Lola, Pierre, Josep Soler, y toda aquella gente que parecia tan resuelta, tan apasionada, nos embaucaron… iban a cambiar el mundo… ?y vaya lo que ha pasado!

– Lo que ha pasado es que los fascistas han ganado la guerra, pero eso no les da la razon.

– Ni a nosotros tampoco. No, ya no soy comunista y no creo que tu todavia lo sigas siendo.

El dia en que Amelia se marcho fue muy triste. Dona Elena hasta sufrio un desmayo y hubo que darle Agua del Carmen, Antonietta no dejaba de hipar, Laura lloraba a moco tendido, y Jesus y yo nos contagiamos de tanta emocion y tambien acabamos llorando. Solo don Armando fue capaz de contener las lagrimas.

– Amelia, escribenos, por favor, dame tu palabra de que lo haras.

– Te doy mi palabra, tio, os escribire y regresare pronto.

Amelia se nego a que la acompanaramos hasta el portal. Dijo que la venian a buscar, pero nosotros sabiamos que la esperaba el oficial aleman. Nos asomamos a uno de los balcones y lo vimos llegar en un coche negro del que se bajo para ayudar a Amelia con la maleta. Antes de meterse en el coche ella miro hacia arriba y agito la mano sonriendonos. Estaba feliz y eso es lo que mas nos desconcertaba, pero era asi. No volvimos a verla en mucho tiempo…»-Bien -concluyo el profesor Soler-, esto es todo, al menos todo lo que le puedo contar de lo que sucedio entre la primavera de 1942 y el otono de 1943, un ano largo en el que Amelia estuvo con nosotros.

El profesor se restrego los ojos con el dorso de la mano. Parecia cansado. A mi me asombraba su prodigiosa memoria y mas aun la capacidad para contar las cosas de manera que no solo las revivia el sino que tambien hacia que yo las sintiera como propias. Le insisti en que me dijera si Amelia habia vuelto y cuando, pero no quiso contarme nada mas.

– Vamos, Guillermo, sabe que no voy a contarle mas. Al menos por ahora. Es usted quien tiene que ir rellenando los huecos vacios. Habiamos quedado en que no daria saltos en el tiempo. Para que su investigacion tenga sentido debe ir paso a paso; si da saltos hacia delante, podria confundirse e incluso considerar que no merece la pena volver atras, y no es eso lo que quieren las senoras Garayoa.

– Ya, pero ?donde busco ahora? -pregunte preocupado.

– No se, ?quiza en Roma? Amelia nos dijo que se iba a Roma. Puede ir a ver a Francesca Venezziani. Si Amelia, tal y como nos dijo, estuvo con Carla Alessandrini en aquellas fechas, entonces Francesca debe de saberlo, ?no cree?

– Vera, a veces pienso que usted sabe mas de lo que parece sobre Amelia pero por alguna razon que se me escapa no quiere tirar del hilo.

La risa del profesor Soler me desconcerto, pero me reafirmo en mi intuicion.

– No sea tan desconfiado, ?no le estoy ayudando cuanto puedo?

– Y le estoy muy agradecido; solo, sin usted, no habria dado ni un paso.

– Si, si que los habria dado, pero con mayor dificultad; no se subestime, tengo la mejor opinion de usted.

– ?Uf! Eso si que es una responsabilidad.

– ?Y que hay de su trabajo? ?Continua escribiendo todavia en ese periodico de internet para el que me hizo aquella entrevista?

– Me despidieron. Mi unico trabajo es esta investigacion; menos mal que las senoras Garayoa son generosas con los honorarios, de lo contrario, hace tiempo que me habrian desahuciado de mi apartamento. Y mi madre casi no me habla, cree que estoy perdiendo el tiempo.

– Y tiene razon.

– ?Como! ?De manera que usted cree que estoy perdiendo el tiempo?

– Vera, esta ganando tiempo para la familia Garayoa, y su trabajo en este sentido es valiosisimo para las senoras; pero en lo que se refiere a usted, esto no le va a aportar nada a su profesion, al reves, le esta distrayendo.

– Vaya, profesor, me sorprende su ecuanimidad.

