La familia seguia viviendo pendiente de la radio. Todas las noches despues de la cena nos sentabamos en la sala a escuchar las noticias. Seguimos con atencion el derrocamiento de Mussolini y su posterior liberacion por un comando aleman y la proclamacion de la Republica Social Fascista de Salo, un ente politico fantasma creado por el Duce en el norte de Italia alrededor de unos pocos fascistas fanaticos.
El otono del ano 1943 se instalo en nuestras vidas sin que pareciera capaz de cambiar nuestra rutina.
Una tarde de finales del mes de octubre en la que yo me habia quedado en casa por culpa de un resfriado llamo a la puerta un visitante inesperado.
Amelia, Laura y Antonietta habian acompanado a dona Elena a hacer una visita a casa de una amiga, y Jesus se habia ido a buscar a su padre al despacho donde trabajaba para acompanarle de regreso a casa. Asi que, salvo Edurne y yo, no habia nadie mas en la casa.
Yo dormitaba en mi habitacion y Edurne cosia en la cocina cuando escuchamos el timbre.
Edurne abrio la puerta y solto un grito que me desperto. Sali de inmediato de mi habitacion y me quede sin habla al encontrar en el vestibulo a un aleman vestido de uniforme: alto, rubio, de ojos azules, bien parecido. Tenia una cicatriz en forma de media luna que le cruzaba desde la ceja derecha hasta la nariz.
– Quisiera ver a la senorita Garayoa.
– ?Cual de ellas? -pregunto Edurne con un hilo de voz.
– La senorita Amelia Garayoa, soy… soy un viejo amigo suyo.
– Lo siento, pero en este momento no esta en casa. ?Quiere dejar su tarjeta?
– Preferiria esperarla. ?Cree que tardara mucho?
– No lo se -respondio secamente Edurne, que empezaba a encontrar fuerzas para hablar con aquel hombre cuyo uniforme la intimidaba.
– Lo mismo tarda en volver -intervine yo, asustado, pensando que aquel hombre lo mismo pretendia hacer algo malo a Amelia.
El oficial aleman se volvio hacia mi mirandome con simpatia.
– ?Eres su primo Jesus o eres Pablo? Tienes que ser uno de los dos.
Me quede petrificado. Aquel oficial sabia de nuestra existencia. Y de repente pense que nos iba a detener a todos. Me quede callado, sin responder, cuando oimos girar la llave de la puerta y la voz de dona Elena. Cuando entro seguida por Laura, Antonietta y Amelia, dona Elena dio un grito asustada al ver al militar aleman.
– Pero ?quien es usted? -pregunto dona Elena.
– Siento molestarla, busco a la senorita Amelia Garayoa…
No continuo al distinguir a Amelia: ambos se miraron a los ojos con emocion, y sin mediar palabra se abrazaron. A dona Elena casi le dio un sincope, y tuvo que ser atendida por Laura y Antonietta, que la llevaron de inmediato a la sala de estar.
Yo seguia observando al oficial y a Amelia fascinado por la escena. Amelia lloraba, y el a duras penas podia contener las lagrimas. De repente Amelia parecio reaccionar.
– Ven, te presentare a mi familia.
– Quiza no ha sido buena idea presentarme de improviso… creo que se han llevado un buen susto.
Amelia le cogio de la mano y lo llevo a la sala de estar, donde dona Elena se recuperaba bebiendo un vaso de agua.
– Tia, quiero presentarte al baron Von Schumann, un viejo amigo muy querido por mi.
El oficial se cuadro ante dona Elena, inclinandose para besarle la mano, lo que sirvio para disipar algunos temores de la mujer, incapaz de permanecer insensible ante cualquier demostracion de buenos modales.
Laura y Amelia intercambiaron una mirada complice que no nos paso inadvertida a ninguno de los que estabamos alli.
Dona Elena le invito a sentarse a la espera que de Amelia explicara mas detalladamente quien era aquel oficial. En aquella casa todos odiabamos a los alemanes, queriamos que perdieran la guerra, y mas que nadie Amelia, quien defendia que si asi fuera, Inglaterra y las potencias aliadas nos librarian de Franco. De manera que dificilmente podiamos aceptar de buen grado a un oficial aleman que para todos nosotros representaba el lado mas oscuro de la contienda. Era el enemigo y lo teniamos sentado en la sala de estar.
