pies en esta casa.
Amelia miro fijamente a su tio antes de responder.
– Y sin embargo aceptas a Franco, no mueves un dedo contra el nuevo regimen.
– ?Amelia! -Laura se habia levantado de un salto de la silla plantandose ante su prima y conteniendo la ira.
– Es la verdad, todos nos hemos plegado a Franco, ninguno hacemos nada, ?Creeis que es mejor que Mussolini o que Hitler? Pues yo no lo creo, y sin embargo aqui estamos, sin mover un dedo.
– Hemos perdido la guerra, Amelia, pero no la dignidad -dijo en voz casi inaudible don Armando.
– ?Que pretendes que hagamos? ?No hemos pagado ya con creces? -dijo Laura.
– ?Por que juzgais a Max si no sabeis nada de el? -protesto Amelia.
– Porque pudiendo elegir bando, ha elegido luchar para Hitler -respondio Laura con dureza.
– Es un soldado, no puede elegir -protesto Amelia.
– Si, Amelia, si puede hacerlo, aqui lo hicieron muchos soldados, aunque luego perdieramos -sentencio su tio.
– No podeis comprender… no sabeis… lo siento, pero no sois capaces de ver lo que esta pasando.
– Si, claro que lo vemos, eres tu la que necesita autoenganarse por lo que significa para ti ese hombre -afirmo Laura sin piedad.
Las dos primas se miraron conteniendo las lagrimas. Era la primera vez en su vida que discutian, que se enfrentaban.
Nos quedamos en silencio. Dona Elena rompio la tension mandandonos a la cama.
– Manana tenemos que madrugar, dejemos las cosas desagradables para hablarlas a la luz del dia, siempre es mejor que hacerlo por la noche. En la noche solo hay oscuridad.
Nos fuimos a la cama, pero yo no tarde en levantarme; estaba convencido de que Amelia y Laura estarian hablando. Y asi fue. Estaban en el salon, y mas que hablar, susurraban. Me quede muy quieto en la puerta, escuchando.
– ?Que cosas me has dicho, Laura! Precisamente tu…
– Pero, Amelia, ?por que no me quieres decir ni siquiera a mi lo que te une a ese hombre?
– Por tu bien, Laura, no te lo digo por tu bien. Hay cosas que es mejor que no sepais por ahora, algun dia te las contare, te lo juro, pero tienes que confiar en mi.
– Me he dado un buen susto al entrar en casa y ver a un nazi. Por un momento he pensado que nos iban a detener.
– ?Pobre Max!
– ?Que significa para ti?
– Ya te lo dije, es una persona muy importante, tanto como para haberme distanciado de Albert James. Si no hubiera conocido a Max seguramente seguiria con el.
– ?No puedo creer que estes enamorada de un nazi!
– No es un nazi, Laura, te juro que no lo es. No tiene mas remedio que luchar con su Ejercito; es un oficial, un aristocrata, no podia desertar.
– Es mejor ser un desertor que luchar por Hitler.
– El no lucha por Hitler.
– Si, si que lo hace, no te enganes, Amelia. Dime, ?que quiere, a que ha venido?
– Esta aqui por un asunto oficial y se le ha ocurrido venir a verme.
– No me enganes, Amelia, se que no me dices la verdad.
– Entonces no me preguntes, Laura, no me preguntes hasta que no te pueda contar toda la verdad.
Oi que se movian y me dirigi deprisa a mi habitacion. Si Amelia no se sinceraba con Laura, dificilmente lo haria con los demas, de manera que me dije que nunca sabriamos quien era aquel hombre. Y asi ha sido, nunca lo hemos sabido, o al menos yo nunca lo he sabido. Puede que dona Laura lo sepa, no lo se, no se lo he preguntado.
Amelia y el oficial aleman continuaron viendose. El acudia a buscarla a la merceria de dona Rosa y la llevaba a almorzar, luego ella le ensenaba sus rincones preferidos de Madrid. Incluso un domingo fueron al Escorial. Pero nunca mas volvio a subir a nuestra casa, ni Amelia hizo comentario alguno sobre el. Don Armando preferia ignorar el ir y venir de Amelia y solo dona Elena se atrevio un dia a preguntarle por el.
