– Yo se por que.
– ?Ah, si? Pues dime por que.
– Porque te gustan los retos, te gusta conquistar lo imposible y tanto Santiago como Albert te querian, te lo daban todo y por tanto no tienen ningun interes para ti. Hablame de ese aleman.
– ?De Max? No hay mucho que decir, es valiente, inteligente y guapo.
– Y esta casado.
– Si, Laura, si, esta casado.
– ?Has estado con el todo este tiempo? ?Por que no me dices donde has estado y que es lo que te ha pasado?
Amelia se levanto nerviosa y comenzo a pasear por la sala sin responder a su prima.
– Vamos, no te molestes, solo quiero saber que te ha pasado. Antes confiabas en mi.
– Y sigues siendo la persona en quien mas confio del mundo, pero prefiero no mezclarte en mis cosas. Es mejor asi. Ya te he contado que he dejado a Albert por Max, y eso no lo sabe nadie.
– A mama le daria un pasmo si supiera que tienes un amante que ademas esta casado.
– Y tu padre tampoco comprenderia que ademas fuera aleman.
– Mi padre te quiere mucho, Amelia, y nunca te juzgaria.
– Pero no lo comprenderia y le causaria un gran dolor. Por eso prefiero que no sepan nada. Y a mi pobre hermana tampoco la quiero preocupar con mis cosas.
– ?Cuando volveras a ver a ese Max?
– No lo se, Laura, quiza nunca mas. Es un soldado y estamos en guerra.
– ?No sabes donde esta?
– No, no lo se.
En la casa seguian con preocupacion las noticias sobre la guerra. La radio informaba que Hitler iba de victoria en victoria, lo mismo que Mussolini, y los locutores henchidos de entusiasmo aseguraban que Franco era igual de «grande» que el Fuhrer y el Duce.
– Ganaran los aliados -auguro Amelia con tozudez.
– ?Dios te oiga, hija! -respondio don Armando, mas esceptico que ella respecto al resultado de la contienda.
– ?A nosotros que mas nos da que ganen unos u otros? -pregunto dona Elena, temerosa de que ya fuera la codicia de los alemanes o el deseo de los britanicos de restablecer la Republica provocara otra guerra en Espana.
Habia sufrido tanto, que dona Elena lo unico que ansiaba era sobrevivir y sonaba con que su familia volviera algun dia a tener lo que tuvo en el pasado, cuando eran unos burgueses acomodados y en aquella casa relucian las fuentes de plata y la cristaleria fina.
A mediados de septiembre, Jesus y yo comenzamos el nuevo curso en el colegio. Estudiabamos con beca en los Salesianos. Laura tambien se reincorporo a su trabajo con las monjas y Antonietta volvio a dar clases a las hijas de aquel vecino falangista. Amelia era la unica que no trabajaba y eso la enfurecia. Un dia se planto ante su tio y le pidio que la ayudara a buscar un trabajo.
– Aun no estas bien, sigues muy delgada y el medico dice que tienes que descansar.
– Pero no soporto ser una carga para vosotros.
– La mejor ayuda es que te recuperes y no quiero oirte nunca mas diciendo que eres una carga. Eres como una hija mas, lo mismo que Antonietta, una hija mas. Ten paciencia y espera a estar mejor para poder trabajar.
Pero Amelia no le hizo caso, de manera que empezo a buscar un empleo sin decir nada en casa. Un dia nos sorprendio anunciando que habia encontrado uno no lejos de casa, de dependienta en una merceria.
– ?Por Dios, hija, eso si que no! -exclamo dona Elena.
– ?Por que no? Es un trabajo honrado.
– Pero en esa merceria hemos comprado toda la vida y… no… no quiero que trabajes alli, nos criticaran.
– ?Y que nos importa lo que digan los demas? Precisamente tu, tia, eres la que mas nos recomiendas que nos adaptemos a la nueva situacion. Pues bien, ya no tenemos dinero y por lo tanto tenemos que trabajar. No veo nada malo en hacerlo en la merceria.
