– No me has preguntado si soy culpable -le dijo ella.

– ?Culpable? ?De que ibas a ser culpable?

– Me detuvieron, me acusaron de conspirar contra el Reich, de ayudar a los judios…

– Espero que todo eso sea verdad -respondio el riendo.

– No te lo dije para no implicarte, pero Grazyna… bueno… ella ayudaba a los judios, ibamos al gueto a llevar comida, y algunas otras cosas.

– No te reprocho nada, Amelia, lo que hicieras bien hecho esta.

– Pero… yo necesito decirtelo.

– Ya me lo contaras todo cuando estes mejor, ahora tienes que descansar.

– Quiero hablar, necesito hablar, no sabes cuanto te he echado de menos. Pense que nunca volveria a verte, ni a ti ni… ni a mi hijo, ni a mi familia. Pawiak es un infierno, Max, un infierno.

Tres dias despues Max le explico a Amelia que habia conseguido un salvoconducto para que llegara hasta Lisboa y desde alli pudiera ir a Espana.

– Aun estas enferma, pero hemos de correr ese riesgo. Yo debo volver al frente, no me permiten quedarme mas tiempo en Varsovia y aqui no estarias segura. ?Crees que podras valerte por ti misma? Yo te dare las medicinas que debes tomar.

– Otra vez nos separamos -se lamento ella.

– Muy a mi pesar. Pero ademas de medico soy un soldado y debo cumplir ordenes. Mis amigos han conseguido que pudiera quedarme unos dias en Varsovia, pero no pueden cubrirme mas.

– Lo se y no debo quejarme. ?Has hecho tanto por mi! Si, ire a Espana, no querria ir a ninguna otra parte. Puede que me permitan ver a mi hijo. Hace tantos meses que no se nada de mi familia, deben de pensar que me he muerto.

– ?No digas eso! Claro que veras a tu hijo y… he de decirte algo, que se te va a doler.

Amelia miro asustada a Max. Temia lo que pudiera decirle.

– He tenido un hijo. Ludovica me ha dado un varon.

– Lo se, Max, tu mujer me dijo que estaba embarazada. No sabia que tu y Ludovica… en realidad creia que…

– No te engane. Entre Ludovica y yo hacia tiempo que todo habia terminado. Tu no estabas, Amelia, y no sabia que iba a pasar entre nosotros. En realidad en aquel momento tu estabas con Albert James o eso creia yo. Ella me pidio que le dieramos una oportunidad a nuestro matrimonio y… no me negue. Ahora tengo un hijo, se llama Friedrich, y le quiero, Amelia, le quiero al igual que tu quieres a tu hijo. No puedo evitar quererle. Es parte de mi, lo mejor de mi.

Se hizo un silencio tenso y Amelia sintio que se le llenaban los ojos de lagrimas. No tenia derecho a reprocharle nada, pero se sentia herida.

– No puedo pedirte perdon por Friedrich -le dijo el baron.

– Me duele, Max, claro que me duele, pero no tengo derecho a hacerte ningun reproche. Nunca me has enganado, siempre supe que Ludovica estaba ahi y que tu sentido del honor para con tu familia te impediria separarte de ella. Tambien sabia, aunque nunca me lo dijiste, que anorabas tener un hijo que continuara tu estirpe, y eso se que yo no te lo podia dar porque al fin y al cabo sigo estando casada. Pero me duele, Max, me duele mucho.

El la abrazo y noto como ella temblaba ahogando un sollozo. La sintio mas fragil por su extrema delgadez, pero no quiso enganarla diciendo que le hubiera gustado que Friedrich no existiera porque no era cierto. Se sentia orgulloso de aquel nino diminuto al que anoraba tener en sus brazos.

Amaba a Amelia pero tambien a Friedrich y no queria renunciar a ninguno de los dos.

No les resulto nada facil separarse de nuevo. Max acompano a Amelia al aeropuerto. Ella apenas lograba sostenerse en pie. Estaba muy debil.

