sino el de la mujer hermosa que habia sido. Ni siquiera se lo permitieron a Vittorio.
Tendrian que esperar hasta el 26 de diciembre para enterrarla, no era posible hacerlo en Navidad.
Caida la tarde, el padre Muller regreso al Vaticano.
– No creo que debas ir esta noche a San Clemente. Marchetti habra escuchado la noticia por la radio y no ira.
– Puede que si vaya, y yo necesito hablar con el.
– ?Para que? Ya no podemos hacer nada por Carla.
– Si, yo si que puedo.
El sacerdote la miro preocupado pensando que se le habria podido ocurrir a Amelia.
– Esta muerta, solo podemos rezar por ella.
– Reza tu, yo ya lo hare.
– Aun no has llorado.
– ?De verdad lo crees? No me has visto las lagrimas, pero no he dejado de hacerlo.
– Amelia, velemos a Carla, recemos por ella y demosle sepultura. Es lo unico que podemos hacer, lo unico que Vittorio quiere que hagamos. Despues, vete a casa, aqui no estas segura. Max tiene razon, el coronel Jurgens es capaz de todo.
– ?Sabes?, pienso que ha ordenado que la ahorcaran para hacerme dano, para demostrarme cuan poderoso es. Vivire con esa culpa el resto de mi vida.
– ?Que cosas dices! A Carla la habian detenido mucho antes de que tu vinieras a Roma. Y todos sabemos lo que hacen las SS con sus prisioneros. Han querido dar una leccion, que los italianos sepan que nadie tiene inmunidad, ni siquiera sus simbolos mas queridos. Su asesinato no tiene nada que ver contigo.
– Pues yo creo que si, que es la manera que tiene el coronel Jurgens de hacerme dano.
– La habria matado aunque tu no existieras. Carla era un mito y las SS han querido dar una leccion a los italianos.
Pero Amelia estaba convencida de que el asesinato de Carla tenia que ver con el deseo innoble que Jurgens sentia por ella. Por eso a lo largo de todo el dia, mientras lavaba el cadaver de Carla, fue trazando un plan que estaba decidida a llevar hasta el final.
El doctor Ferratti, el medico amigo del padre Muller, acudio a la casa a instancias de Amelia para que le diera a Vittorio algo que le permitiera dormir.
– Quiero velarla toda la noche, no quiero que se quede sola -dijo Vittorio, entre lagrimas.
– No estara sola, estare yo -le aseguro Amelia-, pero tu tienes que dormir, lo necesitas.
Amelia le convencio para que se quedara hasta pasada la medianoche y luego ella le relevaria hasta la madrugada.
– Quiero ir a misa, Vittorio, necesito rezar; cuando regrese de la Misa del Gallo, te iras a la cama, prometemelo.
El doctor Ferratti le entrego a Amelia un somnifero para Vittorio.
– Manana vendre a verle -se comprometio el medico, desolado por la tragedia de aquella casa.
Los pocos amigos que habian acudido se fueron marchando. Era Nochebuena y a pesar de la pena que sentian por la perdida de Carla, tenian familias, hijos a los que cuidar y ayudar a ser felices en una noche como aquella.
Vittorio y Amelia se quedaron con la sola compania de la modista de Carla. La mujer estaba viuda y solo tenia una hija, casada tiempo atras con un maestro de Florencia; de manera que disponia de todo su tiempo para llorar a la diva, con quien la habia unido una amistad sincera.
Habian colocado el ataud en medio del salon grande, aquel donde en tantas ocasiones Carla habia organizado sus mejores fiestas.
A las once, Amelia se despidio de Vittorio y de Pasqualina, la modista.
– Cuide de don Vittorio, yo regresare en cuanto termine la misa. Y si quieres, Pasqualina, puedes quedarte a dormir aqui, es tarde para que te vayas a casa.
– Me gustaria velar a la senora.
– De acuerdo, entonces quedate.
