– Si, efectivamente, mi abuelo materno se llamaba Javier.

– Bien, usted dira que desea.

Le explique que llevaba inmerso un tiempo rastreando la vida de Amelia, quienes me habian ayudado, los paises que habia tenido que visitar, y que la ultima pista me habia conducido a Berlin.

– Porque usted debe de ser el hijo del baron Von Schumann, Max, el amante de mi bisabuela.

– Asi es, pero, por favor, no hable de la relacion de mi padre y Amelia como la de amantes, fueron mucho mas que eso. Ademas, para mi, Amelia fue mi madre, la unica madre que realmente he conocido. Y ahora de repente aparece usted diciendo que sus primas Laura y Melita le han encargado que escriba la historia de Amelia… Ella las queria mucho, sobre todo a Laura. Nunca las conoci, pero Amelia me ensenaba fotos de ellas y de su hermana Antonietta.

Le pedi que me ayudara, porque sin su colaboracion dificilmente podria seguir adelante. Antes de responderme, se levanto y me pregunto que queria beber. Luego salio del despacho y cuando regreso lo hizo seguido de una mujer de su edad.

– Use, este es el bisnieto de Amelia.

La mujer me tendio la mano mientras me sonreia. Tenia el aspecto afable que uno espera que tengan las abuelitas. Tambien era alta, y a pesar de la edad, permanecia erguida. El cabello era igual de blanco que el de Friedrich.

– Mi esposa no ha podido resistir la curiosidad de conocerle. Tambien conocio a Amelia y sentia afecto por ella.

– ?Oh, era una mujer muy valiente! Aprendi mucho de ella.

– Si, valiente si debio de ser -respondi yo, ansioso por saber.

Ilse salio del despacho y regreso con una bandeja, una botella de whisky y una cubitera de hielo.

– Llamadme si me necesitais y… bueno, quiza quiera compartir la cena con nosotros…

– No quiero molestarles…

– Usted es el bisnieto de Amelia, para mi es como si fuera de la familia, ademas… yo le debo la vida a Amelia -respondio Use.

Me sentia euforico. No solo habia encontrado a Friedrich, sino que ademas parecia dispuesto a colaborar, e incluso su simpatica mujer acababa de decirme que Amelia le habia salvado la vida. De manera que me prepare para que ambos me sorprendieran.

Friedrich me escucho atentamente cuanto le conte lo que habia averiguado de la peripecia de Egipto.

– Creo que esa fue la etapa mas feliz de mi ninez, y puede que de mi vida. Si por mi hubiera sido, habria continuado viviendo en El Cairo y no habriamos regresado a Alemania -comento a modo de preambulo.

– ?Que edad tenia?

– Cuando regresamos creo que debia de tener unos seis anos.

– Asi que se acuerda bien de lo sucedido en esa epoca.

– Mas o menos, aunque naturalmente mis recuerdos posteriores son mas concretos. Mi esposa, Use, tambien le puede hablar de ella. Ya ve, la queria mucho. En realidad yo conoci a Ilse a traves de Amelia, y eso que ambos estudiabamos en la universidad. Yo estaba en medicina, siempre quise ser medico como mi padre, e Ilse estudiaba ciencias fisicas. Pero antes de contarle nada, quiero que me de su palabra de que manejara con cuidado la informacion. Me ha dicho que es periodista y… bueno, no me gustan demasiado los periodistas, tengo poca fe en los de su oficio.

– No me extrana, a mi me sucede lo mismo.

Friedrich von Schumann me miro con asombro y luego se echo a reir.

– Bueno, al menos tenemos algo en comun, ademas de Amelia. Vera -se puso serio-, aunque hace mas de veinte anos que cayo el Muro, en realidad los que crecimos con el lo seguimos sintiendo en nuestra cabeza. Lo que le voy a contar no solo tiene que ver con Amelia, sino que tambien afecta a otras personas a las que no les gustaria que se supieran las cosas que hicieron en su dia. Y tienen derecho a que se respete su secreto, su intimidad. De manera que no le dire sus nombres autenticos; ademas, nada de lo que le cuente le autoriza a que se conozca mas alla de su ambito familiar. Nada de caer en la tentacion de publicar la vida de su bisabuela. Si no se compromete por escrito, no le dire nada.

