Pocos dias antes de Navidad se presento una extrana mujer en casa preguntando por Amelia. Fui yo quien le abrio la puerta.
– ?La senorita Amelia Garayoa?
– Si, es aqui- dije yo mirando asombrado a aquella mujer de cabello rubio encanecido, delgada y resuelta. El abrigo era de buen pano, y el collar de perlas relucia tanto como los botines de piel que calzaba. Me parecio que tenia un ligero acento extranjero, pero debio de ser una impresion.
– ?Quiere decirle que estoy aqui?, soy la senora Rodriguez.
Fui a avisar a Amelia. Ella parecio sorprenderse cuando le anuncie a la senora Rodriguez.
– ?Quien es? -quiso saber dona Elena.
– Una persona que conoci por Albert, creo que era amiga de sus padres -respondio Amelia.
Amelia condujo al salon a la senora Rodriguez y le ofrecio una infusion de malta que ella rechazo, luego se quedaron durante largo rato hablando en voz baja. Cuando la senora Rodriguez se fue, Amelia parecia preocupada. Pero no dijo nada y esquivo con vaguedades las preguntas de su tia; ni siquiera a su tio le quiso decir mas.
Recuerdo que aquella Navidad fue especial porque vinieron a pasarla con nosotros Melita, su marido y su hija, la pequena Isabel. Melita ya estaba muy avanzada en su embarazo y le habia dicho a su marido que tenia el antojo de pasar las Navidades en Madrid. El se habia resistido, no queria pasarlas lejos de su familia en Burgos, pero fuera porque Melita se puso enferma del disgusto o porque el temiera que le pasara algo al nino, el caso es que llegaron a Madrid el mismo dia 24 por la manana trayendo consigo un cesto en el que guardaban dos gallinas ya peladas, ademas de dos docenas de huevos, la consabida mantequilla y un buen pedazo de lomo de cerdo adobado, amen de pimientos, cebollas y perejil. Incluso trajeron dos botellas de vino.
Hacia tiempo que no pasabamos una Navidad tan alegre. Dona Elena y don Armando se sentian felices de tener a sus tres hijos con ellos, ademas de a sus dos sobrinas; en cuanto a mi, ya era uno mas de la familia. Mi madre, Lola, continuaba sin dar senales de vida, lo mismo que mi padre. Yo aun aguardaba a que un dia aparecieran, que vinieran a por mi, pero mientras tanto mi unico horizonte era el de aquella familia que tan generosamente me habia acogido.
El dia de Navidad nos levantamos tarde y desayunamos en pijama en la cocina, pese a las protestas de dona Elena, que nos decia que no debiamos sentarnos nunca a la mesa sin antes habernos aseado y vestido, pero don Armando intervino diciendo que por un dia no pasaba nada. No habiamos terminado de desayunar cuando Melita comenzo a sentirse mal.
Entre don Armando y Rodrigo la llevaron de nuevo a la cama, y dona Elena llamo al medico de la familia.
– Te habra sentado algo mal, quiza cenaste demasiado -le dijo Rodrigo.
Ninguno pensabamos que pudiese ser otra cosa que una indigestion puesto que aun le faltaban un par de meses para cumplir con el embarazo. Pero Melita se quejaba y aseguraba que tenia contracciones.
– Os digo que estoy de parto, me acuerdo muy bien de como fue cuando nacio Isabel.
– Que no, mujer, calmate -le insistio su marido.
Don Eusebio, el medico, no tardo en llegar con aspecto somnoliento. Nos echo a todos de la habitacion, salvo a dona Elena.
Cuando don Eusebio salio del cuarto, no dejo lugar a dudas:
– Melita esta de parto, imposible trasladarla a ningun hospital, no llegariamos. A ver, Laura, pon agua a calentar, y tu, Amelia, trae unas toallas y algo de ropa blanca.
Rodrigo se puso palido, temeroso de que le sucediese algo a Melita.
– Doctor, ?esta usted seguro de que no llegamos a un hospital? No vaya a ser que el parto se complique…
– Claro que es un parto complicado, el nino es sietemesino, asi que pongase a rezar, es lo mejor que puede hacer. ?Ah!, y llame a este numero, que es el de una comadrona que conozco; una buena mujer y puede que este dispuesta a venir a ayudarme.
Rodrigo telefoneo de inmediato a la comadrona y le prometio una buena paga si venia a ayudar en el parto.
