La excursion a Luxor les resulto emocionante a Amelia y a Friedrich, y Ram y su familia hicieron todo lo posible por agradar a Max.

La casa del hermano del senor Ram estaba situada a una distancia prudencial del Nilo, era una precaucion ante las crecidas anuales del rio. La familia del senor Ram vivia de la agricultura, y tambien de ayudar a las expediciones arqueologicas que hasta antes de la guerra eran habituales en aquella parte de Egipto. Franceses, alemanes e ingleses competian por revolver la arena del desierto para arrancarle sus secretos y sus tesoros escondidos.

El hermano del senor Ram acomodo a los visitantes en un cuarto fresco desde cuya ventana se veia el Nilo. A Fatima le asignaron un recodo del pasillo.

Era imposible que la silla de ruedas de Max no se quedara atascada en la arena, pero el senor Ram no estaba dispuesto a rendirse e improviso unas parihuelas encima de un burro. El baron al principio se negaba, temia hacer el ridiculo, pero fue tal la insistencia de Friedrich que decidio probar. Y asi pudo adentrarse en el camino que conducia a las tumbas de los Reyes. Los sobrinos del senor Ram le ayudaban a bajar a algunas de las tumbas llevandole ellos mismos en las parihuelas.

Regresaron al cabo de cuatro dias satisfechos de la excursion.

– Friedrich es feliz aqui -admitio Max.

– Come, juega, estudia, esta con otros ninos y te tiene a ti. Ademas, este sol le anima; ahora mismo debe de estar nevando en Berlin.

Amelia se impacientaba por la ausencia de noticias sobre Winkler. Por mas que seguian asistiendo a veladas en las casas de los alemanes expatriados que habian ido conociendo, en ningun momento les habian hablado de ningun cientifico que se refugiara en El Cairo. Y, o bien Winkler no estaba alli, o bien simplemente apreciaba demasiado su vida y la de su padre como para exponerse intentando matar a Amelia.

– Tengo la sensacion de estar malgastando vuestro dinero -confeso Amelia a Bob Robinson.

– No se crea, Amelia, sus informes nos estan ayudando mucho.

– ?Pero si no hay nada relevante en ellos! -protesto Amelia.

Un mes despues Albert regreso durante unos dias a El Cairo. Comentaba las noticias de Europa con Max, y este le escuchaba atento.

– Tito ha creado una Federacion de Republicas en Yugoslavia con Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia- Herzegovina, Montenegro y Macedonia. Y la monarquia italiana puede tener los dias contados, hay una corriente imparable a favor de la Republica.

No fue hasta mediados de abril cuando la senora Schneider le confeso a Amelia un secreto.

– Yo confio en usted, querida, y desde luego en el baron, que tanto ha sufrido por la guerra. Pero mi marido me tiene prohibido que les cuente algunas cosas.

– Yo tambien confio en usted, Agnete. A mi tambien me pide Max que sea prudente, dice que las mujeres hablamos demasiado. Pero realmente nosotras sabemos bien en quien podemos confiar y en quien no. Yo supe que usted seria mi amiga en cuanto la conoci. En realidad es mi mejor amiga aqui.

– ?No sabe como me satisface escucharla! Es usted una gran senora. A mi Ernst le costo mucho terminar sus estudios, trabajaba para poder pagar la universidad. Ya eramos novios entonces, y le confieso que sentia envidia de aquellos jovenes despreocupados que iban a clase con Ernst.

Aquella tarde Amelia hizo alarde de sus mejores dotes como agente logrando que la senora Schneider se «confesara» con ella.

Primero le dijo que tanto a ella como a Max les gustaria poder seguir contribuyendo a la grandeza de Alemania.

– Max ha pagado un alto precio por defender a la patria, y ahora anora poder hacerlo. Pero aqui poco podemos hacer, claro que es mejor estar aqui que en Berlin, expuestos a la persecucion a la que estan siendo sometidos los buenos alemanes. No imagina las veces que han interrogado a Max por haber sido un oficial de la Wehrmacht. Ni siquiera respetan su estado fisico… -se quejo Amelia.

