El profesor de canto se quedo callado mirandola fijamente. Jamas habia imaginado oir tales palabras de aquella joven delgada y fragil.

– ?Y como piensa matarle?

– El… el quiere… quiere…

– … quiere acostarse con usted -dijo Marchetti, que habia llegado a esa conclusion por el sonrojo de Amelia.

– Si.

– ?Y no cree que desconfiara de usted precisamente ahora que acaba de ahorcar a su amiga? Jurgens puede desearla mucho, no lo dudo, pero es un hombre frio e inteligente. Sospechara de usted si de repente decide caer en sus brazos.

– Pero no dira que no. Desconfiara, pensara que pretendo algo, incluso matarle, pero no me dira que no. Necesito una pistola, es todo lo que necesito de usted.

– ?Una pistola? Lo primero que hara sera mirar en su bolso.

– Quiero una pistola que pueda esconder entre mi ropa interior.

– La matara. Es imposible que no se de cuenta.

– Si, es probable, pero puede que tenga suerte y acabe yo con el antes.

– ?De que servira que le mate?

– Merece morir, es un asesino.

– ?Sabe cuantos asesinos hay como el?

– Si sale mal, el fracaso sera mio; si sale bien, la Resistencia podra decir que eso es lo que les sucede a quienes asesinan a los inocentes.

– Aunque llegara a conseguirlo, la detendrian. No podria escapar.

– Tengo un plan.

– Digame cual.

– Prefiero no decirselo. Solo le pido una pistola, nada mas.

– No puede salir bien.

Amelia se encogio de hombros. Estaba decidida a arriesgar su vida para acabar con la de Jurgens. Era una cuenta pendiente que tenia que saldar; se lo debia a Grazyna, a Justyna, a Tomasz, a Ewa, a Piotr, a todos sus amigos polacos, a Carla y tambien a ella misma.

– Vaya a confesarse a San Clemente dentro de tres dias. Y ahora marchese. Olvidese de esta casa y de que me ha visto.

Marchetti hizo una sena a uno de los hombres que vigilaba la calle desde la ventana.

– No hay nadie, jefe.

Temblando de miedo, Amelia se enfrento a la negrura de la noche, y caminando pegada a la pared y parandose cada vez que escuchaba algun ruido, llego hasta la casa de Vittorio.

– ?Estaba preocupado por ti! Son las dos. Te podian haber detenido.

– Me perdi. Me quede rezando despues de la misa.

– ?No me enganes, Amelia! Se que despues de la Misa del Gallo cierran la iglesia.

– No te engano, Vittorio, confia en mi. Y ahora dejame relevarte. Yo velare a Carla.

– No, no puedo dejarla sola aqui.

– No estara sola. Necesitas descansar, manana sera un dia muy largo.

– Es Navidad.

Amelia mando a Pasqualina a por agua y luego le insistio a Vittorio para que tomara la pildora que le habia traido el doctor Ferratti.

– Te ayudara a descansar.

– No quiero que Carla este sola -insistio el.

– Yo estare con ella, te lo prometo.

Luego tambien mando a dormir a Pasqualina y se quedo sola en el salon. Fue entonces cuando rompio a llorar.

Enterraron a Carla la tarde del 26 de diciembre. Apenas veinte personas acudieron al sepelio. Si Carla hubiera fallecido de muerte natural antes de que comenzara la guerra, toda Italia se habria echado a la calle para llorarla. Pero la habian ahorcado por alta traicion.

– Ella hubiera preferido que la enterraran en Milan. Alli tenemos un panteon.

– Algun dia, cuando acabe esta guerra, la llevaras alli; ahora dejemosla descansar aqui -le consolo el padre Mullen.

Mientras tanto, Max continuaba en Milan. Llamo a Amelia y le rogo que regresara a Espana.

– Siento tanto lo de Carla, se lo que significaba para ti; pero, por favor, no te quedes en Roma. Ya sabemos de lo que es capaz ese maldito Jurgens.

– Te esperare, Max.

– Es que… lo siento, Amelia, pero una vez que termine la inspeccion sanitaria de nuestras tropas aqui, he de ir a Grecia, me lo han comunicado esta manana.

– ?A Grecia?

– Si.

– ?Puedo ir contigo?

– ?De verdad querrias acompanarme?

– No me siento con animo de regresar a Espana.

– Primero puedes ir a ver a tu familia y despues reunirte conmigo en Atenas.

– No, prefiero acompanarte.

– Corres peligro, Amelia. He hablado con algunos amigos y me aseguran que Jurgens esta obsesionado contigo.

– No hare nada que me pueda poner en peligro.

– Prometemelo.

– Te lo prometo.

Naturalmente no pensaba cumplir la promesa. No le habia dicho a Max que habia recibido una invitacion para asistir a un baile de Ano Nuevo. Habia llegado el mismo dia en que ahorcaron a Carla, y Amelia ni siquiera se habia fijado en ella. Era de Guido y Cecilia Gallotti, los conocidos de Vittorio que tan cercanos habian sido del yerno del Duce, y que tan amables habian sido con ella cuando Carla la invito por primera vez a Roma. Incluso habian sido una excelente fuente de informacion; aun recordaba los informes que, gracias a las indiscreciones de la pareja, pudo enviar a Londres.

Ademas, Cecilia Gallotti habia acudido al entierro de Carla para sorpresa de Amelia y del propio Vittorio.

El 28 de diciembre Amelia acudio a San Clemente y se dirigio al confesionario donde solia estar el padre Muller. En su lugar habia otro sacerdote al que no llego a ver la cara.

– Ave Maria Purisima.

– Sin pecado concebida. ?Continuas decidida a seguir adelante?

La frase del sacerdote la sobresalto. No era la voz de Marchetti. ?Seria una trampa?

– Si -respondio temerosa.

– En el suelo, a tu derecha, hay un paquete, cogelo. Espera, no te vayas todavia, seria una confesion muy corta. La pistola es pequena, como habias pedido, tambien hay balas. Ten cuidado no te detengan camino de tu casa. Te cabe en el bolsillo del abrigo. Y ahora vete.

Amelia telefoneo a Cecilia Gallotti para confirmar su asistencia a la fiesta.

– ?Oh, querida, cuanto me alegro! La verdad es que no pense que vinieras. Enviamos la invitacion unos dias antes de lo de Carla… pensabamos que a Vittorio le sentaria bien distraerse, pero ahora…

– No, el no ira, pero yo si.

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