Edurne, la pobre anda muy floja de salud.

– Sin usted la investigacion sobre mi bisabuela resultaria inutil. Por cierto que el mayor William Hurley, el archivero del Ejercito, es una mina de informacion. Si usted supiera todo lo que me ha contado… Y aun hay mas: dentro de unos dias debo regresar a Londres, no imagina usted las cosas que hizo mi bisabuela…

– No quiero saber nada, ya se lo he dicho en otras ocasiones. Lo que Amelia Garayoa hiciera o dejara de hacer no me corresponde a mi saberlo.

– Usted es historiador y me resulta chocante que no sienta curiosidad por saber que hizo Amelia.

– ?Que testarudo es usted, Guillermo! Ya le he dicho unas cuantas veces que aunque la tuviera no la dejaria aflorar. No tengo ningun derecho a entrometerme en la vida de una mujer y de una familia a la que tanto debo. Si ellas hubieran querido que fuera yo el que investigara me lo habrian pedido, pero no lo han hecho, se lo han encargado a usted, a usted que es el bisnieto de Amelia.

No insisti. Me irritaba la firmeza y la honradez del profesor. Yo, en su caso, no me habria resignado a no saber.

– ?Puede contarme que sucedio cuando Amelia llego aquel verano del cuarenta y dos?

– Ponga en marcha el magnetofon.

«Cuando la vio llegar arrastrando una maleta, el portero de la casa no la reconocio.

– ?Donde va usted? -le pregunto.

– A casa de don Armando Garayoa, ?es que no me conoce? Soy Amelia.

– ?Senorita Amelia! ?Vaya si esta cambiada! ?Tiene cara de enferma! Lo siento, senorita, pero no la he reconocido. Deme, deme la maleta, se la subire yo.

Flanqueada por el portero, pulso el timbre de la casa de sus tios. Fue Edurne quien abrio la puerta. Ella si que la reconocio.

– ?Senorita Amelia! -grito mientras la abrazaba con fuerza.

Envuelta en los brazos de Edurne, Amelia se sintio en casa y rompio a llorar.

Edurne no quiso que el portero viera mas de lo que debia, y tras darle las gracias cerro la puerta. Dona Elena y Antonietta habian acudido al recibidor alertadas por los gritos de Edurne. Las dos hermanas se abrazaron llorando. Amelia estaba aun mas delgada que Antonietta, parecia tan fragil que se podia romper. O eso al menos es lo que nos parecio a Jesus y a mi cuando la vimos.

Despues de abrazar a Antonietta, Amelia hizo lo propio con su prima Laura y a continuacion con su primo Jesus; tambien me abrazo a mi y a su tia, dona Elena.

– ?Y el tio? ?Donde esta el tio? -pregunto impaciente.

– Papa llega mas tarde del trabajo -respondio Jesus-, pero no tardara.

Dona Elena se lamentaba del estado de Amelia.

– Pero, hija, ?donde has estado! Estabamos tan preocupados por ti… Estas enferma, ?verdad? Si, no lo niegues, se te ve tan delgada, con tan mala cara, y esas ojeras…

– ?Vamos, mama, dejala! -le pidio Laura-. La estas agobiando. La prima Amelia esta cansada, en cuanto descanse volvera a ser la de siempre.

Pero Laura sabia que Amelia ya no era la de siempre y que su aspecto no se recuperaria simplemente por descansar.

– Cuentanos, cuentanos donde has estado… No sabiamos nada de ti y estabamos preocupadas. Laura llamo a Albert James y el le dijo que estabas de viaje -dijo Antonietta.

– ?Has hablado con Albert? -pregunto Amelia a su prima Laura con un ligero temblor en la voz.

– Si, hace meses. No fue sencillo… Es dificil conseguir una conferencia con Burgos para hablar con Melita, imaginate llamar a Londres… Albert estuvo muy amable, pero no quiso precisar donde estabas viajando ni por que, aunque insistio en tranquilizarme al decirme que estabas bien. Me conto que habiais estado en Nueva York… - explico Laura.

– Asi es -respondio Amelia.

– ?Albert ya no es tu novio? -pregunto dona Elena, sin andarse por las ramas.

– No, no lo es -susurro Amelia.

– Pues es una pena porque es un hombre de bien -replico su tia.

– Por favor, mama, ?no te metas en los asuntos de Amelia! -le reprocho Laura.