Al salir del portal sintio un escalofrio. Camino despacio, intentando no llamar la atencion de las pocas personas con las que se cruzaba y que, al igual que ella, llevaban los misales en la mano camino de alguna iglesia para participar en la Misa del Gallo.
Llego a San Clemente a las doce en punto, cuando las campanas estaban dejando de sonar para llamar a los feligreses.
Se sento en el ultimo banco de la iglesia con todo el cuerpo en tension intentando localizar a Mateo Marchetti. El padre Muller solo le habia dicho que el profesor de canto estaria en la iglesia. Esperaba que fuera el quien se acercara a ella o que alguien le diera alguna indicacion. Siguio la misa como una automata. Rezaba sin prestar atencion, desviando la mirada por los bancos de la iglesia en busca de Marchetti.
Observaba a los feligreses intentando imaginar quienes de ellos estarian con el partisano, pero todos le parecieron apacibles padres de familia celebrando la Nochebuena. La misa termino y los fieles comenzaron a salir de la iglesia. Dudaba sobre que debia hacer cuando sintio una presion en el brazo. Una mujer se habia colocado a su lado, y sin decirle una palabra le indico con la mirada que la siguiera. Salieron de la iglesia caminando la una junto a la otra, como si se conocieran, y Amelia la siguio durante un buen rato sin atreverse a preguntar. Luego la mujer se paro ante un portal que abrio con rapidez. Subieron sin hacer ruido hasta el primer piso.
Mateo Marchetti habia envejecido, pero le seguian brillando los ojos con la misma intensidad que cuando le conocio en casa de Carla. Estaba sentado en la penumbra acompanado por tres hombres que parecian en estado de alerta.
– ?Para que queria verme? -le pregunto sin ningun preambulo.
– Lo que queria era que me ayudara a salvar a Carla.
– Eso era imposible. Estaba condenada desde el mismo dia en que la detuvieron.
– ?Y fue usted quien la sometio a ese peligro?
– Usted la conocia, ?cree que era capaz de asistir como espectadora a lo que esta sucediendo? Ella queria tener un papel y lo tuvo, el mas dificil y arriesgado de su vida. Fue muy valiente v salvo muchas vidas. La ultima mision era dificil. En realidad no tenia demasiadas posibilidades de exito. Ella sabia lo que podia suceder.
– Fue una locura mandarla a Suiza para que llevara a ese criado del Duce.
– En realidad ella no llevaba a ese hombre, sino que sirvio de cebo.
– ?Que quiere decir? -Amelia sintio que todos sus musculos se contraian.
– Los aliados necesitaban la informacion que pudiera darles ese hombre, de manera que montamos un operativo de distraccion. Ella sabia que las SS la tenian en su punto de mira, sobre todo ese coronel Jurgens, que parecia obsesionado con ella. Organizamos el viaje de Carla con un hombre que se parecia mucho al criado del Duce, mientras que al verdadero lo sacamos del pais por otra via.
– ?La mandaron directa a la boca del lobo!
– Carla estuvo de acuerdo. Incluso se reia pensando en el chasco que se llevaria Jurgens al comprobar que el hombre que la acompanaba era un pobre zapatero. Un comunista, si, pero no el hombre que buscaban. Jurgens se enfurecio al comprobar el engano y… bueno, el resto ya lo sabe.
– Todo el mundo cree que Carla llevaba al sirviente del Duce.
– Si, eso hicieron creer los de las SS, y como comprendera, no ibamos a desmentirles.
– La utilizaron -murmuro Amelia.
– No, no se engane. Carla nunca hizo nada que no quisiera hacer. Nos ayudaba, si, como tambien ayudaba a ese cura, al padre Muller, y negociaba con el y con nosotros para que colaboraramos. En fin, ya no hay nada que hacer.
– Si, si hay algo que hacer. -El tono de voz de Amelia desperto la curiosidad de Marchetti.
– Digame que es.
– Voy a matar al coronel Jurgens y necesito su ayuda.
