acuerdo que le permita a Javier saber quien soy y cuanto le quiero.
– Marchate, Amelia, y no vuelvas a acercarte a nosotros o lo pagaras.
– ?Que mas puedes hacerme? No tienes derecho a negarle a Javier su verdadera madre enganandole al hacerle creer que Agueda es lo que no es.
– ?Como te atreves a decir lo que debo hacer! ?Quien estaba con Javier cuando estaba enfermo? ?Quien le ponia panos con vinagre en la frente para bajarle la fiebre? ?Quien le ha limpiado los panales, le ha vestido, banado y le ha dado de comer? ?Quien ha estado al lado de su cuna cuando se desvelaba por la noche? Yo te dire quien lo ha hecho: esta mujer, si, porque tu estabas con tu amante revoleandote quien sabe donde. Y ahora te atreves a venir aqui como si nada hubiera pasado para reclamar y decir que tu eres su madre. ?Que clase de madre abandonaria a su hijo por seguir a un desgraciado?
Vi que Amelia estaba a punto de llorar, herida en lo mas profundo, sintiendo una verguenza infinita por lo que Santiago le decia en presencia de su hijo.
– Necesitas destruirme para que el nino no me quiera, necesitas que me aborrezca, que piense de mi lo peor. ?Crees que asi le favoreces? Me odias y lo entiendo, pero ese odio te impide pensar que Javier tiene derecho a su madre, aunque sea una madre tan… tan imperfecta como yo.
– Pero tu no eres mi mama -dijo Javier, irritado ante la insistencia de Amelia.
– Si, si soy tu mama, claro que soy tu mama y te quiero mas que a nadie en el mundo.
– Entonces, ?por que no estas conmigo? No, no eres mi mama, ella es mi mama. -Javier senalaba con la mano a Agueda, que permanecia muy quieta sin atrever a moverse ni a decir una palabra.
– La maternidad no consiste solo en parir, tu has parido a Javier, pero ese instante no te convierte en su madre.
Santiago dio media vuelta y comenzo a caminar con paso rapido sin esperar siquiera a Agueda, que le seguia llorosa con su hija en brazos temiendo la tempestad que se le avecinaba en cuanto llegara a casa.
Amelia se quedo muy quieta, parecia una muerta tan palida como estaba. Antonietta le hablaba pero ella no contestaba, tampoco parecia oirnos ni a Jesus ni a mi. Antonietta la sacudio del brazo intentando que volviera a la realidad.
– Vamonos, Amelia, vamonos a casa.
Regresamos en silencio; nosotros, apesadumbrados; ella, con el alma desgarrada por el dolor.
Cuando Antonietta le conto a dona Elena lo sucedido, la buena mujer se indigno.
– ?Parece mentira que se comporte asi! Santiago olvida que es un caballero y que como madre de su hijo te debe un respeto.
– Un instante… ha dicho que Javier es solo un instante de mi vida… y que ese instante no me convierte en su madre… -sollozaba Amelia.
– Pues le guste o no, eres la madre de Javier -le dijo Laura, muy afectada por el dolor de su prima.
Melita cogia la mano de Amelia y la apretaba intentando consolarla.
Don Armando regreso del trabajo a la hora del almuerzo y se encontro a todas las mujeres de la familia hechas un mar de lagrimas.
– Tenemos que arreglar esta situacion, Santiago no puede negarte a Javier.
– ?Y si le reclamamos en los tribunales? -propuso dona Elena.
– No, en los tribunales no, ahi tenemos las de perder. Don Manuel es un hombre influyente, y ademas… no podemos justificar algunas cosas… -explico don Armando.
– Lo se, tio, lo se, no podemos justificar que abandonara a mi hijo y a mi marido para irme con otro hombre, que ademas era un comunista -dijo Amelia.
– No digas esas cosas, hija. Dejame pensar, encontraremos una solucion.
– No, tio, no hay ninguna solucion. Santiago me odia y no me perdonara jamas. Su venganza es negarme a nuestro hijo.
Dos dias mas tarde, Edurne encontro a Agueda cerca de nuestra casa.
– Dile a la senora Amelia que no se preocupe por nada, que Javier esta bien, aunque anda triste por lo que paso.