Acepte todas sus condiciones y firme un documento que el mismo redacto.

– Para mi, cuando un hombre da su palabra, deberia de ser suficiente garantia, pero desgraciadamente la vida me ha ensenado que el codigo de conducta que me inculco mi padre no esta en vigor.

Al mirarle me imaginaba a Max von Schumann. Porque Friedrich tenia el porte, los modales y la apostura que uno espera en un aristocrata. Ademas por partida doble, porque su madre, la condesa Ludovica von Waldheim, tambien habia dejado su huella en el.

– Naturalmente, usted heredo el titulo de sus padres, es usted baron, ?verdad? -le pregunte por curiosidad.

– Si, asi es, herede el titulo de mi padre y el de mi madre. Creo que soy el unico superviviente de las dos familias. Pero para mi los titulos no significan nada, absolutamente nada, recuerde que creci en un pais comunista. Me resultaria extrano que alguien me llamara «baron». No, realmente el titulo no significa nada para mi, ni tampoco para mis hijos.

Eran casi las cuatro cuando Friedrich comenzo a contarme lo que recordaba.

«Aun recuerdo el frio del dia en que llegamos a Berlin. Pero sobre todo el impacto que me produjo el control en el aeropuerto. Por aquel entonces ya eran muy tensas las relaciones de los rusos con el resto de los aliados, y aunque todavia no habian levantado el Muro, si habia un muro psicologico. Ya habia diferencias entre el Berlin que controlaban los sovieticos y el resto de la ciudad, que estaba en manos de los aliados. Nuestra casa desafortunadamente estaba en el lado sovietico, pero cerca de la zona norteamericana; en realidad, existia una frontera invisible. Desde nuestras ventanas veiamos el sector norteamericano, casi podiamos tocarlo con la mano.

No era la mejor casa de la familia, sino un edificio de alquiler que habia dado buenas rentas antes de la guerra. Cuando llegamos a nuestra casa e intentamos entrar nos encontramos con que la llave no abria la puerta, alguien habia cambiado la cerradura. Amelia busco a la portera para pedirle una explicacion, pero una vecina nos informo de que la mujer ya no vivia alli, se habia ido a casa de una hija en Berlin Occidental y que nuestra casa habia sido puesta a disposicion de otra familia. La mujer nos dijo que los sovieticos estaban haciendo un recuento de los pisos vacios y de sus propietarios, y que cuando no los encontraban, los confiscaban para ponerlos a disposicion del pueblo. Puede imaginar que en Berlin de 1948 habia mucha gente que no tenia nada, que lo habia perdido todo en los bombardeos. Las autoridades sovieticas realojaban a personas que les eran afines, miembros del que seria el Partido Comunista, en los mejores alojamientos que encontraban. Nuestro piso lo ocupaba un hombre que colaboraba con los sovieticos en la administracion de su parte de la ciudad. El hombre vivia con su mujer y dos hijos, que en esos momentos no estaban en la casa. Todos nuestros muebles, nos explico la vecina no sin cierta sorna, habian sido depositados en el sotano del edificio, un lugar no demasiado grande que servia de trastero a los vecinos. Antes de la guerra, los porteros guardaban alli los cubos de basura y todos sus utensilios, los ninos tambien habian encontrado hueco para sus bicicletas, y algunos vecinos amontonaban muebles viejos de los que no se querian desprender. Al sotano se llegaba a traves de unos pequenos escalones situados al lado de un rellano en el que habia una unica puerta, la de la vivienda del portero, que quedaba fuera de la vista de cualquiera que entrara en el portal. La porteria propiamente dicha estaba junto al ascensor y era un pequeno cuartito, en el que apenas cabian una mesa y dos sillas.

Le cuento todo esto porque la vecina que nos informo habia oido que si regresabamos, podiamos ocupar la que habia sido vivienda de los porteros. Presumio de ser ella a quien habian hecho depositaria de la llave.

Mi padre no dijo nada, jamas se habria rebajado a manifestar una emocion delante de una vecina, y Amelia actuo igualmente con indiferencia, como si lo que nos estaba pasando fuera lo mas natural del mundo y mi padre no fuera el propietario de todo el edificio. Cogio la llave que le entrego la vecina y entramos en la vivienda de los porteros sin saber que nos encontrariamos.

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