La casa estaba vacia, no Habia ningun mueble, ninguna huella de sus anteriores ocupantes. El polvo y la suciedad se acumulaban en el suelo y en las ventanas que daban al pequeno jardin que, a su vez, daba paso al edificio.

El rostro de mi padre reflejo la indignacion que sentia.

– No podemos quedarnos aqui -dijo Max.

– Tendremos que hacerlo -replico Amelia.

– No, no lo haremos. Ahora mismo acudiremos a las autoridades sovieticas para que nos devuelvan lo que es mio. Este edificio me pertenece, es lo unico que queda en pie de cuanto tenia mi familia. Tengo el titulo de propiedad, no pueden echarme de mi casa.

– No sabes como son los sovieticos, Max, no nos lo devolveran.

– Iremos ahora mismo -insistio el, a pesar de lo cansados que estabamos del viaje.

– Quiza deberiamos hablar con Albert James, tal vez los norteamericanos puedan presionarles.

– Es mi casa, Amelia, y no me la pueden quitar. Si no me acompanas, lo hara Friedrich, el tambien es capaz de empujar la silla de ruedas.

Mire a Amelia, desolado. No me gustaba verlos discutir, sufria, y temi que en aquel instante se pelaran, pero no fue asi. Amelia se encogio de hombros y acepto que fueramos al edificio donde los sovieticos habian instalado su Cuartel General.

Nadie parecia saber nada, solamente que habia una orden de que los edificios que aun se mantuvieran intactos y en los que hubiera viviendas vacias fueran puestos a disposicion de quienes pudieran acreditar que sus casas habian sido destruidas y, por tanto, carecian de un lugar donde vivir. Si habiamos dejado el piso vacio durante mas de dos anos era porque no lo necesitabamos, de manera que no teniamos nada que reclamar. Y si ademas disponiamos de otra vivienda en el mismo edificio, ?a que venian las quejas? ?Es que no nos parecia digno vivir donde habia vivido la portera? ?Acaso nos creiamos mejores que ella?

Mi padre aseguro que presentaria una queja por escrito y que queria hablar con quien tuviera autoridad para resolver el asunto, pero sus protestas fueron inutiles.

Amelia se hizo cargo de la situacion con una resignacion que me asombro. Cuando llegamos a la casa, me envio a una tienda cercana a comprar algunas cosas de limpieza. Mientras fui a cumplir el recado, ella bajo al sotano para averiguar si realmente alli estaban nuestros muebles.

La casa era pequena: una sala, una cocina, un bano minusculo y dos habitaciones; de manera que no tardo en limpiarlo todo. Lo que mas le preocupaba era como ibamos a subir los muebles del sotano, pero se le ocurrio una idea.

– Acompaname a la calle, Friedrich, he visto que habia unos cuantos crios desocupados cerca de aqui. Les daremos unas monedas si nos ayudan.

No pudimos subir todos los muebles, pues algunos eran muy pesados y otros no habrian cabido, de manera que tuvimos que conformarnos con lo imprescindible. Habia caido la noche cuando Amelia dio por terminado el traslado. Mi padre apenas hablaba, tal era su desolacion.

– Menos mal que ahora disponemos de dinero para vivir una buena temporada -dijo Amelia.

– No nos quedaremos aqui -afirmo mi padre sin conviccion.

– Nos quedaremos mientras se arreglan las cosas, y no estaremos tan mal. Mira, la casa limpia y con nuestros muebles parece otra cosa. Creo que deberiamos pintarla. Yo misma lo hare con la ayuda de Friedrich.

– ?Vamos a pintar nosotros la casa? -pregunte, incredulo.

– ?Por que no? Sera divertido.

Mi padre protesto. Decia que tendriamos que tener las ventanas abiertas y hacia demasiado frio. Pero ella se mostro firme. Nos sentiriamos mejor con las paredes limpias, pintadas de colores claros.

La acompane a un almacen donde al final opto por comprar material para empapelar las paredes. El hombre que nos vendio los rollos aseguro que nosotros no podriamos hacerlo y que por una modica cantidad el podria ayudarnos. Amelia acepto pero regateo el precio hasta que el hombre se dio por vencido.

Tres dias despues la casa parecia distinta, hasta mi padre tuvo que reconocerlo.

– ?Ves?, ha sido una buena idea empapelarla en vez de pintarla, asi no huele a pintura -le dijo Amelia.

Y aquella casa se convirtio en nuestro hogar, en el lugar donde vivi hasta que me case con Use. Creo que aquella casa de alguna manera marco nuestro destino, porque muchas de las cosas que sucedieron habrian sido imposibles si no hubieramos vivido alli.

Los sovieticos administraban Berlin como el resto de la Alemania que ya les pertenecia, y la brecha con las otras zonas de la ciudad en manos de norteamericanos, britanicos y franceses aumentaba dia a dia. No hace falta que le recuerde la crisis del 48. Norteamericanos y britanicos habian creado una bizona en Alemania Occidental, a la que se uniria Francia, creando lo que se conocia como la trizona en la que se situaria una Asamblea constituyente y el Gobierno Federal. Pero no fue eso lo que provoco la crisis, sino la reforma monetaria que para los sovieticos supuso un gran problema y les llevo a responder con su propia reforma monetaria y con el bloqueo de Berlin de junio de 1948 a mayo de 1949. Los norteamericanos salvaron el bloqueo sovietico poniendo en marcha un puente aereo. En realidad, la particion de Alemania habia comenzado mucho antes, en la Conferencia de Yalta, y quiza incluso antes, en la de Teheran, cuando norteamericanos, britanicos y sovieticos decidieron dividir Alemania en zonas de ocupacion. Habian redisenado el mapa, cambiando el curso de la frontera polaca, y todo lo que habia sido Alemania central paso a formar parte del imperio sovietico, y Berlin quedaba como una isla con cuatro administradores, pero enclavada en el corazon de la Alemania en poder de los sovieticos.

De la misma manera que la politica de apaciguamiento con Hitler habia sido un desastre, las potencias occidentales comenzaron a hacer lo mismo con Stalin, permitiendole que incumpliera todos los compromisos de Yalta: por ejemplo, el de que los pueblos liberados decidirian como querian gobernarse. Stalin no les dio opcion. Fue un compromiso que nunca penso cumplir.

Algunos periodicos defendian que habia que comprender que Stalin quisiera unas fronteras «seguras», y que esa obsesion por la seguridad es lo que le llevaba a hacer determinadas politicas.

Pero no quiero distraerle con disquisiciones politicas. En aquella casa tan pequena era dificil no escuchar largas conversaciones y algunas discusiones entre Amelia y mi padre.

Antes de que se cortaran las comunicaciones entre nuestro Berlin y el de los aliados, solia visitarnos con frecuencia Albert James.

Para mi, Albert James era como un tio que aparecia con bolsas de golosinas y juguetes ingleses y norteamericanos que eran la envidia de mis amigos.

Solia jugar al ajedrez con mi padre, hablaban de politica y disertaban sobre el futuro.

En una de sus visitas, Albert les dijo que queria hacerles una propuesta. En realidad la propuesta era para Amelia.

– Necesitamos ojos en esta parte de Berlin.

– ?Ojos? ?Y para que? -pregunto Amelia.

– Sin los sovieticos no se habria ganado la guerra, pero no se nos escapa que tenemos intereses diferentes. Churchill ha dicho que los sovieticos estan extendiendo un «Telon de Acero» tras sus zonas de influencia, y tiene razon. Necesitamos saber que sucede.

– De manera que ahora los rusos pasan a ser vuestros enemigos. -El tono de voz de mi padre estaba cargado de ironia.

– Tenemos intereses contrapuestos. Pueden ser un peligro para todos nosotros… ya lo liemos hablado otras veces.

– ?Que es lo que quieres, Albert? -pregunto Max, directamente.

– Quiero que trabajeis para la OSS, que os unais a nosotros, al grupo que tenemos aqui.

– No, eso se acabo -respondio de manera tajante.

– Al menos me gustaria que lo pensarais.

– No hay nada que pensar -insistio Max.

– ?Que tendriamos que hacer? -pregunto Amelia sin mirar a Max.

– Eso os lo diria si aceptarais mi propuesta, y a nuestros amigos britanicos no les importaria que tu, Amelia, trabajases para nosotros.

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