– Menuda pecora esta hecha la duena. A mi nunca me gusto. Todo el mundo sabe que antes fue cantante de cuple, pero muy mediocre, la pobre; eso si, tuvo el talento de liarse con su representante. Se quedo embarazada y como el hombre estaba casado, no tuvo mas remedio que hacerse cargo de ella y de su hija y llegaron a un acuerdo: le pondria la merceria y ella no montaria un escandalo.
– Siempre hemos comprado en esa merceria -apunto Laura para apoyar a su prima Amelia.
– Es que siempre ha tenido buen genero, las mejores puntillas y encajes… Pero esa mujer es lo que es -insistio dona Elena.
– Pues yo le estoy agradecida de que me de trabajo. Su hija esta casada con un teniente destinado en Ceuta, tienen cuatro chiquillos y no puede echarle una mano, y ella ya es muy mayor y necesita a alguien para ayudarla. Solo seran unas horas por la manana, pero al menos ganare algun dinero -argumento Amelia.
– ?Que van a decir de nosotras en el barrio! -gimoteo dona Elena.
– ?Es que alguien nos da de comer? Entonces, ?por que debemos preocuparnos por lo que digan los vecinos? - replico Amelia.
No hubo manera de que diera su brazo a torcer, y a pesar de las suplicas de dona Elena y de la preocupacion de don Armando, Amelia comenzo a ir todas las mananas a la merceria.
– Dona Rosa es muy amable -nos conto Amelia.
– ?Dona Rosa? Desde cuando se hace llamar dona Rosa esa mujer. Siempre la hemos llamado Rosita -se quejo dona Elena.
– Ya, pero no me parece bien tutear a una senora que casi podria ser mi abuela. Soy yo quien ha decidido tratarla de usted y esta encantada.
– ?No me extrana! Una senorita como tu tratando a una cupletista como si fuera una senora. No lo apruebo, y me da rabia.
– Pero, tia, no seas tan dura con ella. ?Que sabemos de las circunstancias de su vida? A mi me parece que es una buena mujer que ha sabido luchar para sacar adelante a su hija.
– Gracias a la merceria que le puso su representante -insistio dona Elena.
– Pues mira, eso demuestra que es lista -tercio Laura-. Normalmente a las mujeres nos enganan, nos utilizan y luego nos dejan como zapatillas inservibles.
– ?Lo que tengo que oir! Si tu padre te oyera, le darias un disgusto. ?Como puedes justificar que esa mujer se fuera con aquel hombre y… y… bueno, tuvieran una hija estando el casado? ?Os parece decente? ?Es eso lo que os he ensenado?
– Pero ?que sabemos nosotras de sus circunstancias? Yo estoy con Amelia, no debemos juzgarla -insistio Laura.
– Tia, ?que supones que dicen de mi? -pregunto Amelia.
– ?De ti? ?Que han de decir de ti? Eres una joven de buena familia y puedes llevar la cabeza muy alta por los padres que has tenido.
– Si, pero me case y abandone a mi hijo y a mi marido para irme con otro. ?Crees que soy mejor que dona Rosa?
– ?No te compares con esa! -respondio, ofendida, dona Elena.
– Sabes que tus amigas, cuando me ven, murmuran y me tratan con una condescendencia que resulta ofensiva. Para ellas soy una perdida.
– ?No digas eso! Yo no consentiria que nadie te faltara al respeto.
– Vamos, tia, no te enfades y acepta de buena gana que trabaje en la merceria. Dona Rosa ha prometido pagarme treinta pesetas al mes.
Aquel dinero era una gran ayuda para la economia familiar. Don Armando ganaba cuatrocientas pesetas trabajando catorce horas al dia, y entre Antonietta con sus clases de piano, Laura con lo que ganaba en las monjas ademas de los extras que le aportaba coser con la ayuda de dona Elena, la familia apenas llegaba a las seiscientas pesetas. A pesar de eso, eramos unos afortunados y no nos veiamos en la tesitura de tantas familias cuyo menu
