con los egipcios. Pero no dude de que si Winkler viene a por usted, la protegeremos, ya se lo he dicho -insistio Bob Robinson.

El 2 de enero de 1948, Amelia recibio una nota de la senora Schneider pidiendole que la acompanara a hacer unas compras en Jan el-Jalili. El senor Schneider, por su parte, telefoneo a Max para pedirle que se reuniera con el y otros amigos en el Cafe de Saladino.

– No iras -le prohibio Max.

– Tengo que ir, y tu lo sabes.

– ?Quieres que te maten? ?Que crees que pasara si vas ajan el-Jalili? Desapareceras y luego apareceras muerta en alguna de sus callejuelas.

– Ire, Max. Si no lo hago, sospecharan y esconderan a los Winkler. Quieren saber si sospechamos algo, si hemos reconocido a sus invitados. Nos comprometimos a hacer un trabajo, y nos han pagado por hacerlo, tenemos que cumplir nuestra parte, y luego regresaremos a Berlin. Te lo prometo, Max.

Mandaron aviso a Bob Robinson y este les ordeno que acudieran a las citas.

– Si no van, sospecharan, y adios operacion. Siento el riesgo que van a correr. Lo mas que estoy dispuesto a ceder es que usted, Max, se excuse diciendo que no se encuentra bien, pero Amelia no puede dar ninguna excusa, ha de ir. Ellos creen conocerle, por tanto piensan que si usted sospechara algo no permitiria a Amelia acudir a esa cita con la senora Schneider.

– Al parecer no saben que cuando un hombre se vende deja de ser el mismo -respondio Max, conteniendo la ira que sentia en ese momento.

– Llamelo como quiera, pero yo que usted no me atormentaria. Este trabajo es asi, y la paga es buena. No hay nada mas que hablar. Pero los que lo hacemos tambien creemos en algo -respondio Bob Robinson.

Max decidio ir a la cita del Cafe de Saladino, pero no antes de hacer jurar a Bob Robinson que en caso de que algo les sucediera a Amelia o a el, la OSS se encargaria de proteger a Friedrich garantizando su educacion en Alemania.

– Nadie le va a matar esta tarde, Max, solo quieren averiguarlo que ustedes saben. Si no se sale del guion que hemos preparado, no sospecharan, pero todo depende de usted.

La senora Schneider acudio a buscar a Amelia. Se la notaba nerviosa, y ella, siempre tan parlanchina, apenas hablaba. En cuanto a Max, el taxista que trabajaba para Bob le llevo hasta el Cafe de Saladino con el encargo de esperarle hasta que terminara la reunion con Schneider y sus amigos.

– ?Se encuentra usted mejor? -pregunto la senora Schneider a Amelia.

– Desde luego, ?por que me lo pregunta?

– La otra noche me dijo que se habia sentido indispuesta…

– Hacia calor y… bueno, ya sabe, las cosas que nos pasan a las mujeres…

Caminaron en direccion a la ciudad vieja y a Amelia le sorprendio el paso rapido de la senora Schneider, como si estuviera deseosa de llegar a algun lugar.

– ?Que va a comprar? -pregunto.

– ?Oh!, nada de importancia, pero no me gusta ir sola a Jan el-Jalili, a veces creo que una se puede perder por esas callejuelas. Quiero hacer un regalo a mi esposo y me han hablado de un joyero que tiene piedras preciosas a buen precio, me gustaria engarzar unos gemelos, no se… quiza rubies o aguamarinas. ?A usted que le parece?

Entraron en la ciudad vieja y la senora Schneider aflojo el paso, miraba a derecha e izquierda como esperando que alguien le dijera por donde debia ir. Amelia no tardo en descubrir que seguian a un hombre no demasiado alto, vestido a la manera tradicional, que siempre iba varios pasos por delante de ellas. Cada vez las introducia por callejuelas mas intrincadas.

– ?Esta segura de que sabe adonde vamos? -pregunto a la senora Schneider, que cada vez parecia mas nerviosa.

– No se preocupe, querida, me estoy orientando bien, creo que no nos hemos perdido.

