– Confio en que asi sera -asintio Amelia.

– Manana vendre a por todo. ?Ah! Gracias, baron, por haberse implicado; Amelia tiene razon, es usted quien les interesa.

El dia de la cena, la senora Schneider llevaba un vestido color malva y una estola de piel. Amelia se compadecio de ella al verla envuelta en pieles con una temperatura de veinticinco grados como tenian en El Cairo por aquellos dias. El senor Schneider se estiraba de la chaqueta del esmoquin, que parecia estarle pequeno o acaso era prestado.

El comedor estaba iluminado con velas y hasta alli llegaba el sonido de un disco con musica de Wagner.

Agnete parecia feliz por haber sido recibida en casa del baron, una casa mas modesta que en la que ella vivia, pero donde todo respondia a un gusto que la hacia sentirse inferior.

No fue hasta los postres cuando el senor Schneider se animo a proponerle a Max entrar en su grupo.

– Muchos de los expatriados creemos que aun podemos ser utiles a Alemania, que nuestro compromiso con el Fuhrer no se ha acabado, y debemos luchar por hacer realidad el IV Reich. Necesitamos un nuevo Fuhrer, un hombre excepcional como lo fue Adolf Hitler, y lo encontraremos, elegiremos al mejor de nosotros. Si pudieramos contar con usted… seria un honor, baron.

– Ernst me honra con su invitacion, pero ?que es exactamente lo que hace su grupo. ?En que podria ser util un hombre como yo?

– Como usted sabe, soy propietario de una casa de cambio, y el que lo sea no es fruto de la casualidad ni de la improvisacion. Las SS se anticiparon al futuro en prevision de que los aliados pudieran ganar la guerra y fueramos derrotados. Un grupo de oficiales ideo una ruta de escape por si eso llegaba a suceder. Usted sabe que en los depositos de las SS habia obras de arte confiscadas a los judios y a los enemigos del Reich, ademas de oro y piedras preciosas, y otros objetos de valor. Cada grupo de oficiales opto por una ruta: unos han huido a Sudamerica, otros a Siria, a Irak, a Espana, a Portugal, incluso a Suiza. El tesoro se dividio en varias partes y se saco de Alemania con toda discrecion; cada grupo se hizo cargo de una de esas partes. Mi grupo decidio venir a El Cairo, por eso yo me instale aqui meses antes de que terminara la guerra, para organizarlo todo.

– ?Impresionante! -aseguro Max con sinceridad.

– Muchos de los hombres que han ido conociendo en el Cafe de Saladino son antiguos oficiales o personas cuyo trabajo, como es mi caso, dependia de las SS. Todos son patriotas sin tacha, hombres y mujeres dispuestos a morir por la patria. Cuidaremos de nuestro tesoro y lo utilizaremos para el mejor fin: recuperar Alemania.

– ?Y como lo haran? -pregunto Max.

– Ahora poco podemos hacer, habra que esperar a que los aliados se cansen de juzgar alemanes, que aflojen su interes por nosotros. Luego ayudaremos a los camaradas que estan agazapados esperando el gran momento. Mientras, ayudamos a todos los nuestros que han tenido que huir. Les damos una nueva identidad, y algunas personas que son muy valiosas las protegemos, cuidamos de borrar sus huellas para que nadie sepa donde estan.

– ?Impresionante! -repitio Max-. ?Y en que puedo ayudar?

– Por ahora sera suficiente con su consejo. Usted es un hombre de mundo, bien relacionado, y en Alemania no hay ninguna causa abierta contra usted, eso nos puede ayudar.

– ?Son muchos los patriotas que lograron escapar? -se intereso Max.

– Son muchos los que salieron de Alemania dias antes del desastre. Cada uno tomo su ruta, tal y como estaba previsto.

– ?Y como se comunican entre ustedes?

– ?Sabe?, los banqueros no miran el color del dinero. Antes no les importaba tener en sus arcas el dinero de los judios, y ahora no nos preguntan de donde proviene el nuestro. En Suiza estan algunos miembros de la organizacion que sirven de enlace entre los distintos grupos. Y asi continuara hasta que podamos regresar.

