Amelia.

– Marchetti me ha mandado recado de que esta dispuesto a verte -dijo en voz baja.

– ?Cuando? -pregunto nerviosa.

– En Nochebuena, durante la Misa del Gallo, en San Clemente. Se confundira con los fieles. Corre un gran peligro porque han puesto precio a su cabeza.

Amelia no durmio aquella noche pensando en lo que le diria a Matteo Marchetti, aquel hombre que cuando le conocio le parecio un profesor de canto inofensivo, pero que habia resultado ser uno de los jefes de la Resistencia.

El 24 de diciembre amanecio frio y nublado, al igual que su estado de animo. Pensaba en su familia, los imaginaba preparando la cena de Nochebuena. Quiza el marido de Melita les habria llevado una buena cesta con comida con la que aliviar la precaria situacion de la familia.

Decidio escribirles una carta; aun no habia terminado cuando Vittorio entro sin llamar a la puerta, palido y temblando.

– ?Que sucede? ?Que te pasa? -Amelia se puso de pie agarrando a Vittorio, que parecia estar a punto de caerse.

– La radio… lo acaba de decir la radio. -El hombre comenzo a llorar abrazandose a Amelia.

– ?Vittorio, calmate! ?Dime que has escuchado en la radio!

Pero el no podia hablar, y los sollozos se convirtieron en gritos desgarrados.

– ?Dime que sucede! ?Por favor, dimelo! -suplico Amelia, que apenas podia sostener el cuerpo desmadejado de Vittorio, que permanecia abrazado a ella.

– La han matado -alcanzo a decir el.

Amelia quiso chillar, pero de su garganta solo salio un grito ahogado. Sintio el sabor salado de las lagrimas en la comisura de los labios y abrazo a Vittorio con toda la fuerza que fue capaz de encontrar.

– ?La han matado! ?La han matado! -grito Vittorio.

Logro llevarle hasta una silla y llamar a una criada para que trajera un vaso de agua. Para entonces la casa entera ya se habia enterado de la desgracia. Todos lo habian escuchado en la radio. El locutor no habia dejado lugar a dudas: «Esta madrugada ha sido ahorcada en la carcel de mujeres, por delito de alta traicion, la diva del bel canto Carla Alessandrini».

Los criados cuchicheaban nerviosos mientras Amelia intentaba tomar las riendas de aquella situacion.

No podia quedarse sentada y llorar hasta que se le acabasen las lagrimas, no podia permitirse el lujo de dejarse llevar por el dolor. Tenia que encargarse de Vittorio y tenia que decidir que hacer.

?Se presentarian las SS en la casa? ?Deberia acompanar a Vittorio a reclamar el cuerpo de Carla? No sabia que hacer. Pero la llegada del padre Muller la alivio algo.

– ?Lo siento tanto! -dijo el sacerdote al abrazar a Vittorio, que no dejaba de llorar y sufria convulsiones.

– ?Que debemos hacer? -le pregunto ella con un hilo de voz.

– No lo se, preguntare. La familia tiene derecho a que le entreguen el cuerpo. Pero ni siquiera os avisaron de que la habian juzgado y condenado a muerte.

– ?Juzgado? Aqui no hay justicia, las SS no saben lo que es justicia, solo asesinan. Y han asesinado a Carla.

– ?No se como han podido hacerlo precisamente el dia de Nochebuena! -se lamento el padre Muller.

– ?Crees que para ellos significa algo la Nochebuena? No seas ingenuo, Rudolf, los nazis no creen en nada, lo sabes bien. Carecen de piedad, de compasion. No son humanos.

– ?No digas eso, Amelia!

– ?Crees que lo son? -respondio ella con dureza.

Fueron muy pocos los amigos de Carla que llamaron por telefono para dar el pesame, y muchos menos los que se atrevieron a presentarse en la casa para dar consuelo a Vittorio. Todos tenian miedo de ser senalados como amigos de una mujer ahorcada por alta traicion.

Todos aquellos que meses antes mendigaban una mirada de la diva, ahora temblaban en sus casas rezando para que las SS no les relacionaran con ella. Si se habian atrevido a ahorcar a la mujer mas querida de Italia, ?que no serian capaces de hacer!

