OSS, y parecian inofensivos: en el segundo piso vivia un matrimonio entrado en anos en compania de una hija viuda y de tres nietos; el tercer piso lo ocupaba un profesor que tenia esposa y cinco hijos. El primero era el que ocupaban ellos.
– Estareis bien aqui, descansad un par de dias y luego nos pondremos manos a la obra. Nuestra oficina asegura que hay una discreta colonia de alemanes; unos llegaron aqui nada mas acabar la guerra, otros han llegado recientemente, muchos ni siquiera entran en contacto con sus compatriotas. Este es un refugio seguro para muchos ex oficiales de las SS que lograron huir, ademas de ciertos hombres de negocios que en su dia colaboraron con entusiasmo con Hitler.
»E1 plan es sencillo: tendreis que dejaros ver, que sepan que estais aqui. No sera dificil, no desconfiaran de Max y le abriran las puertas. Es solo cuestion de esperar; si Winkler esta aqui, aparecera.
– ?Y si no esta? -pregunto Amelia.
– Eso ya me lo preguntaste en Berlin. Esperaremos un tiempo; si no aparece o no encontramos una pista que pueda conducirnos hasta el, regresareis a Alemania. Por cierto, nuestra oficina nos ha recomendado una escuela para Friedrich. Es una escuela particular donde acuden ninos alemanes, le gustara.
– Prefiero que Friedrich se quede aqui, es muy pequeno -respondio Amelia.
– Le vendra bien estar con otros ninos.
– No, Friedrich no te servira de gancho -le aseguro Amelia mirandole fijamente a los ojos.
– No lo he pretendido.
– En cualquier caso seremos nosotros los que decidamos que es lo que le conviene a Friedrich -le corto.
De repente oyeron unos golpes secos en la puerta, y Albert, sonriendo, fue a abrir. Regreso a la sala de estar seguido por una joven que llevaba una maleta pequena en la mano.
– Os presento a Fatima, ella os cuidara. Sabe cocinar, limpiar, planchar, y un poco de aleman, de manera que os ayudara hasta que podais manejaros con el idioma. No creo que a Friedrich le cueste mucho aprenderlo, y vosotros dos sois poliglotas, de manera que tampoco significara un gran esfuerzo.
Fatima debia de tener unos treinta anos. Se habia quedado viuda, no tenia hijos, y la familia de su marido preferia desprenderse de ella.
Habia servido en casa de un matrimonio aleman y alli habia aprendido a chapurrear el idioma, pero un buen dia la pareja habia desaparecido sin siquiera despedirse de ella.
Amelia la acomodo en un cuarto junto a la cocina y Fatima parecio sentirse satisfecha.
Amelia tambien se dejo contagiar por el buen humor de Max y Friedrich. Por primera vez en mucho tiempo tenian comida. En realidad tenian dinero para comprarla, y eso les producia un gran alivio. Friedrich comia tanto que Amelia se preocupaba por el temiendo que pudiera sentarle mal. Tal era la falta de costumbre.
Durante unos dias, Amelia se dejo llevar por Fatima, quien camino del mercado le ensenaba la ciudad.
Disfruto de las compras en Jan el-Jalili, con su calles estrechas y misteriosas, donde los comerciantes ofrecian todo tipo de mercancias: lo mismo un cordero que piedras preciosas, un cacharro para cocinar o una pieza robada en una tumba.
Una manana, acompanada de Fatima, llevaron a Max a pasear por la ciudad.
Los vecinos resultaron ser amables y serviciales, y por muy poco dinero el profesor del tercero se ofrecio a ensenarles el arabe. Incluso sugirio la posibilidad de que llevaran a Friedrich a la escuela donde ensenaba.
– Si esta con ninos egipcios aprendera antes el idioma. Al principio le costara, pero yo estare alli para protegerle.
Albert les informo de que habia un cafe, el Saladino, donde solian reunirse algunos alemanes.
– Debeis ir alli manana por la tarde. Los tres sois una familia que ha huido de Berlin, temerosos de las represalias y, sobre todo, porque quereis olvidar el horror de la guerra. Regresareis, claro, cuando las cosas vayan mejor. Es lo que teneis que decir.
El Cafe de Saladino estaba regentado por un aleman que les recibio encantado y les busco un buen lugar donde colocar la silla de ruedas de Max para que este se sintiera comodo; despues les sometio a un interrogatorio aparentemente inofensivo.
