vida. Y Carla era un medio idoneo para llegar hasta alli.

– ?Quieres hacerme creer que Carla ayudaba de buen grado a un fascista? ?Por que me enganas, Amelia? ?Acaso no merezco tu confianza? Prefiero el silencio a que me mientas.

Ella bajo la cabeza, avergonzada. Confiaba en Max y sabia que era incapaz de un comportamiento indigno.

– Vittorio no confia en ti.

– Eso ya me lo has dicho, pero ?y tu?

– No se mucho mas de lo que me ha dicho Vittorio. Al parecer, ese hombre no era tan afecto al Duce como aparentaba y queria ir a Suiza porque tenia cierta informacion.

– Y por eso Carla le ayudo. ?Tanto te costaba decirme la verdad?

– Lo siento, Max.

– Soy yo quien siente el que no confies en mi -respondio el con un rictus de amargura.

– No trataba de enganarte -insistio ella.

– No te excuses, Amelia, comprendo que tienes un conflicto de lealtades.

– Por Dios, Max, yo confio en ti, ?te debo la vida!

– Pero ni tu familia ni tus amigos creen que yo sea una persona decente y no tienes manera de convencerles de lo contrario.

Amelia comenzo a llorar. Se sentia mezquina por no haberle dicho la verdad.

– ?Vamos, no llores!

– ?Es que me averguenzo de no haberte contado toda la verdad! Tienes razon al reprocharme mi comportamiento.

Le seco las lagrimas con su panuelo, luego la miro fijamente antes de hablar.

– Quiero que me prometas una cosa, Amelia; piensatela bien antes de responder.

– Si… si… lo que quieras…

– No, piensalo, porque yo no soporto la doblez. Y si me prometes cumplir lo que te voy a pedir, deberas hacerlo sean cuales sean las circunstancias.

– Lo que tu quieras. Dime que quieres que te prometa.

– Que nunca mas me vas a mentir, que antes te quedaras en silencio que traicionarme, que me diras con la mirada que no me puedes decir mas, pero que no me enganaras.

– Te doy mi palabra, Max.

– Esta bien, te creo. Y ahora cuentame cuanto puedas sobre lo que le ha pasado a Carla.

Salvo que Carla colaboraba abiertamente con los partisanos y que su profesor de musica era un dirigente comunista, Amelia le conto a Max buena parte de lo que le habia explicado Vittorio, y le pidio que hiciera lo posible por obtener noticias sobre su amiga.

– No sera facil, ya sabes cuanto me odia Ulrich Jurgens. Ademas, temo por ti; ahora me arrepiento de haberte traido a Roma. Deberias regresar a Espana antes de que Jurgens decida hacer algo contra ti.

– ?Mas de lo que me hizo en Varsovia?

– Para el aquello fue una derrota, no me ha perdonado que yo te pudiera sacar de Pawiak. No queria que te ahorcaran, se regodeaba pensando en cuanto sufrias en aquella prision. Hara cualquier cosa con tal de hacernos dano.

– ?Sabes por que te odia Jurgens?

– El sabe que no me gustan las SS, y que no comparto lo que esta haciendo Hitler -respondio Max.

– No, no te odia por eso. Te odia porque eres todo lo que el no es. Un caballero, un aristocrata, un miembro de una familia poderosa, educado en los mejores colegios de Europa, convertido en un medico importante.

– Y tambien me odia porque te tengo a ti, Amelia, eso es lo que realmente me envidia, que jamas podra tenerte. Por eso debes regresar a Espana, o hara lo imposible por destruirnos.

– No puedo hacerlo, Max, no antes de hacer algo por Carla.

– Me sera mas facil actuar si tu no estas aqui.

– Carla ha sido como una segunda madre para mi y no puedo abandonarla. Ademas, Vittorio esta deshecho y me necesita.

– Si te quedas, Jurgens intentara algo contra ti… Por Dios, Amelia, ?no te pongas en peligro!

