olvidara que Javier era el legitimo, mientras que la nina, a la que habian puesto de nombre Paloma, era la hija de su amante.
Era curiosa la reaccion de Agueda respecto a Amelia. Pese a ocupar su cama, la mujer la seguia considerando «su» senora, y eso que sabia que Santiago no queria ni oir hablar de Amelia. Pero instintivamente Agueda adoptaba una actitud subordinada en cuanto se topaba con ella. Se ponia nerviosa; temia lo que pudiera hacer Santiago si se enteraba de que le permitia ver a Javier.
A traves de Edurne acordaron que Amelia no se acercaria al nino, pues Javier ya tenia edad suficiente para contar a su padre los pormenores de los paseos que daba con Agueda y su hermanita, Paloma.
Para Amelia resultaba desgarrador ver de lejos a su hijo, seguirle en su paseo por el Retiro, verle jugar con otros ninos y reir feliz, llamando a Agueda «mama». Durante todo aquel verano se convirtio en la sombra de Javier sin que el nino se diera cuenta de nada. Todas las tardes al caer el sol, Agueda solia acudir al Retiro para pasear a los ninos. Alli se paraba a hablar con otras mujeres, casi todas sirvientas; nunca se atrevio a frecuentar a otras madres que tambien llevaban a sus hijos de paseo.
Amelia se sentaba en un banco cercano y veia jugar a Javier; sufria cuando el nino se caia y se hacia algun rasguno en la rodilla, lo contemplaba embobada, disfrutando de aquella suerte de maternidad clandestina.
Don Armando no permitia que Antonietta trabajara. Ni tampoco queria oir hablar de que yo me pusiera a hacerlo. Por mas que yo me ofrecia a buscar algun trabajo con el que ayudar, queria que estudiara como su hijo Jesus. En cuanto a Laura, continuaba dando clases en el colegio y ademas cosia. Las monjas le habian encontrado el segundo trabajo. Muchas familias necesitaban de una costurera que diera la vuelta a los abrigos o sacara el bajo de unos pantalones, o arreglara un vestido para que pareciera diferente. Laura aceptaba estos encargos y, con ayuda de su madre, sacaba la faena adelante. Dona Elena se sentia satisfecha de aportar su granito de arena a la economia familiar y eso que la buena mujer no paraba con las tareas de la casa. Edurne y ella se repartian las labores sin permitir que Antonietta hiciera nada, salvo ensenar piano a las hijas de unos vecinos venidos a mas. Al padre, un falangista, lo habian colocado de oficinista en el Ministerio de Exteriores, y el hombre se daba infulas de senorito. El caso es que antes de la guerra vivian en una buhardilla, en la misma casa en que su mujer se encargaba de la porteria. Pero ahora habian decidido convertir a sus hijas en unas ninas refinadas como aquellas que vivian en su mismo portal. Vivian a tres manzanas de la casa de don Armando, y dos dias a la semana venian a que Antonietta les ensenara a tocar el piano. Antonietta se enorgullecia de aquellos centimos que ganaba.
En cuanto a Amelia, era evidente que su salud estaba muy deteriorada, y tanto dona Elena como don Armando le prohibieron que buscara un trabajo.
– Cuando estes bien trabajaras, ahora haznos un favor a todos y recuperate -le insistio su tio.
Amelia sufria al ver a su tio convertido en pasante del despacho de abogados. En realidad abusaban de el, puesto que era quien preparaba concienzudamente los casos mas dificiles, pero el merito y el dinero se lo llevaban otros.
– Tio, ?por que no intentas volver a poner tu propio despacho?
– ?Y quien crees que confiaria en mi? Hija, no olvides que me salvaste de que me fusilaran. Doy gracias por estar vivo, y no me atrevo a desear nada mas que poder mantener esta familia.
– Pero, tio, ?tu les estas haciendo todo el trabajo! ?Se aprovechan de ti!
– Nadie contrataria a un abogado republicano que estuvo condenado a muerte. No tengo influencias, y todos desconfiarian de mi. Dejemos las cosas asi.
– Tienes que aceptar que tu tio perdio la guerra -tercio dona Elena.
– La hemos perdido todos -respondio Amelia.
– Las consecuencias las pagamos todos, pero son los rojos y los republicanos los que la perdieron. Franco no lo esta haciendo tan mal, y parece que por ahi fuera le respetan -insistio dona Elena.
– ?Quien le respeta? ?Hitler? ?Mussolini? ?Esos dos son como el! Pero los paises europeos no le respetan, ya vereis lo que sucede cuando Inglaterra gane la guerra -contesto Amelia.
– Yo ya no espero nada de nadie, ya dejaron sola a la Republica -se quejo don Armando.