– Vaya, de manera que vienen a ampliar nuestra pequena colonia.
Max estuvo en su papel; en realidad fue el mismo, un oficial prusiano, un aristocrata, que se refugiaba en El Cairo tras la guerra. Fue cortes pero manteniendo las distancias con el dueno del cafe, al fin y al cabo un desconocido.
Saludaron a otros alemanes que se sentaron en mesas cercanas, pero sin entablar conversacion con ninguno ellos.
Convirtieron en costumbre el ir todos los dias al Cafe de Saladino. Max era el que hablaba, mientras que Amelia se mantenia en un discreto segundo plano; tanto, que llamaba la atencion frente a las expansivas mujeres alemanas que acudian al lugar.
Una tarde en la que se hallaban en el cafe, donde su presencia ya era habitual, un hombre entrado en anos que fumaba un puro en la mesa de al lado se dirigio al baron.
– Si a la senora le molesta el humo del puro, gustosamente lo fumare mas tarde.
– ?Te molesta, querida? -pregunto Max a Amelia.
– No, en absoluto; por favor, no se preocupe por mi.
– Se lo agradezco, mi esposa no me permite fumar estos puros en casa, de manera que suelo venir aqui.
– Es un lugar agradable -respondio Max.
– ?Llevan mucho tiempo en El Cairo?
– No mucho -volvio a contestar el.
– Mi esposa y yo llegamos poco antes de que acabara la guerra. Yo ya estaba jubilado, de manera que pense que este seria un buen lugar para seguir los acontecimientos. ?Saben que la proxima semana comienza en Nuremberg un proceso contra todos los que colaboraron con el Gobierno de Hitler? Sera una tarea dificil, no pueden juzgar a todos los alemanes, porque ?quien no estaba con el Fuhrer?
– Desde luego sera una tarea dificil -dijo Max, mientras Amelia seguia callada a su lado, vigilando a Friedrich, que se habia puesto a jugar con otros ninos en la puerta del cafe.
– Perdone mi indiscrecion, pero ?esta asi por la guerra? -pregunto con curiosidad el hombre.
– Soy el baron Von Schumann, fui oficial de la Wehrmacht -se presento tendiendole la mano.
– Es un honor, baron, a su disposicion. Soy Ernst Schneider, propietario de una casa de cambio, aqui en El Cairo. Estare muy honrado si puedo invitarle con su esposa y su hijo a mi casa.
– Bueno… -Max parecio dudar-, quiza mas adelante.
– Entiendo, le parece muy precipitado aceptar la invitacion de un desconocido. Y tiene razon, pero cuando uno esta lejos de la patria, a veces se olvida de las formalidades.
– No he querido ofenderle -se excuso Max.
– ?Y no lo ha hecho! Soy yo el que ha actuado incorrectamente. Le dire a mi esposa que me acompane una tarde de estas y asi podra conocer a su encantadora esposa, ?le parece bien? Hemos perdido a nuestros dos hijos en la guerra, y a nuestros nietos. Estamos solos, por eso venimos aqui, en el Cafe de Saladino sentimos que aun late el corazon de Alemania.
La tarde siguiente el senor Schneider acudio al cafe acompanado de su esposa, que resulto ser una agradable matrona que hablaba sin parar. Amelia se dio cuenta de que la senora Schneider podia constituir una inagotable fuente de informacion. Parecia conocer a todos los alemanes que vivian en El Cairo, y aunque no se tratara con todos ellos, tenia un conocimiento exhaustivo de sus vidas y actividades.
– Fijese, querida, ese hombre que acaba de entrar con esa mujer tan llamativa fue un importante funcionario en Baviera. Huyo antes de que finalizara la guerra. Hombre listo. Y ella, bueno, es evidente que no es su esposa, cantaba en un cabaret de Munich. El no tuvo inconveniente en abandonar a su esposa y a sus tres hijos para huir con esta mujer. Como comprendera, no son bien recibidos en algunas casas; en otras… bueno, ya sabe usted lo que significa estar expatriado, aqui se pierde el sentido de la categoria y lo mismo tratas a un tendero que a un hombre de negocios.
Amelia la escuchaba mientras memorizaba los nombres y oficios de todos los que le senalaba.
Dos semanas despues de compartir algunas tardes en el Cafe de Saladino, Amelia y Max aceptaron la invitacion
