Con puntualidad britanica, le telefonee al dia siguiente.

– Efectivamente, a finales del cuarenta y dos, y posteriormente en el cuarenta y tres, el Servicio de Inteligencia se puso en contacto con su bisabuela en Madrid. No era la primera vez que lo hacia, pero ella no parecia querer volver a saber nada ni de la guerra ni del espionaje, y asi se lo hizo saber a la senora Rodriguez.

»Despues de haber logrado salvar la vida en Polonia, habia mandado un extenso informe a lord Paul James en el que le contaba todo lo sucedido y, al final, le indicaba que no contaran mas con ella. Lord James no era de los que admitian una negativa a sus planes, de manera que no se dio por vencido: sabia que solo era cuestion de esperar una ocasion propicia para que Amelia volviera a colaborar. Y esa ocasion llego precisamente en Roma, donde tanto ella como el coronel Von Schumann iban a llevarse una sorpresa desagradable.

– ?Ah, si? ?Y que es lo que paso?

– La senora Rodriguez se habia puesto en contacto con Amelia Garayoa para informarle de que su amiga Carla Alessandrini estaba colaborando con los servicios secretos aliados y que tenia algunas dificultades. No, no voy a contarle nada mas. Ya le dije que esta tarde salgo de viaje y tengo mucho que hacer. Llameme dentro de una semana y entonces le atendere con mucho gusto.

Fui inutil insistir. El mayor Hurley se mostro irreductible. Habiamos quedado que nos volveriamos a ver al cabo de unos dias, asi que mientras podia pasar ese tiempo de espera en Roma indagando junto a Francesca. El plan se me antojaba perfecto.

8

Me fui a Roma sin avisar a Francesca, dando por sentado que se alegraria al verme. La llame nada mas llegar al hotel.

– ?Cara!, estoy en Roma! ?Que te parece si te invito a cenar esta noche?

– Pero, bueno, ?se puede saber que haces aqui?

– He venido a verte… bueno, y a que me ayudes con la investigacion sobre mi bisabuela. Ya te contare esta noche. Al parecer Amelia Garayoa vino a Roma en el otono de 1943 a encontrarse con tu diva, con Carla Alessandrini. Seguro que me puedes echar una mano. Pero ya hablaremos de los detalles durante la cena. ?Te apetece que vayamos al Il Bolognese?

– Lo siento, Guillermo, pero no puedo cenar contigo, tengo un compromiso.

– ?Vaya, si que es mala suerte! Bueno, ?almorzamos manana?

– No… tampoco puedo. Mejor que me expliques que es lo que buscas para ponerme con ello, y si encuentro algo te llamo, ?donde te alojas?

– Muy cerca de tu casa, en el hotel d'Inghilterra. Lo que quiero saber es si Amelia estuvo con Carla aqui, en Roma, en el invierno del cuarenta y tres.

– Te llamare -y colgo el telefono.

Me lleve un buen chasco. La verdad es que no contaba con aquella manifestacion de indiferencia por parte de Francesca. Estaba seguro de que habiamos congeniado y, sobre todo, de que lo habiamos pasado bien en las dos ocasiones en que nos habiamos visto; y de repente se mostraba esquiva, incluso antipatica. Estaba desconcertado.

Durante dos dias me dedique a vagabundear por Roma, decidido a no llamarla. Queria que se enterara de que no pensaba seguirla como un perro faldero. Pero termine poniendome nervioso y al tercer dia decidi que no podia seguir perdiendo el tiempo.

– Francesca, cara, ?te has olvidado de mi? -le dije con mi mejor tono de voz.

– ?Ah, eres tu! Precisamente pensaba llamarte para que vinieras a cenar esta noche a casa.

– ?Estupendo! No imaginas las ganas que tengo de verte. Yo llevare el vino, ?te parece bien?

– Si, trae lo que quieras. Ven a las nueve.

