que acompano a aquella familia judia. Aguardaron impacientes sin escuchar un solo ruido, y ya se iban a marchar cuando la puerta se entreabrio. Un rostro de mujer se dibujo en la penumbra.
– ?Que hace aqui? -pregunto al padre Muller.
– Permitanos pasar.
– No tendria que estar aqui.
– Lo se, pero… ?por favor, dejenos pasar y se lo explicare!
La mujer parecio dudar, luego quito la cadena que le servia de cerrojo y abrio la puerta.
La siguieron por un pasillo oscuro que daba a un salon donde no cabia un mueble mas. Una lampara de pie apenas iluminaba la estancia y Amelia tardo en ver el rostro de la mujer. Tendria unos cincuenta anos. Morena, de mediana estatura, con el cabello recogido en un mono. Vestia una falda negra y un jersey gris, y no llevaba ningun adorno.
– Me ha puesto en peligro viniendo aqui -reprocho la mujer al sacerdote.
– Lo siento, pero tengo que encontrar a Marchetti y no se como hacerlo.
– ?Y pretende que yo le diga donde encontrarle? -respondio con ironia.
– Si no puede decirnos como hacerlo, al menos podra ponerse en contacto con el y decirle que necesito verle con urgencia.
– Ya me lo ha dicho, ahora marchense.
– Necesitamos que nos ayude a…
La mujer levanto la mano para que el padre Muller no continuara hablando.
– No quiero saberlo. Cuanto menos sepamos los unos de los otros y de las operaciones que tenemos encomendadas, menos peligro correremos. Usted ya ha roto una regla presentandose aqui. No sabia si esta casa continuaba siendo segura o habia sido descubierta por las SS. Ha corrido un riesgo innecesario.
– No tenia otra opcion.
– En todo caso, no vuelva por aqui. Procurare que llegue su mensaje, pero no le aseguro como ni cuando, ni si querran responder. De manera que si no recibe noticias no se impaciente, y sobre todo no vuelva, ?me ha entendido?
– Si, desde luego.
Salieron de la casa con paso apresurado y no intercambiaron palabra hasta llegar a la calle.
– Ni siquiera me ha mirado -dijo Amelia.
– Prefiere no ver ni oir lo que no le han ordenado que vea u oiga. No es facil vivir en la clandestinidad, Amelia.
– Dime, Rudolf, ?cuanta gente sois en tu organizacion?
– ?Mi organizacion? ?Ojala tuviera una organizacion! No me has entendido bien. Llegue a Roma con la recomendacion de mi obispo para trabajar en la Secretaria de Estado. El hecho de que ademas de aleman, hablo ingles, frances, algo de polaco y un poco de ruso, supongo que me ayudo a que me dieran un puesto de rango menor. Soy un simple oficinista. No tengo ninguna responsabilidad. Por mis manos no pasan secretos, ni documentos importantes. Al poco de llegar me enviaron a San Clemente dos dias por semana a confesar. De eso nos encargamos dos sacerdotes, a veces termino yo antes, y otras el. Un dia, confesando, me dieron mas de las ocho, y cuando termine y fui a la sacristia, me encontre alli escondidos a un hombre acompanando a una mujer y dos ninos pequenos. El hombre se presento como el doctor Ferratti, medico cirujano, y me explico que habia tenido refugiados en su casa a aquella mujer y a sus dos hijos, a su marido hacia tiempo que lo habian deportado a Alemania.
»Me dijo que esa tarde se habia producido una redada en su barrio y me suplico ayuda. Y les ayude. No sabia donde esconderles, asi que se me ocurrio abrir el portillo que da al subterraneo de la iglesia. Es del siglo i y no esta en buen estado, pero ?que podia hacer? El parroco de San Clemente me habia advertido de que no se me ocurriera meterme por el pasadizo porque cualquiera sabia con que nos podiamos encontrar. Al parecer, en la Antiguedad hubo un templo dedicado al dios persa Mitra. Y no ha sido hasta el siglo pasado cuando un dominico irlandes, el padre Mullooly, descubrio que abajo habia otra iglesia y comenzo a desescombrar. Hasta alli conduje a la mujer y a sus dos hijos. Temblaban de miedo y de frio. Al caminar oimos el sonido del agua, porque hay un manantial en el subsuelo. Los acomode lo mejor que pude; afortunadamente el doctor Ferretti llevaba una bolsa con comida y un par de mantas, yo aporte unas cuantas velas.
»'Quedense aqui hasta que encuentre la manera de sacarles de Roma y enviarles a Lisboa, desde alli pueden intentar llegar a America. No sera facil, pero quiza lo logren', les dije. Los ninos comenzaron a llorar y su madre no sabia que hacer para calmarles.
»El doctor Ferretti me explico que vivia muy cerca de San Clemente, en la esquina de la piazza di San Giovanni in Laterano, y que se sentia en la obligacion de ayudar a sus semejantes. Entre sus vecinos habia algunas familias de judios; algunos habian sido detenidos por las SS y trasladados a Alemania; otros sobrevivian escondidos en las casas de buenos cristianos que no estaban dispuestos a colaborar con los nazis.
»Ferretti y dos medicos mas se habian organizado para ayudar y prestar asistencia a los judios que permanecian ocultos. Les cambiaban de casa para no comprometer demasiado a las familias que los acogian, incluso habian logrado pasar a algunos de ellos a Suiza.
»Como puedes suponer, me comprometi de inmediato a ayudarles en cuanto hiciera falta. Carla nos echo una mano siempre que pudo escondiendo a gente en su casa y ayudando a trasladar a alguna familia hasta Suiza.
– ?Pero era una temeridad pasar la frontera en coche! -exclamo Amelia.
– No, no les trasladaba en su coche, eso habria sido muy peligroso. La relacion de Carla con los partisanos nos ha permitido trasladar a algunas familias a traves de la montana. Solo en primavera y verano, pues en invierno hubiera resultado imposible. Aun asi, esa opcion siempre ha sido la mas peligrosa porque se trataba de familias, de mujeres y ninos. La verdad es que la mayoria de las familias a las que estamos ayudando continuan en Roma; ya te he dicho que les trasladamos de casa en casa, a veces utilizamos los sotanos y los subterraneos olvidados como los de San Clemente. Tambien utilizamos las catacumbas que hace veinte siglos cobijaron a los cristianos.
– ?Las catacumbas? Pero no seran un lugar seguro, todo el mundo sabe donde estan.
– No, no lo creas. Tengo un buen amigo en el Vaticano, Domenico, es un jesuita que trabaja en los Archivos; es arqueologo y conoce bien el subsuelo de esta ciudad. Roma aun guarda muchos secretos. Te lo presentare, estoy seguro de que te gustara.
– ?El Vaticano no puede hacer nada por Carla?
– Las relaciones con Alemania no son precisamente buenas. No sabes cuantas dificultades tiene que afrontar el Papa.
– De manera que tu grupo lo forman tres medicos y dos curas, no es mucho -se lamento Amelia.
– No imaginas lo activas y valientes que son algunas monjas. El doctor Ferretti tambien tiene amigos que en ocasiones nos echan una mano, pero no podemos pedir a la gente que sean heroes, porque si las SS los detuvieran… no hace falta que te diga lo que les sucederia.
– Tenemos que salvar a Carla -insistio de nuevo ella.
Vittorio estaba preocupado por Amelia. Habia pasado toda la tarde fuera y cuando llego acompanada por el padre Muller, ya era la hora de cenar.
– Avisame cuando te retrases, he llegado a pensar que te habia pasado cualquier cosa.
Sin embargo era Amelia quien estaba cada dia mas preocupada por Vittorio. El marido de Carla apenas comia, padecia insomnio y su actividad era frenetica: llamaba a la puerta de cuantos amigos influyentes habian tenido en el pasado para suplicarles que hicieran algo por Carla. Pero nadie queria comprometerse; algunos incluso empezaron a evitarle. Se rumoreaba que Carla Alessandrini iba a ser juzgada por alta traicion.
Si no hubiera sido por su preocupacion por Carla, Amelia se habria sentido feliz en Roma. Max pasaba con ella todo su tiempo libre, y ambos se sentian enamorados como en sus mejores dias de Berlin y Varsovia.
El baron se intereso por Carla Alessandrini ante sus superiores, quienes le recomendaron olvidarse de la diva puesto que estaba en manos de las SS. Aun asi, logro que le confirmaran que aun estaba viva.
Una noche en la que el gobernador militar de Roma ofrecia una recepcion a los oficiales del Alto Mando aleman, a los miembros del Cuerpo Diplomatico y a todo aquel que era alguien en la Roma ocupada, Max insistio a Amelia para que le acompanara. Ella dudo, le repugnaba tener que estrechar las manos de aquellos hombres que a su paso sembraban miseria, muerte y destruccion, pero penso que a lo mejor tenia la oportunidad de saber algo sobre Carla.
Aquella noche de diciembre llovia y hacia frio. De camino a la fiesta, Amelia penso en que pronto seria Navidad
