consistia en guisos de castanas o gachas de algarroba. Pero he de confesar que nunca he comido mas arroz y patatas que entonces. Dona Elena hacia el arroz con un refrito de ajo y laurel y a las patatas cocidas les echaba pimenton para darles algo mas de sabor, ademas del consabido laurel.
Aun a reganadientes, dona Elena termino aceptando que Amelia trabajara en la merceria de dona Rosa, aunque ella nunca mas volvio a comprar en la tienda.
Una noche en la que estabamos todos reunidos alrededor de la radio, nos enteramos de que se estaban librando violentos combates en torno a Stalingrado. Y a pesar de lo jactancioso que se mostraba el locutor asegurando que Alemania no dejaria un solo bolchevique con vida, lo cierto es que no era lo que realmente estaba pasando en el frente ruso.
Amelia parecia muy inquieta. Nunca reconocio por que. Jesus decia que era porque, como su prima se habia fugado con un comunista, ella estaba a favor de los rusos y le preocupaba que los alemanes pudieran ganar.
Una tarde Laura regreso y nos anuncio que le iban a subir el sueldo.
– La madre superiora me ha dicho que esta muy contenta con mi trabajo.
Dona Elena decidio celebrarlo preparando un pastel de patata con un poco de mantequilla que guardaba como si de un tesoro se tratase. La habia traido Melita desde Burgos. No es que Melita nos visitara con frecuencia, pero habia querido ver a su prima Amelia y presentarla a su marido y a su hijita Isabel.
Hacia muchos anos que no se veian las dos primas y Amelia se sorprendio del cambio operado en Melita; la vio convertida en una matrona subordinada en todo a su marido. No es que Rodrigo Losada, el marido de Melita, no fuera un buen hombre, lo era, y la queria, pero tenia ideas rotundas sobre el papel que debian desempenar las mujeres, sobre todo la suya. Melita asentia a cuanto el decia, haciendo suyas todas sus opiniones. Rodrigo, por su parte, observaba con desconfianza a Amelia, la discola de la familia, la que habia huido abandonando a su marido y a su hijo, la que aparecia y desaparecia sin dar cuentas a nadie como si de un hombre se tratase.
Rodrigo Losada se mostraba amable y educado con Amelia, pero apenas lograba fingir sus recelos respecto de ella. En las pocas ocasiones que discutia con Melita era cuando ella defendia a su prima diciendole que siempre habia sido una mujer especial y que era muy buena. Pero el no admitia sus razonamientos, lo cual la entristecia.
Debo confesar que Jesus y yo disfrutabamos de las visitas de Melita y de su cunado Rodrigo, no solo por el carino hacia ellos sino tambien porque llegaban cargados de comida.
Cuando ibamos a recogerles a la estacion, haciamos apuestas sobre cuantas cestas traerian. Los padres de Rodrigo eran gente acomodada antes de la guerra civil, y sin ser millonarios, vivian mejor que nosotros; la madre era de un pueblo de Cantabria y tenia tierras y algo de ganado, de manera que hambre no pasaban.
En aquellas cestas voluminosas Melita solia llevar chorizo en aceite, mantequilla, costillas y lomo de cerdo adobado. Tambien nos traia garbanzos y frascas de miel y mermelada de ciruelas y dulces hechos por su suegra. Todo aquello eran manjares en aquel Madrid de la posguerra.
Melita estaba de nuevo embarazada y Rodrigo aseguraba que esta vez seria un nino. En cuanto a la pequena Isabel, era una chiquilla regordeta y tranquila a la que dona Elena y don Armando mimaban cuanto podian habida cuenta de lo poco que veian a su nieta.
A dona Elena, como a todas las madres de todas las epocas, le preocupaba el futuro de sus hijos. Se sentia satisfecha de la boda de Melita, pero tenia pendiente encontrar marido para Laura y para su sobrina Antonietta; de Jesus y de mi ya se ocuparia mas adelante, pues aun eramos adolescentes.
La buena mujer, ignorando el sufrimiento de su marido, procuraba congraciarse con las esposas de algunos jerarcas del Regimen a los que teniamos por vecinos. De vez en cuando las invitaba a merendar y obligaba a Laura y a Antonietta a estar presentes para que las mujeres las vieran y las tuvieran en cuenta a la hora de elegir esposa para sus vastagos.
Aquellas sesiones ponian de malhumor a Laura y discutia con su madre.
– ?Pero tu te has creido que soy un animal de feria! Me niego a que esas amigas tuyas me examinen cada vez que vienen a casa. ?Son odiosas! Antes de la guerra nunca las habrias invitado.