– Tengo que quedarme, Max, no puedo dejar a Carla. Ella no me abandonaria.

Max prometio indagar discretamente sobre el paradero de Carla Alessandrini.

– Aunque puedo empeorar su suerte cuando el coronel Jurgens sepa que me intereso por ella.

– ?Sabe que estas aqui?

– Sin duda, y lo que temo es que sepa que tu tambien estas en Roma.

Amelia aguardo hasta el martes para acercarse a la iglesia de San Clemente. Vittorio le explico como llegar, y ella opto por ir caminando.

En el interior de la iglesia habia varias mujeres rezando. No se fijaron en la recien llegada y ella tampoco les presto atencion. Busco los confesionarios; como no habia nadie en ellos, se sento a esperar intentando rezar. Pero no podia, estaba demasiado nerviosa y ansiaba ver al padre Muller.

Aun tuvo que esperar media hora mas hasta que le vio aparecer conversando con otro sacerdote, que tambien se dirigio a uno de los confesionarios.

Iba a levantarse cuando una mujer se le adelanto arrodillandose frente el confesionario donde estaba el padre Muller. Amelia aguardo impaciente hasta que la mujer termino su confesion.

– Ave Maria Purisima.

– Sin pecado concebida.

– Rudolf, soy Amelia.

– ?Amelia! ?Dios santo, que haces aqui!

Ella le conto lo que habia sido de su vida desde la ultima ocasion en que se vieron, asi como el motivo de su viaje a Roma. El le puso al tanto de la situacion de Carla.

– Es una mujer extraordinaria, muy valiente, no imaginas a cuantas personas ha ayudado a salir de Roma. Sobre todo judios.

– ?Que podemos hacer? Tenemos que ayudarla.

– No es posible hacer nada, la tienen presa las SS. Lo unico que se es que esta viva. Las SS no dejan que los sacerdotes visiten a los presos, salvo cuando los van a ahorcar. Un amigo estuvo en la prision la semana pasada asistiendo en sus ultimos momentos a varios condenados. Por el he sabido que Carla continua viva, aunque al parecer esta en muy mal estado, la han torturado con sana.

– Tenemos que sacarla de alli.

– ?Imposible! Ya te he dicho que la tienen las SS.

– ?Conoces a Marchetti?

– ?El profesor de canto de Carla? Si, le conozco, Carla nos presento. Nos hemos ayudado mutuamente. Yo le he conseguido algunos pasaportes y el ha colaborado sacando de Roma a pequenos grupos de judios.

– ?Sabes donde puedo encontrarle?

– Siempre contactabamos a traves de Carla, aunque en alguna ocasion, si se veia muy apurado, venia directamente aqui, a San Clemente. Una vez me dio una direccion donde escondio a una familia judia hasta poder sacarlos de Italia. Pero no se si continuara siendo un lugar seguro. Alli vivia una mujer con la que ni siquiera intercambie una palabra. Nos abrio la puerta, hizo pasar a los fugitivos y casi me empujo para que me fuera. Pero ?y Vittorio? El marido de Carla tiene que saber como localizar a Marchetti.

– No, no lo sabe. Marchetti no ha vuelto por su casa, ni nadie responde al telefono de su academia de canto en Milan. Vive en la clandestinidad.

– Entonces, probemos en esa direccion de la que te he hablado, aunque no creo que ni Marchetti ni nadie pueda hacer nada por Carla.

– ?No digas eso, Rudolf!

– ?Crees que no siento tanto como tu lo que le pueda pasar? Yo tambien la quiero.

Acordaron ir juntos a la direccion donde quiza pudieran decirles algo sobre el paradero de Marchetti.

– Pero ahora, vete, vete y regresa a las siete.

La casa estaba situada en via dei Coronan, justo al lado de la piazza Navona. Subieron las escaleras con paso rapido, temiendo encontrarse con algun vecino que les preguntara adonde iban.

El padre Muller golpeo con los nudillos suavemente la puerta, tal como le habian indicado que lo hiciera la vez

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