– Ademas, las cosas no estan tan mal aqui. Si, es cierto que pasamos necesidades, pero al menos hay orden, y algun dia las cosas nos iran mejor, ya veras. -Dona Elena se estaba acomodando a la nueva situacion.
– ?Y la libertad? ?Donde te dejas la libertad, tia?
– ?Que libertad? Mira, Amelia, aqui si no hablas de politica no te pasa nada, de manera que lo mas inteligente es no decir ni pio. En esta familia ya hemos tenido bastante de politica, y yo quiero que vivamos en paz. Europa entera esta en guerra y no sabemos como va a acabar, y por lo pronto Franco ha sido tan habil que ha evitado meternos en ella.
– ?Por Dios, tia!
– Si, Amelia, reconocelo, todo el mundo sabe que Hitler vino a pedirle que le ayudara en la guerra, y Franco se lo quito de encima sin decirle ni que si, ni que no, como es gallego…
– ?Y con que le iba a ayudar? ?A quien le iba a mandar? ?Pero si este pais esta arruinado, tia! ?Si los hombres no tienen fuerzas para seguir luchando! No, no es que no haya querido ayudar a Hitler, es que no puede porque no tiene con que. Ademas, ha mandado a la Division Azul a Rusia.
– Amelia, te pido que dejes la politica. Ya hemos sufrido demasiado por la politica, hija, y tu has pagado un precio muy alto por esas ideas comunistas… Dejemoslo, Amelia, con trabajo y esfuerzo saldremos adelante. Y lo mismo que se lo he dicho a mis hijos, te lo digo a ti: en esta casa no quiero que nadie nunca mas se meta en politica. Bastante tenemos con que todo el mundo sepa que estabamos en el bando republicano. No debemos hacernos notar. Las cosas no nos van tan mal -insistio dona Elena.
Don Armando hablaba con su sobrina de politica cuando no estaba su mujer. No queria disgustarla. Ademas, sabia que dona Elena tenia miedo de que los vecinos les pudieran escuchar criticando a Franco.
– Tu tia es una buena mujer -la disculpo don Armando.
– Lo se, tio, lo se, y yo la quiero mucho y le estoy muy agradecida por lo que esta haciendo por nosotras y por Pablo, pero me sorprende que acepte de buena gana la nueva situacion.
– Es ella quien hace posible el milagro de esta casa, y al contrario que nosotros, tiene los pies en la tierra. No suena con que nadie venga a salvarnos, de manera que ha optado por adaptarse al Regimen, sabe que no hay otra solucion.
– ?Y tu, tio? ?Que piensas tu? -pregunto Amelia.
– ?Que voy a pensar! Que Franco es un maldito, pero ha ganado la guerra y no podemos hacer nada mas. ?Con que vamos a luchar? No tenemos armas, ni dinero, ni esperanza. Nadie va a ayudarnos, Amelia; Francia e Inglaterra nos dejaron solos, y solos continuamos. Lo siento, hija, pero no creo que si Churchill gana la guerra le queden fuerzas para ayudarnos despues a nosotros.
– ?Claro que lo hara! Ya veras, se lo que digo -afirmo ella.
Para todos nosotros era un misterio el porque del aspecto de Amelia. Por mas que dona Elena intentaba sonsacarla, ella se resistia a contarles el origen de su deterioro fisico.
Laura continuaba siendo su confidente, su mejor amiga, pero aun asi Amelia no se sincero con ella. Un domingo, pocas semanas despues de su llegada, a la hora de la siesta, las dos estaban en la sala de estar mientras el resto de la familia descansaba. Ya sabes que agosto en Madrid es como estar en un horno, de manera que a primera hora de la tarde no hay nada mejor que hacer que dormitar. Yo me levante a por un vaso de agua y al pasar por delante de la sala oi que estaban hablando. Entonces era mas curioso que ahora, y me quede a escuchar.
– ?De verdad has dejado a Albert para siempre? -pregunto Laura.
– Si, es mejor para el, nunca le he querido lo suficiente. Bueno, quererle si, pero sin estar enamorada, o al menos no como el se merece.
– Es tan buena persona… ?Por que no te gustan los hombres buenos?
– ?Crees que me interesan los malvados? -pregunto Amelia sorprendida por la pregunta de su prima.
– No, no digo eso, pero… reconoceras que tu marido es una buena persona y que Albert tambien lo es, y sin embargo los has dejado plantados.
– Aunque me duela decirlo, tengo que reconocer que, en efecto, Santiago es un buen hombre, pero yo no estaba preparada para el matrimonio, y puede que tampoco lo estuviera el.
– ?Y que es lo que no te gusta de Albert?
– No es que tenga nada que me disguste, es que… como te lo explicaria… le quiero, si, pero no siento ninguna emocion cuando estoy con el.