La senora Schneider la escuchaba interesada, y Amelia podia leer en sus ojos la lucha que mantenia consigo misma hasta decidirse a contarle su secreto.

– ?Oh, cuanto lo siento! Le aseguro que hare todo lo posible para… para que… para que nuestro pequeno grupo cuente con el baron.

– ?De verdad? ?Y que podria hacer Max o yo misma?

– Bueno, primero dejeme que convenza a Ernst y que el se encargue de lo demas.

Amelia no insistio. Habia conseguido que la senora Schneider hablara de su pequeno «grupo». Por aquella tarde era suficiente.

– Agnete, quiza les gustaria venir a cenar a usted y a Ernst. Me encantaria que los cuatro pudieramos hablar tranquilos, en confianza. ?Que le parece?

– ?En su casa? -La senora Schneider parecia entusiasmada.

– Quiza el proximo viernes, si no tienen otro compromiso.

– De etiqueta, claro esta, tratandose de una cena con el baron… -afirmo mas que pregunto la senora Schneider.

Amelia a duras penas contuvo la risa, y asintio.

Max se enfado cuando Amelia le anuncio que habia invitado a cenar al matrimonio Schneider.

– ?Aqui, en nuestra casa? No me parece una buena idea. Y no comprendo por que ha de ser de etiqueta. Me parece ridiculo vestirnos de etiqueta para cenar con esa gente.

Amelia se sento a su lado y le cogio la mano, luego le miro a los ojos y pudo ver toda la rabia contenida.

– En Berlin no teniamos nada que comer. Friedrich lloraba por las noches porque le dolia la tripa a causa del hambre. Ya no nos quedaban objetos por vender. Ahora no nos falta de nada; tenemos una buena casa, comida abundante, incluso una criada. Friedrich es feliz, ?no has visto su sonrisa cuando ha llegado de banarse en el Nilo con los hijos del senor Ram? Pero todo esto lo tenemos que pagar, y el precio es tratar con gente a la que tu nunca habrias mirado, ademas de hacernos notar para que Winkler sepa que estoy aqui. Creo que la senora Schneider esta a punto de revelarnos que hay una organizacion secreta de nazis que viven en Egipto. No se si solo son unos nostalgicos que se reunen para charlar de tiempos pasados y sonar con el futuro, o si realmente hacen algo mas. La unica manera de averiguarlo es formar parte de ello, y para eso te necesito. Es a ti a quien quieren, quien les interesa. Les deslumbra que el baron Von Schumann este con ellos.

– Esto no fue lo que acorde con Albert James.

– Si, Max, esto tambien entraba en el trato. En el espionaje no hay barreras infranqueables, hay que traspasarlas todas; no puedes esperar a que la informacion llegue a ti, debes ir tu a buscarla. Puede que a traves de ese grupo encontremos a los Winkler.

– O puede que no, y entonces nos habremos implicado en un grupo de fanaticos.

– Ya estuviste implicado en un grupo de fanaticos que dirigian el pais y te enviaron a la guerra -respondio Amelia friamente.

– De manera que yo tambien he de pagar mi parte porque nos dan de comer, ?es eso lo que me estas diciendo?

– Si -respondio ella, sosteniendole la mirada.

Amelia organizo una cena como si fueran a recibir a la reina de Inglaterra. Pidio a Bob Robinson que le proporcionara una vajilla de porcelana y copas de cristal veneciano o de Bohemia, ademas de cubiertos de plata y un mantel de hilo fino.

A Fatima le hizo ponerse una cofia, compro un esmoquin para Max, y entre ella y Fatima confeccionaron otro para Friedrich. Ella tambien se compro un traje de noche de seda negro, y le pidio a Bob Robinson que tambien se hiciera con alguna joya con la que deslumbrar a los Schneider.

Bob aparecio a primera hora de la tarde con el pedido de Amelia.

– El mantel es de la embajada, y las joyas, de la esposa de un diplomatico amigo mio; en cuanto a la vajilla, tambien me la han prestado. ?Que no se rompa ni una sola copa o me quedare sin empleo! Espero que esta gente les cuente algo sustancioso.

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