– Pero, Max, ?no puedes negarme que organice un gran bautizo para Friedrich!
– Nuestro hijo tendra el bautizo que merece, con su familia, y nadie mas.
Ludovica no insistio. Sabia que el nacimiento de Friedrich era la causa de que Max no la hubiese abandonado, pero le conocia demasiado bien para saber que si le acorralaba, su marido terminaria marchandose de nuevo.
– De acuerdo, querido, lo haremos como tu quieres. Y ahora, sientate a mi lado, tengo muchas cosas que contarte.
Max aprovecho su estancia en Berlin para reunirse con el grupo de amigos que formaban parte de la resistencia al regimen, El profesor Schatzhauser parecia mas pesimista que nunca y le sorprendio que le preguntara por Amelia.
– Esta en la carcel de Pawiak, en Varsovia. La detuvo la Gestapo.
– ?Pobrecilla! Habiamos oido rumores…
– Estoy haciendo lo indecible por sacarla de alli.
– Si, algo hemos sabido. Se prudente, Max, tienes enemigos.
– Lo se, profesor.
– Ha estado en Berlin ese periodista norteamericano, Albert James. Me telefoneo y vino a verme; en el transcurso de la conversacion se intereso por Amelia.
– Bueno, usted sabe que James y Amelia… en fin, tenian una buena relacion.
– Le dije la verdad, que se habia marchado contigo a Varsovia y que no habiamos vuelto a saber nada de ella, pero que imaginaba que estaba bien.
Max no respondio. Le incomodaba que el profesor hubiera mencionado al anterior amante de Amelia. No es que le reprochara nada, solo que, aunque le costaba admitirlo, sentia celos.
– Hableme de como estan las cosas aqui, si hay novedades en nuestro pequeno grupo.
– Somos muy pocos, Max, y no estamos bien organizados -se quejo el doctor.
– Nuestro problema -anadio Manfred Kasten, el viejo diplomatico- es que quienes estamos en contra del Reich no somos capaces de unir nuestras fuerzas. Los comunistas van por su lado, los socialistas por otro, los cristianos tampoco nos ponemos de acuerdo, y los oficiales del Ejercito no llegais a saber que en realidad hay muchos alemanes deseosos de que hagais algo.
– De esto ultimo no estoy tan seguro -admitio Max-. Ademas, no es tan facil, si ni siquiera los que estamos en contra de esto logramos ponernos de acuerdo en que es lo que realmente hay que hacer.
– Si descabezais al Reich todo sera mas facil -insistia el profesor Schatzhauser.
– El Fuhrer exigio que el Ejercito le jurara lealtad, muchos oficiales se sienten maniatados por ese juramento - argumento Max.
– ?Tu tambien? -le pregunto Manfred Kasten.
– La lealtad del Ejercito debe ser para con Alemania -intervino el profesor sin dar tiempo a que Max pudiera responder.
– Han detenido a algunos amigos -anadio el pastor Ludwig Schmidt-. La Gestapo detiene a la gente y desaparecen para siempre.
– Y tu, Max, ?que crees que debemos hacer? -preguntaba Helga Kasten.
Max von Schumann no tenia respuesta para aquella pregunta. Solo podia explicarles que en el seno del Ejercito habia oficiales que, como el, creian que debian hacer algo para oponerse a Hitler y que incluso alguno de sus companeros de armas habia llegado a sugerir que seria imposible acabar con el III Reich si antes no acababan con el Fuhrer, pero no habian pasado de ahi.
Cuatro dias antes de regresar al frente, Max y Ludovica bautizaron al pequeno Friedrich; a la ceremonia solo asistio la familia. Ludovica habia cedido a los deseos de su marido, pero tenia prevista otra celebracion para cuando Max regresara al frente. Estaba decidida a convocar en su casa a sus amigos de la jerarquia nazi para celebrar el nacimiento y bautizo de Friedrich.
Por su parte, Max tenia sus propios planes. Antes de regresar al frente ruso habia dispuesto pasar por Varsovia. Karl Kleist, el oficial que trabajaba cerca del coronel Oster, le habia asegurado que Amelia estaba a punto de ser liberada y el queria estar en el momento de la liberacion o al menos intentar que le permitieran visitarla en la carcel de Pawiak y explicarle los planes que habia hecho para ella en el momento en que recuperara la libertad.
