Amelia permanecio sin moverse unos minutos mas hasta estar segura de que los hombres habian abandonado el despacho. Tenia que sacar a Max de alli, y se preguntaba si Bob Robinson estaria cerca y alerta, tal y como habian acordado.

Bob le habia entregado una pequena linterna, con el encargo de que si Fischer resultaba ser Winkler, ella debia acercarse a una ventana y hacer una senal. Algo simple, solo encenderla y apagarla. Era el momento de hacerlo.

Cuando regreso al salon, el senor Schneider estaba hablando con Max, y la senora Schneider se dirigio nerviosa hacia ella.

– Pero ?donde se ha metido? La he buscado por todas partes, estaba preocupada.

– He salido un momento al jardin, me sentia mareada, no he querido decir nada para no preocuparla ni tampoco al baron.

– Mi esposo queria saber donde estaba usted…

– Pues aqui estoy, nadie se pierde en una casa -respondio forzando una sonrisa.

Gunter Fischer se acerco a ellas, y Amelia, a pesar de que aquel no era el rostro que ella habia conocido del coronel Winkler, estaba segura de que era el.

– De manera que es usted espanola… vaya… habla usted perfectamente aleman.

– Un idioma que amo como mi propia lengua.

– ?Le gusta vivir en El Cairo?

– Desgraciadamente no estaremos mucho tiempo. Regresamos a Alemania. La nostalgia nos puede, senor Fischer.

– Si, nuestra querida Amelia y el baron nos dejan dentro de unos dias, regresan a Berlin. La echaremos de menos -afirmo la senora Schneider ignorante de la situacion.

– De manera que se marchan… ?y por que decidieron venir a El Cairo?

– Despues de la guerra pensamos que era conveniente salir de Alemania hasta que todo se calmara.

– ?Y cree que ya no corren ningun peligro en Alemania?

– Espero que no, senor… Fischer.

No dijo mas, y haciendo una inclinacion de cabeza, se alejo de las dos mujeres.

– Pobrecillo, ha debido de sufrir mucho. Antes era un hombre bien parecido, pero esas operaciones en el rostro…

– ?A causa de heridas de guerra? -pregunto Amelia.

– ?Oh, no!, para que nadie les reconozca, ni a el ni a su padre. Ya se habra dado cuenta, querida, de que el viejo senor Fischer es un cientifico, uno de los mas valiosos que tenia Alemania. Los aliados habrian dado cualquier cosa por detenerle y obligarle a trabajar para ellos. Pero Fritz Winkler antes se habria suicidado que trabajar para los sovieticos o los norteamericanos. -La senora Schneider habia mencionado el verdadero nombre de los Winkler sin darse cuenta de ello.

– Sin duda, merecen nuestra admiracion -respondio Amelia.

– Desde luego, querida, y tambien nuestro agradecimiento. No ha debido de ser facil para ellos vivir todo este tiempo en Espana, y llegar hasta aqui ha sido muy complicado. Debian de haber venido hace mas de dos anos, pero el viejo senor Winkler estuvo a punto de morir cuando le operaron el rostro por primera vez, no quedo bien, tuvo una infeccion… Afortunadamente lo supero, pero ha estado muy enfermo, y su hijo, el coronel Winkler no quiso correr riesgos. A usted le sorprendio que vivieramos en una casa tan grande, ?verdad, querida? Pero estaba destinada a ellos; el senor Winkler necesita espacio para montar su laboratorio, su despacho. Yo les cuidare, y procurare que nada les falte.

Se acercaron hasta donde estaba Max, que hablaba con el senor Schneider.

– Querido, creo que es hora de retirarnos -le dijo Amelia.

– Le dire a Wulff que los acompane -sugirio Schneider.

– ?Oh, no hace falta! Acorde con el taxista que nos trajo que viniera a esta hora para llevarnos a casa, seguro que ya esta esperando.

– Pero a Wulff no le importa, y yo me quedare mas tranquilo sabiendo que no van solos por ahi a estas horas.

– No se preocupe, senor Schneider, conocemos al taxista, es como nuestro chofer en El Cairo.