Vittorio estaba hundido, incapaz de tomar ninguna decision, de manera que fueron Amelia y el padre Muller quienes decidieron telefonear al abogado de Carla para preguntarle que debian hacer. El hombre se mostraba remiso a dar ninguna recomendacion, pero Amelia no le dejo opcion.

– Usted deberia haber informado a don Vittorio de que se habia celebrado un juicio y… y de lo que iba a pasar.

– Le aseguro que no lo sabia. Don Vittorio Leonardi sabe que he cumplido con mi obligacion como abogado, no he dejado de interesarme por la situacion de su esposa, de Carla Alessandrini. Pero ?es que cree usted que las SS se atienen a los procedimientos legales? No me han permitido verla durante todo el tiempo que ha estado detenida. Se negaban a decirme cuales eran los cargos por los que la retenian. Yo… yo me he enterado de lo sucedido por la radio, y le aseguro que estoy desolado.

– Bien, pues acuda a la carcel y hagase cargo de todos los tramites para recuperar el cuerpo de Carla y para que la podamos enterrar cristianamente.

– ?Yo? No… no lo creo oportuno. Deberia ser el esposo, don Vittorio Leonardi, quien fuera a reclamar el cuerpo.

– Usted viene percibiendo una remuneracion importante por llevar los asuntos de la familia.

El abogado se quedo en silencio. Queria desvincularse de Carla, de Vittorio, de cualquiera que pudiera relacionarle con ellos. Se olvido de que era un recien licenciado en leyes cuando conocio a Carla en el despacho de un gran abogado donde el hacia de pasante, y como le cayo en gracia a la diva y termino siendo su abogado, su hombre de confianza. En un segundo renego de todos aquellos anos compartidos con la diva y su marido, de aquellas fiestas de Carla donde se codeaba con la alta sociedad italiana, con todas aquellas principessas arrogantes, algunas de las cuales se habian convertido en sus clientas, de las oportunidades de negocios a traves de aquellos empresarios entusiastas del bel canto que nada le negaban a su musa.

Si, el se habia enriquecido gracias a Carla Alessandrini, ella le habia sacado de la nada convirtiendolo en un abogado importante; pero ahora ella estaba muerta, la habian ahorcado por alta traicion y el sentia que su lealtad debia ser para consigo mismo y para con su familia. ?A quien serviria si a el tambien lo ahorcaran?

– Le esperamos, no tarde -le ordeno Amelia, intentando imprimir a su voz una firmeza que no sentia.

– Un dia de estos me pasare a dar el pesame a don Vittorio; en cuanto al testamento, bueno, el sabe lo que hay que hacer.

– No vendra -anuncio Amelia al padre Muller.

– Ire yo -se ofrecio el sacerdote.

– ?Tu? ?En calidad de que?

– De confesor de Carla, de representante de la familia, del cura que quiere darle cristiana sepultura.

– Ten cuidado, Rudolf.

El se encogio de hombros. No es que no tuviera miedo, lo tenia, pero sentia que su ministerio le obligaba a plantar cara al mal y el nazismo se le antojaba que era la personificacion del mal; de manera que decidio actuar segun los dictados de su conciencia aunque eso pudiera costarle la vida.

Vittorio insistio en que le llevara el chofer de la familia, y el acepto.

El padre Muller regreso a mediodia con el cuerpo de Carla. No les explico cuanto se habia tenido que humillar para conseguir el cadaver de Carla, que el mismo subio en brazos hasta la casa.

Vittorio se desmayo cuando vio aquel bulto envuelto en un pedazo de lona, sabiendo que era el cuerpo de su esposa. Amelia no le permitio verla, y con la ayuda de Pasqualina, la modista de Carla, una de las pocas personas que habian acudido a mostrar su pesar, preparo el cadaver de su amiga para que recibiera cristiana sepultura.

La vistieron con uno de sus mejores trajes, y la envolvieron con el chal de vison blanco que tanto le gustaba. Cuando la colocaron en la caja, no dejaron que nadie la viera. No querian que recordaran el rostro de una ahorcada

Вы читаете Dime quien soy
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату