detuviera, el fingiria un dolor muscular como causa para impedirle manejar el coche. Carla condujo casi toda la noche hasta llegar a la frontera. Pararon en el puesto de control y les pidieron la documentacion. Todo parecia ir bien, hasta que aparecio de entre las sombras el coronel Jurgens. Les ordeno bajar del coche y se rio del pasaporte del camarero del Duce.
– De manera que dice usted ser chofer de esta senora, ?no es asi? -dijo Jurgens, mirando fijamente al hombre.
– Si… si… -logro balbucear el anciano.
– Ya, vera usted, tengo entendido que el Duce ha echado en falta a uno de sus camareros, un hombre fiel que le sirve desde hace muchos anos. Mussolini esta muy preocupado; como italiano, debe de saber lo mucho que el Duce se preocupa por quienes le rodean, y quienes le sirven son para el como de la familia. De manera que, ?donde cree usted que puede estar el camarero del Duce? ?No lo sabe? ?Y la gran Alessandrini?
– ?Por que habria de saberlo? -replico Carla, desafiante.
– ?Es usted tan lista! En realidad es unica. Bien, creo que voy a tener que refrescarles la memoria a ambos.
Les rodearon unos cuantos policias y los metieron en un coche. Los trajeron a Roma y estan en las dependencias de las SS.
– ?Dios mio! ?Que vamos a hacer, Vittorio? -dijo Amelia alarmada.
– Como puedes imaginar, he pedido a todos nuestros amigos que hagan cuanto puedan, pero nadie tiene influencia sobre las SS, ni siquiera gente del entorno del Duce. Estoy desesperado.
Vittorio se restrego los ojos con el dorso de la mano, intentando borrar las lagrimas que no habia podido reprimir.
– Haremos lo que sea, no dejaremos a Carla en manos de ese asesino… Le pediremos a Max que se interese por ella, quiza pueda hacer algo…
– ?El baron?
– Si, al menos podra averiguar como se encuentra Carla y que piensan hacer con ella. Y una cosa mas, ?podras arreglarme un encuentro con Marchetti?
– ?Con ese hombre! No te mezcles con el, Amelia, mira donde esta Carla por su culpa… No, no quiero saber nada de Marchetti. Vino a verme pero no quise recibirle, ya nos ha traido bastantes desgracias. Ha sido el culpable de meter todas esas ideas politicas en la cabeza de Carla.
– Pero a lo mejor puede ayudarnos.
– ?Ayudarnos? ?Y como va a ayudarnos! Era el quien pedia ayuda a Carla, quien la manejaba a su antojo haciendo que se arriesgara mas de lo necesario. No, no quiero volver a ver a ese hombre en toda mi vida.
– No hace falta que tu le veas, solo dime donde puedo encontrarle.
– No lo se, no duerme nunca en el mismo lugar y tan pronto esta en Roma como en Milan, se mueve por todas partes. Quiza tu amigo, el cura aleman, sepa como encontrarle.
– ?El padre Muller?
– Si, a ese si que se como encontrarle. Suele confesar dos dias a la semana en San Clemente, ?sabes donde esta?
– No.
– En la via di San Giovanni in Laterano. Los martes y los jueves esta alli de cinco a siete. Tambien puedes llamarle a la Secretaria de Estado. Pero, vigila, Amelia, porque ese cura solo te traera problemas, lo mismo que Marchetti.
– Que me dices de aquel diplomatico amigo tuyo que trabajaba codo con codo con el yerno del Duce, ?no puede hacer nada?
– Te refieres a Guido Gallotti. No, no ha podido hacer demasiado. Para el es dificil dar la cara por Carla teniendo en cuenta que ella estaba ayudando a evadirse a un empleado del Duce. Aun asi, se intereso por ella ante el coronel Jurgens, pero este le dijo que si de verdad era un buen patriota italiano, deberia sentirse satisfecho de que las SS hubieran detenido a una traidora.
– Vittorio, se que te puede resultar dificil, pero te ruego que se lo cuentes todo a Max.
– ?Pero es un aleman! ?Un nazi!
– No, no es un nazi. Tu le conociste en Buenos Aires antes de la guerra, luego le volviste a ver en Berlin, sabes como es y como piensa. Por favor, ?creeme si te digo que puedes confiar en el!