?Menudo peso me quite de encima! No es que Francesca hubiera estado carinosa, pero al menos me invitaba a cenar a su precioso atico, de manera que no me podia quejar. Me convenci de que seguramente estaba pasando por algun bache profesional y la preocupacion hacia que no estuviera de tan buen humor como en las ocasiones anteriores. Nada mejor que una buena cena y un buen vino para arreglar las cosas.

Sali de inmediato del hotel en busca de una vinoteca donde adquirir una botella del mejor barolo. Tan animado estaba que decidi llevar tambien un pastel de postre.

Cuando llegue a casa de Francesca, la encontre un poco distante. Me abrio la puerta y apenas me permitio que le diera un beso en la mejilla.

– No sabes cuantas ganas tenia de verte -le dije con mi voz mas seductora.

– Pasa y sientate, asi puedo ir explicandote algunas cosas antes de cenar.

– Bueno, no tenemos prisa.

– Depende de para que.

– Si quieres, primero podemos cenar y luego hablamos -le propuse yo.

– No, tenemos que esperar a Paolo; hasta que el no venga no podemos cenar.

– ?Paolo? ?Quien es Paolo?

– ?No te lo he dicho?

– Pues no -respondi mosqueado.

– ?Que raro! Juraria que te dije que venia Paolo.

– Bueno, pero ?quien es Paolo? -insisti.

– Paolo Plattini es una autoridad en todo lo referente a la Segunda Guerra Mundial en Italia. No hay nada que el no sepa. Lleva anos trabajando con archivos y documentos clasificados. No imaginas cuanto me esta ayudando. Y a ti tambien. Porque si no fuera por el, dificilmente podrias saber lo que vas a saber sobre la estancia de Amelia en Roma a finales de 1943.

Sono el timbre y Paolo entro directamente en el apartamento de Francesca.

– ?Hola a todos! -dijo mientras se acercaba a Francesca y le daba un beso en los labios. Luego me tendio la mano con la mejor de sus sonrisas.

Nada mas verle, me dije a mi mismo que no seria yo quien aquella madrugada viera amanecer contemplando la piazza di Spagna.

Para mi desgracia, Paolo Plattini resulto ser un tipo encantador. Uno de esos romanos extrovertidos con gran capacidad de comunicacion, lo que le convertia de inmediato en el centro de atencion. Era demasiado listo y atractivo como para competir con el, y ademas tenia esa edad madura que a muchas mujeres les hace perder la cabeza. Me rendi al instante diciendo mentalmente adios a Francesca.

– No se si lo sabe, pero hay un libro de memorias de un partisano que se edito a los pocos anos de terminar la guerra en el que trata sobre su bisabuela. En realidad es la fuente de informacion mas fiable y directa sobre las peripecias de Amelia Garayoa en Italia, porque se trata de una persona que la conocio y tuvo una relacion estrecha con ella. Se llamaba Mateo Marchetti y era el profesor de canto de Carla Alessandrini, un viejo comunista al que la diva reverenciaba.

– No tenia ni idea de que existiera ese libro -respondi, interesado.

– No es de extranar, fue una edicion muy reducida, vamos, que no se editaron mas de dos mil ejemplares. En realidad fue un favor que el dueno de una pequena editorial, comunista tambien, le hizo a Marchetti. El libro paso sin pena ni gloria, pero tiene cierto valor historico. En realidad yo me acorde de este librito cuando Francesca me dijo que le costaba encontrar documentacion sobre Carla Alessandrini durante la guerra. ?Puede usted leer en italiano? -me dijo al tiempo que me entregaba un viejo libro editado en rustica.

– Puedo intentarlo.

– Bien, creo que le servira. En cualquier caso, si quiere grabar o si toma notas, creo que puedo reconstruir con bastante fidelidad algunas de las cosas que hizo su bisabuela cuando llego a Roma en el invierno de 1943.

Paolo empezo a hablar y he de confesar que no abri la boca hasta que termino.

«Amelia llego a Roma acompanada por un coronel del Ejercito aleman, el baron Von Schumann, a quien Carla habia conocido anos atras en Berlin. Segun cuenta Marchetti, Von Schumann no era partidario de Hitler, pero, como buen prusiano, obedecia ordenes sin rechistar.

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