– Se lo dire.
– Yo… yo… lo siento, siento lo que esta pasando la senora. Dile que don Santiago quiere al nino con toda su alma, que no le falta de nada, y yo… yo quiero mucho a Javier, es… es como si fuera mi hijo. El nino le ha preguntado a su padre por que la senora del parque que le llevo al hospital decia que era su madre, y me ha preguntado a mi tambien si soy su mama. No sabia que decirle.
– ?Y que le has dicho?
– Que es mi hijo del alma, y el me ha preguntado que eso que es. Don Santiago le ha pedido que se olvide de la senora, que no tiene mas madre que yo, pero Javier no se ha quedado conforme.
Aunque es muy pequeno, es inteligente y se que le da vueltas a la cabeza. Edurne, ?tu crees que la senora Amelia me perdonara? No fui capaz de resistirme a… bueno, ya sabes como son los hombres, y tratandose de don Santiago, no supe negarme cuando el…
– ?Le quieres, Agueda?
– ?Como no he de quererle! Es un caballero ?y tan buen mozo!… Las mujeres como nosotras no podemos negarnos a los caballeros. Tengo una hija de don Santiago, Paloma, y el la quiere a su manera. Se que nunca sera para el lo mismo que Javier, pero la quiere y no permitira que le falte de nada. No la niega como hija y ya me ha dicho que la enviaremos a estudiar a un buen colegio de monjas, y que tendra una buena dote cuando se tenga que casar, y que a el mismo no le doleran prendas para acompanarla al altar.
– Para eso falta mucho, tu hija es muy pequena. ?Te fias tanto de don Santiago?
– Es un hombre de palabra, preferiria morirse antes que no cumplir. Se que cumplira y que no nos abandonara ni a mi ni a mi Paloma. Edurne, dile a la senora Amelia que me perdone y que hare todo lo posible para que pueda volver a ver a su hijo, aunque sera mejor que no lo intente en una buena temporada.
– Se lo dire, descuida que se lo dire.
A todos nos conmovio el gesto de Agueda, a todos menos a Amelia. Ella la seguia considerando una intrusa en su casa, alguien que le estaba arrebatando el afecto de su hijo.
– Ella no tiene la culpa de lo que pasa. -Laura intentaba aplacar el malhumor de Amelia.
– Es una buena mujer, mejor que Javier este con ella que con otra -le dijo dona Elena.
– Yo creo que Santiago te sigue queriendo -aseguro Antonietta ante el estupor de todos nosotros.
– Pero ?que dices? ?Como puedes creer eso? Me odia, me odia con toda su alma.
– Pues yo pienso que te quiere pero que no te puede perdonar porque su orgullo se lo impide. Si tu pudieras vencer su orgullo, volveriais a ser felices.
– ?Felices? ?Sabes, Antonietta?, puede que nunca lo fueramos.
Un mes mas tarde, la senora Rodriguez, aquella que se habia presentado de improviso por Navidad, volvio preguntando por Amelia, pero ella no estaba en casa, de manera que dejo una tarjeta de visita con el encargo de que se la entregasemos cuando regresara.
Los siguientes dias note que Amelia estaba intranquila. Dona Elena lo achacaba al calor, era junio y en Madrid hacia mucho calor; por las noches costaba dormir, de manera que cualquier cosa que nos pasaba lo achacabamos a los efectos del calor. Yo sin embargo me di cuenta de que la visita de la senora Rodriguez debia de tener algo que ver con el nerviosismo de Amelia.
Una tarde en la que Amelia se retraso mas de lo acostumbrado nos dijo que habia ido a devolver la visita a la senora Rodriguez.
– ?Te ha dado alguna noticia de Albert James? -le pregunto dona Elena a Amelia, recordando que nos habia dicho que aquella senora era amiga del periodista norteamericano.
– Si, me ha dicho que Albert esta bien -respondio secamente Amelia.
– ?Donde esta ahora? ?En Londres o en Nueva York? -quiso saber Laura, que parecia sentir una especial devocion por el norteamericano.
– En Londres, creo que sigue en Londres… al menos, es lo que me ha dicho la senora Rodriguez.