Wulff se acerco a ellos. A Amelia el dueno del Cafe de Saladino le resulto mas siniestro que nunca.

– Les llevare a su casa -dijo con tal rotundidad que parecia imposible negarse.

– Gracias, senor Wulff, pero ya se lo he dicho a nuestros anfitriones, un taxi nos esta esperando. Pero le agradecemos el gesto, ?verdad, Max?

Amelia comenzo a empujar la silla de Max hacia la salida. Cuando la senora Schneider abrio la puerta, alli estaba el taxi del que Amelia hablaba. El conductor se bajo de el, mostrandose solicito con ella y el baron.

– Yo ayudare al senor mientras usted dobla la silla y la coloca en el asiento de delante.

Ni Wulff ni los Schneider pudieron evitar que Amelia y Max se marcharan en aquel taxi.

Dos calles mas adelante, doblaron por una esquina, y el taxi se paro. De un coche que estaba aparcado a pocos metros se bajo Bob Robinson.

– ?Que ha pasado? -pregunto sin preambulos.

– Es Winkler y su padre, y ha dado orden de matarnos.

– Mandare a por Friedrich a su casa y les llevare a un lugar seguro.

– Si lo hace, sabran que los hemos descubierto y desapareceran. Tenemos que correr el riesgo de que intenten asesinarnos.

– Dejare un par de hombres vigilando su casa -acepto Bob Robinson.

– De acuerdo. ?Podra coger a Winkler?

– El objetivo es hacernos con Fritz Winkler, y espero conseguirlo.

– ?Esta misma noche?

– No, no lo creo, estaran alerta. No podemos irrumpir en la casa de los Schneider, debemos esperar a que salgan de ella.

Aquella noche, ni Max ni Amelia durmieron tranquilos, aun sabiendo que los hombres de Bob Robinson vigilaban la casa.

– Tenemos que irnos cuanto antes, no esperaremos dos semanas para marcharnos -le anuncio Max.

Al dia siguiente no paso nada. Bob fue a verlos para tranquilizarlos y escuchar todos los pormenores sobre la cena y lo que habia averiguado Amelia.

– Tenemos la casa de los Schneider vigilada, y creo que con la descripcion que nos ha hecho de los Winkler, no se nos escaparan. Tambien he aumentado la vigilancia de esta casa, nadie podra entrar ni salir sin que le veamos, y si vieramos algo sospechoso actuariamos de inmediato.

– Actuaran rapido, no pueden permitir que sigamos vivos sabiendo lo que sabemos -aseguro Max.

– Lo extrano es que no lo hayan intentado ya -anadio Amelia.

– Anoche perdieron su mejor oportunidad. Wulff solo tenia que llevarles a algun lugar apartado y asesinarles, luego quitarles todo lo que llevaban encima para que pareciera un robo y tirarles al rio tal y como le oyo decir a uno de aquellos hombres. Pero ahora tienen que pensar una nueva forma de hacerlo. Y deben tener cuidado, los egipcios saben quienes son y les dejan estar aqui; algunos funcionarios reciben gustosos sus sobornos, pero la condicion es que sean discretos. No pueden ir matando a la gente a la luz del dia -insistio Bob Robinson.

– Quiero que proteja a mi hijo -exigio Max.

– Lo haremos. Dos de mis hombres le seguiran cada vez que salga de su casa, iran con el a todas partes, le esperaran en la puerta de la escuela, pero el no se dara cuenta, no se preocupe.

– Si, si me preocupo. Nunca debimos haber aceptado hacer esto… -se quejo Max.

– Pero lo aceptaron y han cobrado por ello, de manera que no se queje. -Bob Robinson no se andaba con sutilezas y no estaba dispuesto a permitir que en el ultimo momento el baron lo echara todo a perder.

– Tienen que matar al coronel Winkler o el me matara a mi. No le interesa ni Max ni Friedrich, es a mi a quien Winkler quiere ver muerta. Y esta vez procurara no fallar -intervino Amelia.

– Mis ordenes son llevarme a Fritz Winkler, a ser posible sin hacer mucho ruido. Tampoco queremos problemas

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