Antonietta nos dijo que todos debiamos ayudar a Melita, y que en el caso de Jesus y mio el mejor servicio que podiamos hacer era el de estar quietos y no alborotar.
La matrona tardo casi una hora en llegar, hasta entonces Melita no habia dejado de gritar. Cuando la mujer llego, el medico mando salir de la habitacion a Amelia y a Laura.
Recuerdo a Rodrigo llorando en silencio. Se habia sentado en la sala de estar fumando un cigarro tras otro mientras las lagrimas le empapaban el rostro.
– Pues si que la quiere -me dijo Jesus asombrado. Nunca antes habia visto llorar a un hombre.
– ?Como no ha de quererla si es su mujer? -respondi yo.
– ?Pobrecita! -murmuro Rodrigo, lamentandose de haber accedido a su deseo de viajar a Madrid estando embarazada de siete meses.
El nino no nacio hasta bien entrada la tarde, y gracias a Dios, pese a las complicaciones del parto, tanto el como Melita superaron el trance.
– Ha perdido mucha sangre y esta muy debil, pero es una muchacha fuerte y se recuperara. Su hijo es muy pequeno, dadas las circunstancias, pero espero que salga adelante -le dijo don Eusebio a Rodrigo, que no sabia como agradecerle que hubiera salvado a su mujer y a su hijo.
– Estare siempre en deuda con usted. Digame que le debo, no importa cuanto, lo que sea, despues de lo que ha hecho usted…
– Joven, hay cosas que no se hacen por dinero. ?Sabe cuanto hace que conozco a Melita? Pues desde que era poco mayor que su hija Isabel. No estoy aqui por dinero, sino por amistad con la familia, solo por eso.
Aun asi, al igual que lo hizo la comadrona, acepto la generosa dadiva de Rodrigo.
– Tiene que descansar una buena temporada. En cuanto al nino, necesitara muchos cuidados habida cuenta de que es prematuro y de que corre algunos peligros -advirtio don Eusebio.
– Los llevare de inmediato al hospital -afirmo Rodrigo.
– No, no, ni se le ocurra moverlos de casa. Lo mejor es que se queden aqui. Hagame caso. Yo volvere esta noche a verles, y si me necesitan, no duden en llamarme.
– Contratare a una enfermera. ?Puede usted recomendarme a alguien?
– Si, a dona Elena, es quien mejor puede cuidar de Melita, nadie mejor que su madre.
Dona Elena permitio a Rodrigo entrar en la habitacion durante unos minutos advirtiendole de que no debia fatigar a Melita.
– Y sobre todo nada de reproches. La pobrecita cree que estaras enfadado por haber venido a Madrid cediendo a sus suplicas.
– ?Como voy a reprocharle nada! Doy gracias a Dios porque este viva.
Melita le pidio a Rodrigo que permitiera ponerle al nino el nombre de Juan.
– Quiero que se llame como mi tio.
El acepto sin resistencias. Estaba demasiado asustado para negarle nada.
A mediados de enero Rodrigo tuvo que regresar a Burgos, dejandonos en casa a Melita, quien aun guardaba cama. Don Eusebio no le hubiera permitido viajar, y mucho menos al nino, al que todos llamabamos Juanito.
Dona Elena se sentia feliz de tener a Melita y a sus dos nietos. No estaba dispuesta a dejarles ir hasta estar segura de que tanto su hija como su nieto estuvieran en perfecto estado. Don Eusebio bromeaba diciendo que seria dona Elena la que decidiria cuando les daba el alta, aunque el recomendaba que al menos se quedaran en Madrid hasta el verano.
Rodrigo aceptaba sin protestar cuanto le decian. Se sentia agradecido por tener a Melita y a su hijo vivos, de manera que decidio venirse a Madrid todas las semanas a verles. El sabado a primera hora cogia el tren desde Burgos y regresaba el domingo. Solo podia estar unas horas con su mujer y sus hijos, pero mejor eso que nada.
A Melita tampoco parecio importarle quedarse al abrigo de su familia. No es que no fuera feliz en Burgos, donde tenia una buena casa y la familia de su marido la apreciaba sinceramente, pero Melita extranaba a sus padres y a su hermano Jesus, que siempre habia sido su favorito, aunque tambien queria mucho a su hermana Laura. Pero Laura siempre habia hecho mejores migas con su prima Amelia, y Melita respetaba la complicidad que habia entre ellas.
Don Armando, por su parte, mimaba cuanto podia a sus dos nietos. Isabel era una nina muy carinosa siempre