– Hija, deja que te de un consejo: no te enamores de ese hombre, que solo puede traerte problemas; bastantes has tenido ya. Albert James era una buena persona, no se por que no continuas con el. Era un caballero. Es una pena que no os podais casar, pero aun asi… si tienes que estar con un hombre, que sea con alguien que merezca la pena.
Al cabo de unos dias, una noche, a la hora de la cena, Amelia nos comunico que se iba.
– Pero ?adonde? -pregunto preocupado don Armando.
– A Roma, he decidido aceptar la invitacion de mi amiga Carla Alessandrini. Ya os he hablado de ella, y como bien sabeis nos escribimos con frecuencia. Insiste en sus cartas para que vaya a verla, y ahora tengo la oportunidad.
– ?Oportunidad? Pero asi, tan de repente… ?Y tu trabajo? -quiso saber dona Elena.
– He hablado con dona Rosa y me ha asegurado que no le importa que me tome unas pequenas vacaciones, no estare fuera mas de un mes.
– ?Te vas con ese hombre, Amelia? -le pregunto directamente don Armando.
– Tio…
– Aun no estas bien; has mejorado, si, pero estas tan delgada… No deberias irte, Amelia. Me dijiste que nunca mas lo harias, que te ibas a quedar con la familia para siempre.
– No me voy, tio, es solamente un viaje que no durara mucho, confia en mi. Carla me insiste tanto en sus cartas, me dice que me necesita y no imaginais lo buena y generosa que ha sido conmigo.
– Amelia, no me parece bien que te vayas con ese hombre, es un oficial nazi -le corto don Armando.
– ?Por Dios, tio, no hables asi! Max es un amigo muy querido, que tambien conoce a Carla, y estos dias hemos hablado de ella. Puesto que el tiene que ir a Roma, se ha ofrecido a hacerme compania durante el viaje. Ire con el hasta Roma, si, pero me alojare en casa de Carla Alessandrini, te lo prometo. No debes preocuparte.
– Italia esta en guerra, no es el mejor lugar para unas vacaciones.
– No me pasara nada, voy con Max y alli esta Carla.
– No me convences, Amelia, no me convences. Solamente se que desde que se ha presentado ese oficial no pareces la misma. No entiendo como te dejas embarcar en esa aventura para ir a Italia. Quiero confiar en ti, Amelia, te debo mucho, pero me asustas.
– Confia en mi, no voy a hacer nada malo, te lo aseguro. Seran solo unos dias, cuando te quieras dar cuenta, ya estare aqui para pasar las Navidades. Por nada del mundo querria estar fuera de casa en esas fechas.
Edurne, mientras ayudaba a Amelia a hacer las maletas, tambien le reprocho el viaje anunciado.
– ?Como puedes dejar otra vez a Antonietta? ?Es que no te das cuenta de lo que sufre tu hermana? No es bueno que los hermanos esten separados.
– ?Cuanto hace que tu no ves a Aitor? -replico Amelia.
– Mucho, anos.
– Y es tu hermano y le quieres, ?verdad?
– Si, y me duele no verle. Ya tiene tres ninos. Ya ves, tengo sobrinos a los que no conozco. Mi madre sufre por el -respondio Edurne.
– Mi querida Amaya… cuanto la echo de menos -respondio Amelia.
– A mi hermano le ha perdido la politica, y a ti tambien. Menos mal que se caso con esa chica de Biarritz. Es una desgracia que tenga que vivir alli por la politica. ?Maldita politica!
– ?Vaya, te creia una buena comunista!
– Eso era antes de la guerra… despues de lo que ha pasado y de todas las desgracias que hemos vivido, ?crees que todavia me quedan ganas de politica? Solo quiero vivir en paz, en eso coincido con tu tia.
– Entonces, ?ya no eres comunista…? -bromeo Amelia.
– ?Pero que voy a ser! Ni tu ni yo sabiamos que era eso, eramos muy jovenes y nos entusiasmamos… entre