Lo que no sabia es que Amelia estaba enferma; cuando tosia, escupia sangre, y ademas padecia anemia.
Pero para Amelia lo peor que le pudo pasar no fue luchar contra la fiebre, ni contra las pulgas que martirizaban su cuerpo o los piojos que aun encontraban acomodo entre los pocos cabellos que le quedaban. Lo peor para Amelia fue sobrevivir al asesinato de Ewa.
– ?Sabes que mis padres han venido a verme? -le dijo Ewa una manana mientras estaban en el patio de Serbia inspirando todo el aire puro que llegaba hasta la prision.
– ?Les has podido ver? -pregunto Amelia.
– No, no me han permitido verles, pero se que han estado porque me lo ha dicho una companera de mi celda que la emplean de vez en cuando para limpiar el despacho del director de Pawiak. Es una buena mujer y me fio de ella. ?Sabes? creo que mis padres traian buenas noticias, seguro que estan a punto de conseguir que me indulten. Tengo una corazonada.
Ewa sonreia ilusionada convencida de su buena suerte, que solo ensombrecia el pensar que iba a dejar a Amelia entre los muros de Pawiak.
– En cuanto salga, te prometo que buscare a Max donde quiera que este y le instare a que haga lo imposible por sacarte. Confia en mi.
– Si no hubiera sido por ti, no se como habria resistido tanto…
– ?Pero si eres mas fuerte que yo! Ademas, tienes un hijo por el que vivir. Algun dia ire contigo a Espana.
– Espana… mi hijo… ?Cuanto daria por dar marcha atras! Yo soy la unica culpable de lo que me pasa y a veces pienso que estoy aqui porque tengo que pagar por todo el mal que he hecho a quienes me querian: mi hijo, mis padres, mi hermana, mi marido, mis tios y mis primas; a todos les he fallado…
– No te atormentes, Amelia, saldras de aqui y podras regresar a Espana y enmendar las cosas.
– No puedo devolver la vida a mis padres.
– Tu no eres la culpable de su muerte, fueron victimas de vuestra guerra civil.
– Pero yo no estaba con ellos. No estaba cuando fusilaron a mi padre ni asisti a mi madre en su enfermedad. Ahora no estoy cuidando a mi hermana enferma. Siempre dejo mis responsabilidades en manos de otros, ahora en manos de mis pobres tios y de mi prima Laura. Y mi hijo… no puedo lamentarme de haberme convertido en una extrana para mi pequeno Javier. Lo abandone y no pasa ni un solo dia en que no me arrepienta de haberlo hecho.
– Saldremos de aqui, ya veras, y sera muy pronto, lo se, confia en mi. Siento que la libertad esta muy cerca.
Aquella tarde, como todas las tardes, mientras las presas estaban en las celdas escucharon los pasos de las guardianas. Iban a leer los nombres de las condenadas, que serian ahorcadas al amanecer.
Amelia tenia fiebre y apenas prestaba atencion, de manera que tardo unos segundos en reaccionar y preguntarse si habia escuchado bien.
– Van a ahorcar a esa amiga tuya. Acaban de decir su nombre. Pobrecilla -le susurro al oido una de sus companeras.
El grito de Amelia se escucho a lo largo y ancho de aquel pasillo humedo que daba entrada a las celdas. Pero el grito se perdio entre los llantos y los lamentos de quienes iban a ser ahorcadas. Era el mismo sonido de llantos y lamentos que escuchaban a diario, pero aquel dia a Amelia se le hizo insoportable.
Una de las guardianas entro en la celda y la golpeo con un palo obligandola a callar.
– ?Para de gritar, extranjera de mierda! Espero que muy pronto llegue la orden para que te ahorquen, asi no gastaras mas dinero nuestro en comida. ?Desagradecida!
Era tal el dolor que sentia en el alma que apenas se dio cuenta de que en uno de los golpes le habia roto la muneca izquierda.
– ?Quiero verla! ?Quiero verla! -suplico Amelia agarrada a la falda de la guardiana que la golpeaba sin piedad.
– No, no veras a esa zorra de tu amiga que va a recibir lo que se merece por traidora. Es una asquerosa amiga