Se despidieron sin saber cuando se volverian a ver, pero prometiendose que no permitirian que nadie les separase.

– Si no pudieras ponerte directamente en contacto conmigo, intentalo con mi ayudante, el comandante Henke.

– Los dos habeis ascendido, tu ahora eres coronel y el comandante…

– Asi es la guerra, Amelia. Pero atiendeme: si tampoco lograras ponerte en contacto con el comandante Henke, siempre podrias recurrir al profesor Schatzhauser, a el no le resultara dificil saber donde estoy.

A Amelia le costo reprimir las lagrimas cuando se dirigia al avion y se volvio varias veces agitando la mano mientras Max la contemplaba conteniendo la emocion.

Muchas horas despues, y tras una larga escala en Berlin, Amelia miraba por la ventanilla del avion intentando divisar el perfil de Lisboa.

Estaba impaciente por pisar tierra portuguesa porque era el preludio de su vuelta a casa. No pensaba quedarse mas tiempo del imprescindible. Primero iria al hotel Oriente. Aquel era el lugar de contacto donde la Inteligencia britanica la habia dirigido en ocasiones anteriores. En Londres debian de estar preguntandose que le habia sucedido despues de tantos meses de silencio. Posiblemente la habrian dado por muerta.

El hotel Oriente parecia languidecer. Su propietario, el britanico John Brown, la reconocio nada mas verla.

– ?Vaya, la senorita Garayoa! No esperaba verla por aqui… No tiene usted muy buen aspecto. Le dare la habitacion de siempre, ?le parece bien?

Sin darle tiempo a responder, comenzo a llamar a su esposa portuguesa, dona Mencia.

– ?Mencia, Mencia! ?Donde te metes? Tenemos una huesped.

– No voy a quedarme, senor Brown, solo quiero saber si puedo contactar con alguno de sus amigos…

– Asi que esta interesada en hablar con alguno de mis compatriotas.

– ?Puede arreglarlo?

– Naturalmente; mientras, suba a la habitacion y descanse, perdone que insista en su mal aspecto. Mencia le traera algo de comer.

– Quiero ir a Espana cuanto antes, en el primer tren que salga.

– Entonces tendra que esperar a manana por la manana. No se preocupe, me encargare de conseguirle un billete.

Mencia golpeo con suavidad la puerta de la habitacion.

– ?Pero que cambiada esta usted! -exclamo Mencia al reconocer a Amelia.

– Me alegro de verla -respondio Amelia haciendo caso omiso del comentario.

– Mi marido me ha dicho que parece usted un espectro y tiene razon. ?Esta en los huesos! ?Donde se ha metido? Realmente tiene usted un aspecto terrible.

– Son tiempos dificiles.

– Si, si que lo son, y yo tengo miedo de que un dia de estos alguien venga a por mi marido, hay demasiados ojos y oidos pendientes de lo que pasa, y siendo el ingles… claro que yo soy portuguesa y eso le salva, o al menos es lo que quiero creer. ?Que necesita? Creo que le traere algo de comer. ?Un poco de bacalao? Si, le vendra bien para coger fuerzas.

– No, Mencia, no tengo hambre.

– Si cambia de opinion, llameme. Mi marido me ha dicho que le diga que no salga de la habitacion y que descanse, dentro de un rato vendra alguien a verla. Imagino quien… pero es mejor estar callada.

Amelia se tumbo en la cama y se quedo dormida. Al rato se sobresalto por unos golpes en la puerta. Cuando abrio, vio a John Brown acompanado por un hombre de gesto adusto que la miraba con arrogancia.

– Senorita Garayoa, le presento a este buen amigo. Les dejo para que hablen. Si necesitan algo les enviare a Mencia.

– ?De donde sale usted? -le pregunto el hombre sin ningun preambulo.

– De Pawiak.

– ?Pawiak?

– Es una carcel, en Varsovia. Me detuvieron.

– ?Y por que la han dejado salir?

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