– No, no nos iremos, todavia no -les interrumpio Amelia-. ?Que quieres hacer en Berlin? ?Pretendes que nos muramos de hambre? Alli nadie nos necesita, aqui si. Por eso nos pagan bien. Estoy ahorrando, lo hago para cuando no tengamos otra opcion que regresar, y entonces podamos comprar comida. Pero aun no tenemos suficiente, y no quiero regresar para mendigar. Te pido, Max, que aguantes un poco mas.

– Me doy asco a mi mismo teniendo que frecuentar a esa gente, escuchando sus soflamas estupidas, asegurando que impondran el IV Reich, incluso sugiriendo que yo seria un buen Fuhrer puesto que tanto he sufrido por la patria. Me ven en lo alto de un podio, un lisiado, llamando a la rebelion. ?Son unos locos! Pero odio el engano, no soy como vosotros. Aunque desprecio a esta gente, me repugna enganar.

– Pensadlo bien. Pasado manana regreso a Berlin. Si estais decididos a volver, lo organizare todo -fue la respuesta de Albert.

Amelia le acompano a la puerta.

– Esta deprimido, no imaginas como son las reuniones con todas esas banderas con la esvastica.

– Para mi sera un contratiempo si decidis regresar, pero seria peor que os quedarais y que Max se pusiera nervioso y no lo pudiera soportar. Lo he aprendido mas tarde que tu, Amelia, pero hace falta tener los nervios templados para este negocio.

– … que a ti te ha cambiado, Albert -sentencio Amelia.

– Cuando me conociste, lo que mas amaba era mi profesion, despues te ame a ti, luego llego la guerra y ya no tuve opcion.

– Tu tienes opcion, Albert, tu puedes dejar esto y regresar a tu profesion.

– No, ya no puedo, una vez que te has dedicado a esto ya no hay marcha atras.

Albert regreso al dia siguiente y Max le dijo que habian tomado una decision.

– Un ano mas, Albert, un ano mas. Si en ese tiempo Winkler no aparece, es que no esta aqui. Dentro de un ano regresaremos a Berlin.

– De acuerdo, un ano.

14

Pero la espera se alargo mas de un ano. A finales de 1947 Ernst Schneider recibio una carta que le provoco, a partes iguales, un estado de alegria y ansiedad.

Por aquel entonces Max se habia convertido en su mano derecha a la hora de invertir en el mercado internacional los bienes que estaban en poder del grupo.

Schneider parecia confiar sin reservas en el baron Von Schumann; sin embargo, no le dio detalles sobre el contenido de esa carta que tanto le habia alterado. Tan solo le confeso que muy pronto recibirian la visita de un heroe de la guerra, y de su padre, un hombre preeminente; ambos habian estado ocultos porque los aliados les buscaban.

Max se lo conto de inmediato a Amelia.

– No se de quien se trata, pero debemos avisar a Bob Robinson.

– Quiza se trata de Winkler -sugirio ella.

– No lo se, pero son unas personas muy importantes. Schneider me ha dicho que se alojaran en su casa, y que tenia que hablar con Wulff para garantizar la seguridad de los dos hombres que espera.

– ?De donde vienen?

– No me lo ha dicho.

La senora Schneider fue mas explicita que su marido, y cuando dias mas tarde se encontro con Amelia en el Cafe de Saladino, no se resistio a las confidencias.

– El baron le habra dicho que esperamos invitados. No imagina, querida, quienes son; los aliados buscan desesperadamente a uno de ellos, es un hombre muy importante. Salieron de Berlin el mismo dia que Hitler se suicido, y han estado casi todo el tiempo en Espana. Franco mantiene buenas relaciones con los britanicos y con los norteamericanos, y aunque protege a los nuestros, estos invitados estaran mas seguros aqui. Nuestro grupo les protegera. El sargento Martin Wulff -y miro de reojo al dueno del Cafe de Saladino- sirvio a las ordenes de uno de ellos. Aun no puedo decirle de quienes se trata, pero le aseguro que los conoceran. Se alojaran en casa, y he pedido permiso a mi esposo para organizar una cena en su honor.

Ni Max ni Amelia lograron mas informacion de los Schneider. Solo cabia esperar, para desesperacion de Max, que habia planificado el regreso a Berlin en los primeros dias de enero de 1948. Ahora no tenian otra opcion que esperar a saber quienes eran los misteriosos desconocidos.

El senor Schneider le dijo a Max que durante unos dias no se verian.

– Llegan nuestros invitados y he de concentrarme en que todo salga bien. Ya le avisare.

En visperas de fin de ano, recibieron una tarjeta de los Schneider invitandoles a despedir 1947 junto a otros compatriotas con una cena en su casa.

Llego el dia, y mientras ayudaba a Max a vestirse para la cena, Amelia noto su inquietud.

– No te preocupes, todo saldra bien -dijo para animarle.

– Puede que sean Winkler y su padre, puede que sean otros, no lo se; pero sean quienes sean, deben de ser muy importantes. No puedo dejar de estar preocupado; si es Winkler, nos reconocera, y entonces, ?que diremos?

– Tu eres un oficial, un heroe, estas a salvo de cualquier sospecha.

– ?Por favor, Amelia! Winkler sabe donde y por que perdi las piernas. Y sobre todo te conoce a ti. Les contara a los otros quienes somos realmente.

– Nunca hemos ocultado quienes somos. Y aunque Winkler siempre haya sospechado de mi nunca ha podido demostrar nada.

– Excepto que tenias en las manos uno de los detonadores de la Resistencia griega con los que destruisteis un convoy del Ejercito aleman. He de confesarte que siempre pense que Winkler no iba a aparecer.

– Puede que no sea el -le animo Amelia.

– Tengo un presentimiento.

– No te preocupes, Bob o sus hombres estaran cerca. El taxista que nos llevara a casa de los Schneider es un hombre de la OSS.

Amelia no se lo dijo, pero guardo en el bolso la pequena pistola que le habia dado Albert James cuando llegaron a El Cairo.

Max sabia de la existencia del arma, pero nunca penso que ni el ni Amelia la tuvieran que llegar a utilizar.

La senora Schneider se habia esmerado en crear un ambiente navideno para la fiesta de fin de ano. En el jardin habian colocado un pino decorado con luces y bolas de cristal. Amelia se pregunto donde lo habria conseguido. El vestibulo y el salon tambien aparecian decorados con guirnaldas y velas.

Saludaron a los invitados de los Schneider; los conocian a todos, eran los miembros mas relevantes de aquel grupo de nazis exiliados. Pero no vieron a ningun desconocido. Agnete susurro al oido de Amelia que los dos invitados especiales estaban a punto de bajar de sus habitaciones.

De pronto el senor Schneider hizo sonar una campanilla reclamando la atencion de sus invitados.

– Senoras y senores, tenemos esta noche entre nosotros a dos grandes patriotas, a dos hombres que se han sacrificado por Alemania, y que pudieron escapar a tiempo para no caer en manos de nuestros enemigos. Han estado ocultos durante mucho tiempo, pero por fin les tenemos entre nosotros. Su viaje hasta aqui no ha sido facil, y apenas hace un par de horas que han llegado. Como muchos de ustedes, han adquirido una nueva identidad, y sera con sus nuevos nombres con los que les trataremos. Senoras y senores, un aplauso para los senores Gunter y Horst Fischer.

Dos hombres entraron en el salon. Uno era un viejo que caminaba con los hombros encorvados y la mirada cansada; se apoyaba en el brazo de otro mas joven, de porte erguido y aspecto militar. Al verlos, todos aplaudieron

Вы читаете Dime quien soy
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату