrer; se que me tiene en gran estima, no sabes como me distingue cuando me ve. Incluso podriamos pedirle que apadrine a Friedrich…

– ?Jamas ?No, eso no lo consentire. A mi hijo no le apadrinara ese… ese… ese demente.

– ?Max! ?Como te atreves!

– ?Basta, Ludovica! No quiero discutir. Olvidate de esa idea descabellada. No me obligues a desautorizarte. Mi hermana mayor sera la madrina de Friedrich, y el padrino, si te parece, puede ser uno de tus hermanos.

Вы читаете Dime quien soy
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату