de los judios, como tu. ?Cerdas! ?Sois unas cerdas! -grito la guardiana mientras continuaba apaleandola.
Estaba amaneciendo cuando de nuevo las guardianas se presentaron ante las celdas para llevarse a las condenadas. Algunas lloraban y suplicaban, otras permanecian en silencio intentando concentrarse en aquellos ultimos minutos de vida en que solo podian despedirse de ellas mismas.
Ayudada por otras dos presas, Amelia se coloco delante del ventanuco de la puerta desde el que se veia el pasillo por donde caminaban las condenadas. Vio a Ewa caminar renqueando, con la mirada serena y desgranando las cuentas de un rosario de tela que se habia hecho con un trozo de su enagua. Encontraba fuerza en la oracion y sonrio a Amelia cuando paso delante de su puerta.
– Saldras de aqui, ya veras, reza por mi, yo cuidare de ti cuando llegue al cielo.
La guardiana empujo a Ewa con violencia.
– ?Callate, santurrona, y camina! ?Muy pronto tu amiga se reunira contigo! ?A ella tambien la ahorcaran!
Amelia intento decirle algo a Ewa, pero no pudo. Tenia los ojos anegados de lagrimas y fue incapaz de pronunciar una sola palabra.
Despues se dejo llevar por la desesperacion y se nego a comer aquel caldo negruzco donde abundaban los parasitos pero que las mantenia vivas.
Durante varios dias estuvo entre la vida y la muerte. Se habia rendido, ya no queria luchar.
Asi la encontro Max cuando fue a buscarla a Pawiak. Habia llegado a Varsovia ese mismo dia acompanado por su ayudante, el ya comandante Hans Henke, y con la garantia de Karl Kleist de que todos los papeles para la liberacion de Amelia habian sido firmados.
Acudio de inmediato a Pawiak, donde no parecieron demasiado impresionados porque un coronel del Ejercito mostrara tal preocupacion por aquella presa que habian recibido orden de liberar.
El director de la prision se mostro adusto con el, y le conmino a aguardar en su despacho a que subieran desde los sotanos a la reclusa.
– Se la puede llevar, aunque yo de usted tendria cuidado, esa chica esta mal de los pulmones y quien sabe lo que le puede contagiar. Yo en su caso me mantendria lejos de ella.
Max a duras penas logro contenerse. Sentia un desprecio instintivo por aquel hombre y solo ansiaba salir de alli cuanto antes llevandose a Amelia.
Cuando la vio no pudo contener una exclamacion de dolor.
– ?Dios mio, que te han hecho!
Le costaba reconocer a Amelia en aquella figura famelica que apenas podia tenerse de pie, con el cabello tan corto que se le veia la piel del craneo, vestida con ropa misera y sucia y la mirada perdida.
Entre Max y su ayudante Hans Henke cogieron a Amelia y, una vez firmados todos los papeles, salieron de Pawiak.
Los dos hombres estaban impresionados y casi no se atrevian a hablar con la mujer.
– Vamos al hotel, alli la examinare -dijo Max a su ayudante.
– Creo que deberiamos llevarla a un hospital, yo no soy medico como usted, pero veo que la senorita esta muy enferma.
– Si, lo esta, lo esta, pero prefiero llevarla al hotel, y una vez que la haya examinado decidire que hacer, no quiero volver a dejarla en manos extranas.
El comandante Henke no insistio. Conocia la testarudez de su superior y le habia visto sufrir durante aquel ano haciendo lo imposible por conseguir la liberacion de la joven espanola. Henke se preguntaba si aquella mujer volveria a recuperar algun dia parte de aquella sutil belleza ante cuya presencia era imposible permanecer indiferente.
Cuando llegaron al hotel se produjo una cierta conmocion al ver entrar a dos jefes de la Wehrmacht llevando en brazos a una mujer que parecia una mendiga apaleada. El director del hotel, que en ese momento se encontraba departiendo con un grupo de oficiales, se acerco hasta ellos.
– Coronel Von Schumann… esta mujer… en fin… no se como decirles que no me parece oportuno que la traigan a este hotel. Si quiere, le puedo decir donde llevarla.
– La senorita Garayoa se alojara en mi habitacion -respondio Max.
El director vacilo ante la mirada iracunda de aquel militar aristocrata que cargaba en sus brazos con aquella mujer que mas parecia una mendiga.
– Desde luego, desde luego…
– Envieme una camarera a la habitacion -ordeno Max.
Cuando llegaron a la estancia pidio a su ayudante que preparara el bano.
– Lo primero que hare sera banarla y desparasitarla, luego la examinare. Me parece que podria tener una mano rota, necesitare que se acerque hasta el hospital y me traiga todo lo necesario para vendarsela. Pero antes le agradeceria que se acercara a la tienda mas cercana y comprara algo de ropa para Amelia.
La camarera se presento de inmediato y no pudo evitar un gesto de repugnancia cuando Max le pidio que le ayudara a banar a Amelia.
– Le pagare su sueldo de todo un mes.
– Desde luego, senor -acepto la mujer, venciendo sus escrupulos.
Amelia mantenia los ojos cerrados. Apenas tenia fuerzas para hablar, para moverse. Creia escuchar la voz de Max, pero se decia a si misma que era un sueno, uno de aquellos suenos en los que la visitaba la gente a la que amaba: su hijo Javier, sus padres, su prima Laura, su hermana Antonietta… Si, tenia que ser un sueno. No parecia darse cuenta de que la introducian en el agua, ni que le frotaban con fuerza la cabeza que tanto le dolia, ni siquiera se dio cuenta cuando Max la saco de la banera ayudado por la camarera y la envolvio en una toalla. Luego la vistieron con un pijama de el, en el que Amelia parecia perdida.
– Gracias por su ayuda -le dijo Max a la camarera.
– Para servirle, senor -respondio mientras cogia apresuradamente el dinero que le daba el militar.
Max la ausculto, le puso el termometro y examino todo el cuerpo comprobando las huellas de las torturas sufridas. A duras penas lograba contener las lagrimas y la ira que le producia ver en aquel estado a la mujer que tanto amaba.
– Tiene tuberculosis -murmuro para sus adentros.
Cuando Hans Henke regreso con unas cuantas bolsas, encontro a Amelia durmiendo. Max le habia hecho tomar una taza de leche y un calmante.
– He comprado unas cuantas cosas, espero que sirvan, es la primera vez que compro ropa para una mujer. La verdad es que nunca he acompanado a mi esposa a hacer compras.
– Gracias, comandante, le estoy muy agradecido.
– ?Vamos, coronel, no tiene nada que agradecerme! Usted sabe cuanto le aprecio y que comparto su misma inquietud por Alemania. En cuanto a la senorita Garayoa, siempre he sentido simpatia por ella y me duele ver lo que le han hecho.
– Tiene tuberculosis.
– Entonces deberia llevarla a un hospital donde la cuiden.
– No, no quiero dejarla sola en un hospital, sin amigos, sin nadie que la cuide. Quien sabe lo que podria pasarle.
– Pero debemos volver a Rusia…
– Si, pero creo que podre conseguir unos cuantos dias mas de permiso. Usted regresara al frente, yo le seguire en cuanto pueda.
– ?Y si no se lo permiten?
– Ya se me ocurrira algo. Ahora le pido que se acerque a nuestro hospital y me traiga todo lo que he escrito en esta lista. Lo necesito para curarla.
Amelia tardo dos dias en despertar del letargo en el que estaba sumida, y cuando lo hizo se sorprendio al comprobar que, efectivamente, alli estaba Max.
– ?Como te encuentras? -le pregunto el, apretandole la mano.
– Entonces… es verdad… eres tu…
– ?Y quien creias que era? -respondio el riendo.
– Creia que estaba sonando.
Pese a que Max le insistia para que descansara, no le hizo caso porque ella necesitaba hablar, recobrar parte de lo que habia sido su vida. Hablaron durante horas.