– No te preocupes, no me importa. Se que la tia se preocupa por mi -dijo Amelia.

Durante el resto de la tarde, Amelia se mostro avida de noticias, nos pedia detalles de cuanto habia sucedido desde su ultima visita, y no dejaba de ponderar lo bien que encontraba a Antonietta y lo crecidos que nos encontraba a Jesus y a mi.

– Seguimos sin saber nada de Lola, ni tampoco de su padre. Su pobre abuela murio -conto dona Elena.

– Lo siento, Pablo, siento que haya muerto tu abuela -me dijo Amelia.

– Pero no esta solo, Pablo es uno mas de la familia, no sabriamos estar sin el; ademas, Jesus y el son tal para cual, mas que hermanos -afirmo Laura.

– Las mujeres de esta casa sois muy mandonas, menos mal que esta Pablo -dijo Jesus riendo.

La mirada de Amelia se ensombrecio cuando, al preguntar por su hijo, Laura le explico que Agueda seguia permitiendoles ver al pequeno Javier.

– De vez en cuando Edurne va a hacer guardia cerca del portal de la casa de Santiago y espera para ver salir a Agueda con los ninos y le pregunta cuando podemos acercarnos para ver a Javier. Tu hijo esta precioso y se parece mucho a ti, tiene tu mismo pelo rubio, y es delgado como tu.

– ?Es feliz? -pregunto Amelia.

– ?Claro que si! De eso no tienes ni que preocuparte. Tu marido… bueno, Santiago quiere con locura al nino y Agueda se porta muy bien con el. El nino la quiere… se que te duele, pero es mejor que la quiera porque eso significa que es buena con el. -Laura intentaba apaciguar las emociones de Amelia.

– Quiero ir a verle, si pudiera ir hoy…

– No, no, hoy no, tienes que descansar. Manana ira Edurne a preguntar a Agueda, ella nos dira si puedes verle y cuando, y te acompanaremos -respondio Laura, temiendo que su prima decidiera intentarlo en aquel mismo momento.

– ?No soporto que esa mujer decida cuando puedo ver a mi hijo! -exploto Amelia.

– Hija mia, a eso te tienes que resignar. Santiago no quiere saber nada de nosotros, mira que tu tio lo viene intentando. Incluso llego a hablar con don Manuel, el padre de Santiago. Pero el hombre se mostro inflexible; no solo respetaba la decision de su hijo sino que ademas le parecia muy bien. Nunca te perdonaran, Amelia -dijo dona Elena sin medir el dano que con sus palabras le hacia a su sobrina.

– Toda mi vida pagare el error cometido y, ?sabes, tia?, a veces pienso que aun no he recibido suficiente castigo, que debo sufrir mas, que todo lo que me pase de malo lo tengo merecido. ?Que loca fui abandonando a mi hijo!

– Amelia, no sufras, ya veras como algun dia se arregla todo -intervino Antonietta sin poder reprimir el llanto.

Era tarde cuando llego don Armando. El buen hombre hacia horas extra en el despacho para poder mantener a toda la familia.

Amelia no lo dijo, pero su expresion denotaba que encontraba envejecido a su tio. Tambien don Armando se preocupo al ver el lamentable estado fisico de su sobrina. La abrazo largo rato conteniendo las lagrimas.

– Tienes que prometerme que nunca mas estaras tanto tiempo sin darnos noticias de ti, nos tenias muy preocupados. No nos hagas esto, hija, piensa en lo mucho que sufrimos por ti. Tu hermana Antonietta padece crisis de ansiedad, ?no te lo han dicho? Y el medico asegura que se debe a que esta muy preocupada por ti. Desde luego que manana iremos a ver a don Eusebio para que te vea, me preocupa tu aspecto, hija.

Amelia se incorporo a la rutina familiar. Dona Elena era quien hacia y deshacia en la familia y todos la obedeciamos, incluido don Armando. La buena mujer se habia convertido en una segunda madre tanto para Antonietta como para mi.

Tambien se convirtio en rutina que Amelia, acompanada de Edurne, fuera a merodear cerca del que habia sido su hogar de casada y donde seguia viviendo su marido, Santiago, amancebado con Agueda. Dona Elena no dejaba de repetir que sabia por sus amigas que Santiago hacia distingos entre sus dos hijos, que no permitia que nadie

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