Vittorio se quedo en silencio mirando fijamente a Amelia. Lo que veia era a una joven enamorada de aquel aleman que posiblemente tambien lo estuviera de ella, pero ?confiar a un nazi que su mujer colaboraba con los partisanos? No, eso no lo haria jamas.
– No, Amelia, no voy a poner la vida de Carla en manos de ningun aleman.
– Su vida esta en manos de las SS.
– Comprendo que tu confies en el… pero yo… yo no puedo hacerlo.
Amelia asintio, pensativa. Comprendia a Vittorio. Su tio tambien sentia aquella misma aversion hacia el baron y nada de lo que ella le habia dicho sobre el habia servido para disipar su desconfianza.
– Yo no dudaria en poner mi vida en manos de Max. El me rescato de Pawiak en Varsovia, un lugar en el que… algun dia te contare por lo que tuve que pasar. Por eso hare cualquier cosa con tal de que sacar a Carla de donde quiera que la tengan las SS. Fue el coronel Ulrich Jurgens quien hizo que me detuvieran, de manera que conozco bien de lo que es capaz. Si no hubiese sido por Max, no se que habria sido de mi.
– El baron y tu… bueno, el te aprecia, pero ?por que habria de hacer nada por Carla?
– Porque no es un nazi y porque aborrece tanto como nosotros a los hombres de las SS.
– Amelia, ?eres tan ingenua! No dudo de que el baron Von Schumann sea un buen hombre y que, por su origen aristocratico, sienta aversion por esos brutos de las SS, pero combate con ellos, hombro con hombro, por los mismos fines, y, como ellos, ha jurado lealtad a Hitler. A veces la conciencia va por un lado y la conveniencia por otro.
– Te equivocas con respecto a Max, pero se que no puedo convencerte. Al menos dejame pedirle que se interese por Carla, no le dire ni una palabra de su colaboracion con los partisanos.
– Si te limitas a explicarle que la han detenido para ver si puede hacer algo…, esta bien.
Vittorio la invito a cenar en un restaurante cercano a la piazza del Popolo. Se intereso por su estancia en Madrid y por como estaba gobernando Franco, y ella se explayo contandole cuanto le dolia no poder estar con su pequeno hijo.
Max fue a visitarla dos dias mas tarde. Era domingo y a pesar de que el invierno pujaba por abrirse paso, lucia un tibio sol. El militar parecia feliz de estar en Roma y fueron paseando hasta la piazza Venecia.
– Mira, desde esa ventana el Duce enardecia a sus partidarios -le explico Amelia a Max-. Si quieres, podemos continuar hasta los Foros.
– ?Que te preocupa, Amelia? -pregunto Max.
– Han detenido a Carla.
– ?Y no me lo has dicho hasta ahora? Llevamos una hora andando hablando de banalidades.
– No sabia como decirtelo.
– Es muy sencillo, ?es que ahora no sabes como hablar conmigo?
– Perdona, Max es que… Vittorio… en fin… el no queria que te dijera nada. Desconfia de todos los alemanes.
– No le puedo culpar por eso, pero el me conoce.
– Aun asi… tiene miedo. El coronel Ulrich Jurgens tiene a Carla.
– Ayer supe que Jurgens estaba aqui… de haberlo sabido no te habria insistido para que vinieras, y ahora me dices que ha detenido a Carla…
Max se quedo callado. Temia por Amelia y mas aun ahora que le habia dicho que habian detenido a Carla.
– ?Por que la han detenido?
– Ella se dirigia a Suiza y la pararon cerca de la frontera. Iba con su chofer, un hombre mayor, no llevaba mucho tiempo con ella. Le habia dado trabajo por mediacion de unos amigos. Al parecer, el hombre habia estado al servicio del Duce. Pero tuvo miedo despues de la detencion de Mussolini y aunque regreso con el cuando el Duce volvio para proclamar la Republica Social Fascista de Salo, preferia jubilarse y tener una vida mas tranquila. El hombre temia que si las cosas le volvian a ir mal al Duce en Italia, el podria ser acusado de fascista por haber trabajado con Mussolini; de manera que, como tenia algun dinero ahorrado queria ir a Suiza a emprender una nueva
