de los Schneider para cenar el sabado siguiente en su casa.
– Sera una velada con amigos, les parecera que estan en Berlin, ya vera.
Precisamente ese mismo dia, Albert les anuncio que no podia alargar mas su estancia en El Cairo y que debia regresar a Berlin.
– Volvere mas adelante, pero si necesitas ponerte en contacto con nuestra gente, llama a este numero y pregunta por Bob Robinson, es un buen hombre y es quien se encarga de este asunto. Por ahora las cosas van sobre ruedas, os estais dando a conocer, sin llamar demasiado la atencion, y eso esta bien. En el informe que Bob me ha pasado sobre los Schneider se cuenta que eran unos nazis fanaticos. El era contable de una empresa que servia de tapadera a los tejemanejes de las SS. Sus dos hijos fueron movilizados y murieron en el frente. Uno de ellos, el mayor, era oficial de las SS. En cuanto al propietario del Cafe de Saladino, Martin Wulff, debeis estar atentos, llego aqui hace poco mas de un ano, compro el cafe y lo arreglo. Tiene buenos contactos entre las autoridades egipcias. Al parecer le hirieron gravemente en la guerra, con eso justifica que le enviaran a casa y que el decidiera venir aqui. Era sargento de las SS. Si le hubieran herido de gravedad, tendria alguna secuela, pero parece sano. Sorprende que un sargento de las SS llegara aqui con dinero suficiente para montar un negocio… Id con cuidado y no os fieis de el. Nuestra oficina de la OSS cree que Wulff pertenece a una organizacion que ayuda a los miembros de las SS que logran huir de Alemania a que consigan una nueva identidad. Se trata de una organizacion secreta que algunos miembros de las SS decidieron poner en marcha en vista de la deriva de la guerra. Sabian que si ganaban los aliados, todos ellos serian juzgados por criminales, de manera que decidieron buscar una via de escape para tener garantizado el futuro. Puede que el nos lleve hasta Winkler.
Las instrucciones de Albert fueron precisas: debian hacer vida social con la colonia alemana, hasta que Winkler se confiara y apareciera para intentar matar a Amelia.
Los Schneider habian invitado a cuatro parejas mas; eran diez a la mesa, entre ellos Martin Wulff, el propietario del Cafe de Saladino, que iba acompanado de una mujer egipcia de mediana edad.
La casa de los Schneider era casi una mansion. Estaba situada en una zona tranquila de la ciudad, Heliopolis, un lugar cercano a El Cairo, donde vivian los principales mandatarios egipcios. Contaban con varias personas de servicio.
A Amelia le sorprendio que, siendo solo dos personas, vivieran en una casa tan grande.
– ?No se siente muy sola en una casa tan espaciosa? -pregunto Amelia a la senora Schneider.
– Cuando la compramos pensabamos que aqui pasarian temporadas nuestros hijos, pero la guerra ha destrozado todos nuestros suenos.
La senora Schneider insistio a Amelia para que la llamara por su nombre, Agnete, y para distinguirlos de los demas invitados, coloco a Max a su derecha y a Amelia entre el senor Schneider y Martin Wulff.
– De manera que han decidido juntarse con los demas -dijo Wulff.
– ?Como dice? -pregunto ella, sorprendida.
– Supongo que el hecho de ser aristocratas les hace vernos como si fueramos poca cosa, pero la gente como nosotros somos quienes hemos luchado por hacer grande a Alemania. Nuestro Fuhrer ha muerto, pero todos nosotros llevamos su legado, y algun dia lo haremos realidad. No, aun no hemos perdido, senora Von Schumann, ?o debo llamarla baronesa?
– La guerra ha terminado, senor Wulff, y comienza una era distinta, cuanto antes lo aceptemos todos, mejor- respondio secamente Amelia, intentando vencer la repugnancia que le producia aquel sargento de las SS.
– En algo tiene razon, vivimos tiempos distintos, de lo contrario un aristocrata como su esposo jamas se habria sentado en la misma mesa que nosotros. Pero aqui nos tiene, todos iguales, viviendo como expatriados mientras los aliados destrozan nuestra patria. Se atreven a juzgarnos, ?y quienes son ellos para juzgar a nadie? ?Acaso no han matado lo mismo que nosotros? El proceso de Nuremberg es una nueva humillacion al pueblo aleman.