– ?Cuando cree que sucedera eso? Ansio regresar a la patria -aseguro Max, y lo hizo con tal conviccion que Amelia penso que estaba siendo sincero.

– No debemos precipitarnos, pero ?quien sabe?, quiza dentro de dos o tres anos. Somos muchos los que hemos tenido que dejar Alemania, pero son muchos mas los que resisten alli. ?Podemos contar con usted, baron?

– Desde luego, ya le he dicho que para mi es un honor. Y ahora les propongo un brindis por el futuro de Alemania.

– Y por el Fuhrer -apostillo la senora Schneider.

Cuando Bob Robinson acudio a casa de Max y Amelia a recoger la vajilla, no imaginaba lo provechosa que habia resultado la cena.

– ?Es lo que sospechabamos, pero ahora tenemos la prueba! Deben seguir tirando del sedal hasta que podamos pescar un salmon bien gordo.

– ?El salmon no era el profesor Fritz Winkler? -pregunto Max.

– Desde luego, pero acaso podamos pescar mas. Voy a mandar un mensaje a Albert James, creo que este asunto merece que haga una visita a El Cairo. Ustedes deben colaborar en todo lo que les pidan, tienen que seguir ganandose su confianza, y obtener los nombres autenticos de quienes forman parte del grupo, los bancos con los que operan, los contactos en las altas esferas egipcias… en fin, necesitamos saberlo todo.

– Pero usted no debe venir por aqui -apunto Max-. Nos han dado la bienvenida al grupo, pero supongo que nos vigilaran hasta estar convencidos de nuestra lealtad. De manera que seria dificil justificar las visitas de un norteamericano.

– Tiene razon, pero a veces hacer las cosas de la manera mas sencilla es mejor que complicarlas. Mi tapadera en Egipto es la de representante de una empresa que vende productos norteamericanos manufacturados. Eso me permite tener contacto en las altas esferas y haber conocido a un buen numero de hombres de negocios. Podrian decir que me conocieron durante una cena.

– ?Y que nos hicimos amigos repentinamente? -respondio Max.

– No, no es buena idea Bob. Quiza… no se… podria funcionar -dijo Amelia.

– ?El que? -preguntaron al unisono los dos hombres.

– Puede justificar su presencia en este edificio porque asiste a las clases del senor Ram. Es profesor, y hace horas extras ensenando el idioma a extranjeros como nosotros. Podria acordar con el visitarle un par de dias a la semana.

– Hablo el idioma con cierta fluidez -aseguro Bob.

– Pero lo quiere perfeccionar, dira que no lo escribe bien, y necesita saber hacerlo para sus negocios. Quiza con un dia a la semana sea suficiente.

A lo largo de 1946 Amelia y Max se fueron introduciendo en el grupo de Ernst Schneider. Al principio no compartian con ellos mucha informacion, aunque les invitaban a actos patrioticos que tenian lugar en el sotano de la enorme casa de los Schneider. Agnete comprometio a Amelia para que le ayudara a bordar una bandera con la cruz gamada.

Albert James los visito en tres ocasiones y les aseguro que la informacion que estaban consiguiendo era de gran utilidad para la OSS.

– Ahora conocemos el modus operandi de los grupos que han huido de Alemania. En Suiza es dificil obtener informacion bancaria, pero hemos sido capaces de seguir algunas operaciones hechas desde aqui. Su organizacion es mas compleja de lo que os cuentan.

En una de aquellas visitas, Max le pregunto a Albert hasta cuando debian permanecer en El Cairo.

– Fritz Winkler aun no se ha dejado ver, pero si esta aqui, lo hara. Es cuestion de tiempo. En todo caso, la informacion que nos estais proporcionando desde que os habeis infiltrado en la organizacion es muy valiosa.

– Me gustaria regresar a Alemania. Friedrich ya se siente mas a gusto hablando arabe que aleman. Esta creciendo con las pautas de los chiquillos de aqui, sin ninguna referencia a nuestros valores, a nuestra cultura, salvo lo que Amelia y yo le podemos ensenar. Creo que prefiere estar aqui que en Alemania.

– Estais aqui voluntariamente; si lo quereis dejar, me encargare de que podais regresar -respondio Albert sin ocultar lo mucho que le contrariaba la peticion de Max.

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