– Si usted fuera mi hijo, yo estaria igual de enfadado como lo esta su madre. No le dire que se de prisa en terminar este trabajo porque es imposible saber cuanto tiempo mas le llevara, pero si que deberia pensar que va hacer cuando termine.

– Tengo un defecto gravisimo para el ejercicio de mi profesion.

– ?Que defecto es ese? -pregunto el profesor Soler.

– Pues que creo que el periodismo es un servicio publico donde debe primar la verdad y no los intereses de los politicos, de los empresarios, de los banqueros, de los sindicatos o del que me paga.

– Pues tiene usted un problema.

– Y no imagina de que tamano.

Cuando me despedi del profesor Soler iba pensando en Francesca Venezziani. La verdad es que me alegraba la idea de volver a verla, aquellas cenas en su atico a las que me invitaba era divertidas. Claro que mi madre se enfureceria cuando le dijera que de nuevo me marchaba de viaje. Quiza tendria que sentarme con ella y contarle algo de lo que iba averiguando de nuestra antepasada, puede que asi me perdonara. Tan pronto como lo pense me arrepenti. No era etico darle una informacion que ni siquiera a mi me pertenecia. Pero algo debia decir a mi madre para convencerla de que confiara en mi. El problema era que no se me ocurria que podia ser.

Tuve suerte porque nada mas llegar al aeropuerto del Prat encontre un avion del puente aereo que estaba a punto de volar hacia Madrid. Cuando llegue me fui directamente a casa de mi madre.

– ?Sorpresa! -dije cuando me abrio la puerta.

– ?Es que no te he ensenado que no debes presentarte en ninguna casa sin avisar? -me contesto a modo de saludo.

– Si, pero no sabia que tenia restringido venir a darte un beso en cualquier momento -le dije mientras la abrazaba, intentando vencer su malhumor.

Mi madre cedio y me invito a cenar, y para sorpresa mia discutimos menos de lo previsto, no se si porque estaba cansada o sencillamente porque estaba asumiendo que era mejor dejarme por imposible.

Al dia siguiente, antes de irme a Roma decidi telefonear al mayor William Hurley, el muy ilustre archivero del Ejercito britanico. Queria que el me aclarara algo de lo que habia explicado el profesor Soler: me intrigaban aquellas dos misteriosas visitas de la senora Rodriguez. Yo conocia algo que creo que ignoraba el profesor Soler: que aquella mujer en realidad era una agente de la Inteligencia britanica. Necesitaba saber si en las dos ocasiones en las que habia visitado a Amelia era por cuestiones de «trabajo».

Al mayor Hurley no le hizo ni pizca de gracia que le llamara tan pronto. Pensaba que despues de haberme contado todas las peripecias de Amelia en Varsovia se libraria de mi una buena temporada, pero alli estaba yo tan solo una semana despues Hernando a su puerta, o mejor dicho, a su telefono.

El mayor me quiso dar largas: estaba muy ocupado con un campeonato de bolos organizado por los veteranos de su antigua unidad y no tenia tiempo para explicarme por que la senora Rodriguez visito a Amelia en Madrid.

– Es usted muy impaciente ?no puede aguardar tan siquiera una semana?

– No sabe cuanto siento distraerle de su campeonato, pero sin usted no puedo avanzar.

– Joven, es usted quien tiene que investigar el pasado de su bisabuela, no yo.

– Ya, pero parece que ese pasado se esconde en sus archivos, de manera, mayor, que no tengo mas opcion que molestarle. Pero le aseguro que no le entretendre mucho.

– He de confesarle que me esperaba esta llamada, aunque no tan pronto. Pero insisto en que no puedo atenderle, manana por la tarde salgo en direccion a Bath, y ni usted ni nadie me impedira participar en el evento.

– Nada mas lejos de mi intencion…

– Bien, lo unico que le puedo adelantar es que su bisabuela volvio a colaborar con el Servicio Secreto britanico.

– Asi que la senora Rodriguez la convencio de que volviera a la accion.

– En realidad no fue la capacidad de conviccion de la senora Rodriguez sino a causa de Carla Alessandrini.

– Ahora si que me deja usted sorprendido. ?No puede contarme algo mas? Tenia pensado ir a Roma y era por saber hacia donde tirar.

– Llameme por la manana -me ordeno, malhumorado, antes de colgar el telefono.

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