– ?Es que te quieres quedar soltera? Estas senoras estan bien situadas y tienen hijos de vuestra edad; de seguir asi, a Antonietta y a ti se os va a pasar el arroz.
– ?Pero es que yo no quiero casarme! -replico Laura.
– ?Pero que dices! ?Claro que te casaras! ?Quieres convertirte en una solterona? No voy a consentirlo.
Antonietta se mostraba mas docil a los deseos de su tia. Yo la veia sufrir en aquellas meriendas, pero ella no decia nada y procuraba comportarse con la correccion que le habian ensenado.
Dona Elena ensenaba a sus nuevas amigas las labores de punto de cruz de Antonietta y aseguraba que el pastel que les servia habia salido de las manos de Laura.
Una noche, a la hora de la cena, anuncio solemnemente que el sabado irian a una merienda-baile organizada por una de aquellas vecinas.
– El marido de la senora de Garcia de Vigo es la mano derecha del subsecretario de Agricultura y me ha asegurado que acudiran muchos jovenes interesantes, algunos con buenos cargos en la Falange, y otros hijos de buenas familias, creo que hay uno que es hijo de un conde o un marques. Los senores de Garcia de Vigo tienen una hija, Maruchi, que ya es un poco mayorcita; ha cumplido los veintisiete, y le pasa lo que a vosotras, que aun no ha encontrado marido.
– Pues yo no pienso ir -respondio Laura.
– ?Pues claro que iras! Lo mismo que Antonietta y Amelia, iremos todos. Tu padre nos acompanara, es una buena ocasion para presentarle al senor Garcia de Vigo.
– Tia, ?y yo que he de hacer en ese baile? Al fin y al cabo ya estoy casada -apunto Amelia, deseando librarse de la merienda.
– Estaras conmigo, le he dicho a la senora de Garcia de Vigo que me quedare con ella para echar un ojo a la fiesta. Tu nos acompanaras.
– No creo que sea una buena idea, ya sabes lo que piensan de mi esas senoras, para ellas soy una perdida, no creo que mi presencia favorezca a Laura y a Antonietta- continuo argumentando Amelia.
– ?Pero que dices! Tu eres mi sobrina, nadie dira una palabra incorrecta, ya has visto que cuando vienen aqui son muy amables contigo.
– Pero esta es tu casa y no se atreverian a ser groseras. No, yo no ire -replico Amelia.
– Tiene razon Amelia -tercio don Armando-. Esas senoras son capaces de decir cualquier inconveniencia, y no es que me importe que eso os obligara a marcharos, pero si el mal rato que pasaria Amelia. Mira, lo mejor es que ella y yo nos vayamos a dar un paseo con Jesus y con Pablo.
Con paciencia y persuasion, don Armando casi se salio con la suya, porque dona Elena tuvo una ocurrencia: que Jesus y yo nos quedaramos en la fiesta.
– Vosotros no teneis edad para bailar, pero si para merendar, asi que no vamos a desaprovechar la oportunidad. Siempre queda bien que los hermanos pequenos esten cerca de las hermanas mayores haciendo de «carabinas». Esta decidido, se lo dire a la senora de Garcia de Vigo.
Jesus y yo protestamos, pero sin exito. Amelia se habia librado de ir pero la moneda de cambio fuimos nosotros.
El sabado a las seis en punto nos presentamos en la casa de los senores de Garcia de Vigo en la calle Serrano. Dona Paquita, que asi se llamaba la senora de Garcia de Vigo, nos recibio sonriente y nos invito a pasar a un amplisimo salon que habia dispuesto como sala de baile.
– Pasad, pasad, sois los primeros -dijo dona Paquita.
– Ya te dije que llegaria a tiempo para ayudarte -respondio dona Elena.
– He invitado en total a treinta jovenes, ya veras que bien lo van a pasar. Y vosotros -dijo refiriendose a Jesus y a mi- debeis estar atentos a que nadie se propase con las senoritas, cualquier cosa rara que veais nos lo decis. Nosotras estaremos atentas, pero por si acaso nos distrajesemos estareis ahi vigilantes, y os encargareis de poner musica, tenemos unos pasodobles muy animados.
Jesus y yo habiamos acordado ir a lo nuestro, que no era otra cosa que merendar. No teniamos la mas minima intencion de hacer de vigilantes de las chicas, salvo que alguno de los jovenes se propasara con Laura o con Antonietta, las demas nos daban igual.