Pero Amelia no parecia dispuesta a decirnos ni una palabra de mas sobre quien era aquel hombre. Reitero que era un viejo amigo al que habia conocido anos atras. Todos nos preguntabamos que donde, pero nadie dijo nada. Hablamos de generalidades y a ninguno se nos ocurrio mencionar la guerra. Explico que era la tercera ocasion que visitaba Madrid, que anos atras habia viajado por Espana con su padre, mencionando visitas a Barcelona, Bilbao y Sevilla. Dona Elena respondio que teniamos un otono muy frio y lluvioso, pero que aun en invierno salia el sol en Madrid. Poco despues, el pregunto cortesmente si en esas fechas habia corridas de toros, a lo que respondimos que no, y dona Elena aprovecho para mostrarse contraria a la fiesta.
– No soporto que se derrame sangre innecesariamente.
Esta afirmacion origino que Laura interviniera a favor de la fiesta reprochandole a su madre que no entendiera la grandeza de la lucha entre el torero y el toro. Y asi, entre trivialidades, transcurrio cerca de media hora, tiempo en que llegaron don Armando y Jesus.
En el rostro de don Armando el estupor y la preocupacion se reflejaron a partes iguales.
Amelia los presento sin dar mas detalles sobre su amistad con el aleman, y nos sorprendio a todos al decir que saldria con el a dar un paseo.
– Es un poco tarde, hija -le reprocho don Armando, muy serio.
– No tardare mucho, tio, es que el baron no conoce muy bien Madrid, le acompanare hasta su hotel, se aloja en el Ritz, de manera que regresare pronto.
– Quiza seria mejor que fueran con el Jesus y Pablo.
– No, no, de ninguna manera. Ademas, tenemos que hablar, hace mucho que no nos vemos.
Don Armando sabia que Amelia estaba dispuesta a acompanar al aleman con o sin su consentimiento, de manera que prefirio no enfrentarse en aquel momento con su sobrina.
– Esta bien, pero no tardes.
Nos despedimos del oficial aleman, al que nunca mas volvimos a ver.
Amelia regreso dos horas mas tarde y toda la familia la esperaba en la sala de estar.
– Bien, hija, cuentanos, ?quien es ese hombre? -pregunto don Armando.
– Le conoci hace muchos anos cuando yo aun vivia con Pierre. Luego le volvi a encontrar en Berlin cuando trabaje como ayudante de Albert James. Fuimos a Berlin a hacer unos reportajes y alli coincidi con el por casualidad.
– ?Y no le habias vuelto a ver? -quiso saber dona Elena.
– Si, nos hemos cruzado en alguna que otra ocasion.
– Es un nazi -sentencio don Armando, sin ocultar su disgusto.
– No, no lo es. Es un aleman que se ha visto atrapado en la guerra, como aqui tantos hombres se vieron atrapados en uno u otro bando.
– Es un nazi -repitio don Armando.
– No tio, no lo es. Te aseguro que es una gran persona a la que debo mucho.
– ?Que le debes Amelia?
– Permiteme, tio, que no te lo diga. Hay cosas de las que no quiero hablar. Lo siento. No puedo hacerlo.
– Los nazis arruinaron a tu padre, ?es que lo has olvidado? Y tu misma nos has contado que cuando estuviste en Berlin te fue imposible averiguar que habia sido de herr Itzhak y su familia.
– ?Como puedes decirme esto! -Amelia parecia a punto de llorar.
– ?Porque no puedo comprender que tengas amistad con un hombre que viste ese uniforme y que seas capaz de olvidar lo que tu padre sufrio a causa de los nazis! Ademas, ?te parece poco lo que estan haciendo en la guerra? No, Amelia, no puedo aceptar a un oficial nazi en nuestra casa. Es algo que no voy a tolerar. Por la memoria de mi hermano y por nuestra propia dignidad.
Nunca habiamos visto a don Armando tan serio, tan firme. Nos quedamos todos callados sin saber que hacer ni que decir. Amelia se tapo la cara con las manos.
– Piensa en lo que te acabo de decir, hija, pero ten claro que no consentire que ese hombre vuelva a poner los