El hombre que parecia servir de guia a la senora Schneider se paro ante un portal oscuro, luego continuo andando. La senora Schneider tambien se paro en el portal y le indico a Amelia que la siguiera.

– Es aqui, si, esta es la direccion.

Subieron por unas escaleras angostas que finalizaban ante una puerta que la senora Schneider empujo y luego se aparto para que entrara primero Amelia.

Durante unos segundos no vio nada, luego sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y de pronto escucho que la puerta se cerraba. Se dio la vuelta buscando a la senora Schneider, pero habia desaparecido.

– Pase, Amelia -dijo una voz que ella reconocio al instante. Era el coronel Winkler.

– ?Ah, senor Fischer! No sabia que ibamos a encontrarnos con usted -respondio Amelia con voz inocente, mientras que con una rapida mirada comprobaba que estaban solos y no habia nadie mas en aquella estancia.

– ?No lo sabia?

– No, desde luego que no. ?Donde esta el joyero? Este lugar es un tanto extrano, ?no le parece? -Amelia pudo ver que Fischer estaba sentado en una silla, la unica que habia en la estancia y parecia esconder algo en el regazo.

– ?Basta! Usted sabe quien soy, ?no es verdad?

– Claro, senor Fischer, ?como no habria de saberlo?

El coronel Winkler se levanto y apenas pudo dar un paso. No le dio tiempo a saber como, pero sintio un impacto en el rostro. La penumbra le habia impedido ver que Amelia sacaba la mano del bolsillo de la chaqueta, empunando una pistola. Murio dandose cuenta de que Amelia le estaba disparando.

Ella no paro de disparar hasta vaciar el cargador. Le disparo al rostro, al vientre y al corazon. No podia dejar de dispararle temiendo que siguiera vivo. A continuacion, cuando le vio en el suelo, inmovil, en medio de un charco de sangre, se tranquilizo. No escucho ningun ruido, como si nadie se hubiese alertado por los disparos. Dio media vuelta y corrio escaleras abajo hasta llegar al portal, y despues freno el paso para no llamar la atencion. Llevaba un panuelo cubriendole el cabello, pero aun asi no era dificil que alguien pudiera reconocerla cuando encontraran el cadaver del coronel Winkler.

De pronto un hombre se acerco a ella, y le reconocio, trabajaba para Bob Robinson.

– ?Que ha pasado? He visto a la senora Schneider salir asustada de esa casa de donde usted acaba de salir ?Quien les esperaba?

– Era una trampa. El coronel Winkler queria matarme, pero le he matado yo.

– ?Que ha… que…! Usted no debia matarle, nadie le ha ordenado que lo hiciera. A Bob no le gustara y a Albert James aun menos -le reprocho el hombre mientras la sujetaba fuertemente del brazo.

– ?Suelteme! El coronel deseaba matarme personalmente y no iba a esperar a averiguar si le habia reconocido a no. El sabia que si, de manera que necesitaba matarme cuanto antes. Si yo no le llego a matar, usted me habria encontrado muerta. Ahora el muerto es el. ?Que sabe de Max?

El hombre no respondio. Hizo una sena a otros dos agentes a los que Amelia no habia visto.

– El coronel Winkler esta muerto -les anuncio.

Volvio a agarrar a Amelia del brazo y, tirando de ella, la saco de Jan el-Jalili.

– He de ir a buscar a Max.

– No, usted no ira a ningun lado. No ha cumplido con su parte del plan. La llevare a su casa y alli esperara a Bob y a Albert James, y le juro que no permitire que se mueva ni un metro de donde yo estoy.

– ?Albert esta en El Cairo?

– Ha llegado esta manana.

Max regreso al cabo de dos horas. La tension se reflejaba en su rostro.

– ?Que ha pasado? -Amelia le abrazo nada mas verle entrar en la casa ayudado por aquel taxista que trabajaba para Bob.

– No lo se, Schneider me ha hecho todo tipo de preguntas: sobre ti, sobre lo que pensabamos hacer en Berlin, sobre Friedrich… Pero no estaba ninguno de los Fischer, ni el padre ni el hijo. El senor Schneider parecia querer

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