Amelia contuvo su deseo de responderle. Si estaba alli era para hacer salir a Winkler de su escondrijo, y para ello necesitaba que el supiera que estaba alli. Desvio la conversacion preguntando a Wulff por sus «hazanas» durante la guerra y despues interesandose por la buena marcha del Cafe de Saladino.
– No creo que haya un solo aleman en El Cairo que no acuda a su cafe.
No respondio a la afirmacion de Amelia, pero si presumio de codearse con compatriotas que meses antes de la guerra ni le habrian mirado.
– Es una pena que los mejores cientificos alemanes vean frustradas sus investigaciones, y que algunos hayan sido obligados a marcharse a Rusia o a Estados Unidos para salvar la vida -dejo caer Amelia para evaluar el efecto que esa afirmacion pudiera hacer en Wulff. Y efecto tuvo, porque no respondio, solo la miro, y a continuacion se puso a hablar con la mujer que tenia al otro lado.
Cuando llegaron a casa, Max parecia agotado.
– ?Cuanta vulgaridad! -exclamo.
– Lo siento, es parte del trabajo.
– Lo se, lo se, y pienso que el dinero que nos dan nos lo hemos ganado. He tenido que soportar durante toda la noche las previsiones que ha hecho el senor Schneider sobre el futuro. Asegura que el nazismo no ha muerto, que son como esos juncos que crecen en las orillas del Nilo, que se pliegan ante la fuerza del viento y del agua pero permanecen firmes sin romperse jamas.
– No se han disuelto, Max, siguen ahi.
– No te entiendo…
– Han perdido la guerra, pero estan dispuestos a seguir luchando por un futuro IV Reich. Ahora esconden la cabeza, pero para volverla a sacar cuando estimen oportuno. Volveran, Max, volveran. Lo que tenemos que averiguar es si estan organizados, si son algo mas de lo que parecen. Desde luego ese es el caso de Wulff, Albert me lo dijo.
– No soy un espia -respondio Max, incomodo-, y nuestro unico compromiso consiste en hacer salir a Winkler de su escondite, si es que esta aqui.
– Lo se, pero no podemos desperdiciar la informacion que vamos obteniendo, puede ser valiosa. Quiero que me cuentes con detalle todo lo que has escuchado esta noche, luego escribire un informe para Bob Robinson.
– ?Eso es lo que hacias cuando me espiabas a mi?
Amelia bajo la cabeza, avergonzada. En algunas ocasiones Max la hacia sentirse una malvada. No es que el le hubiera reprochado nunca lo sucedido en Atenas, pero algunos comentarios, como el que acababa de hacer, le recordaban que el jamas olvidaria cuanto le habia enganado.
– Me fumare una pipa mientras te cuento todas las estupideces que he escuchado para tu informe, ?te parece bien?
Una tarde, su vecino del tercero, el senor Ram, les propuso ir al Valle de los Reyes.
– Voy a llevar a mi familia, quiero que mis hijos conozcan el pasado de nuestro pais. Yo hablo y hablo de ese pasado todos los dias en la escuela, pero los ninos lo comprenderan mejor si lo pueden tocar. He pensado que quiza les gustaria acompanarnos. Nos alojaremos en Luxor, en casa de unos familiares, que les acogeran encantados.
Amelia se entusiasmo con la invitacion, pero Max se mostro contrario.
– ?Crees que estoy en condiciones de hacer visitas arqueologicas? ?Que he de hacer? ?Aguardar junto a Fatima a que tu y Friedrich vayais de un lado a otro? No, no ire, pero me parece bien que tu y el nino acompaneis a la familia del senor Ram. Yo me quedare aqui, con Fatima. Me cuidara bien.
Friedrich insistio que no iria a ningun sitio sin su padre. El nino no habia superado el horror que habia vivido cuando quedo solo con su madre muerta bajo los escombros. Cuando le rescataron, lo llevaron a una institucion con otros huerfanos, hasta que dieron con su padre. Sus tias tambien habian muerto. No tenia a nadie excepto a su padre, y por nada del mundo consentiria que le separaran de el.
Finalmente Max cedio por Friedrich.
Por entonces parecia no tener demasiados problemas con el arabe, y comenzaba a entenderse con los otros ninos y acudia contento a la escuela del senor Ram.
Max, por su parte, no hacia demasiados esfuerzos por aprender, a pesar de la paciencia del senor Ram, que todas las tardes acudia puntual a darles clases a Max y a Amelia. Pero mientras ella se aplicaba con interes en la tarea de aprender el idioma, Max parecia distraido e indiferente.
