entretenerme, no se, ha sido todo muy extrano. Wulff estaba nervioso y solo hacia que mirar el reloj. Le dijo al encargado que se iba y salio del cafe sin saludarnos. Y tu, ?como ha ido con la senora Schneider?

– Todo ha ido bien, no te preocupes.

Bob Robinson se presento una hora mas tarde acompanado de Albert James, en ellos parecia haber una mezcla de enfado y euforia.

– ?Albert, no sabia que estabas aqui! -exclamo Amelia, contenta de verle.

– Bob me aviso y he podido llegar a tiempo para ayudarles en la operacion. Pero tu…

– Nos ha metido en un lio. No ha debido matar al coronel Winkler- intervino Bob, cortando a Albert James.

– ?Como! -exclamo Max, asustado.

– No tuve opcion, si no lo hubiese hecho me habria matado el.

– Eso no lo sabe -protesto Bob.

– Llevaba una pistola. ?Cree que hizo que me llevaran a una casa abandonada de Jan el-Jalili para tomar el te? Era o el o yo.

– Y usted le disparo, pero yo le ordene que no lo hiciera. Mis hombres la seguian de cerca.

– Pero no hubieran podido evitar que me matara, ?como podrian haberlo hecho? El me habria disparado y habria salido tranquilamente de aquella casa, como lo hice yo. Sus hombres me habrian encontrado muerta.

– ?Era necesario vaciar todo el cargador? Le ha destrozado… -Bob parecia impresionado por el informe de sus hombres.

– Empece a disparar y… queria asegurarme de que estaba muerto.

– Lo esta, puede estar segura de que lo esta, y ahora tengo un cadaver del que deshacerme.

– ?Basta, Bob! Ya no hay vuelta atras, lo arreglaremos -intervino Albert James.

– ?Y el padre de Winkler?

– Esta bien, muy bien. Hicimos una visita inesperada a casa de Schneider. Habia varios hombres armados protegiendole, pero pudimos sacarle sin disparar un tiro -respondio Albert.

– ?Como lo hicieron? -quiso saber Amelia.

– No desconfiaron de un egipcio bien vestido que dijo ser el secretario de un importante politico al que el grupo del senor Schneider soborna desde hace tiempo. Acudia a presentar sus respetos al senor Fischer y a decirle que estaba a su disposicion para proveerle de cuanto necesitara. Fueron al despacho de Schneider para hablar mas tranquilos. Un hombre que trabaja para nosotros lleva anos formando parte del servicio de la casa de los Schneider, trabajando como jardinero, asi que los guardaespaldas del falso senor Fischer no desconfiaron de el. Entro en el despacho, encanono al senor Fischer, y con la ayuda del supuesto secretario, le durmieron con cloroformo y le sacamos por la puerta del sotano en un cubo de basura grande, de los que se utilizan para el jardin. El falso secretario del politico salio de la casa tranquilamente. Todo ha ido sobre ruedas, salvo por el pequeno detalle de que has matado al coronel Winkler. Pero eso ya no podemos cambiarlo -concluyo Albert.

– Era su vida o la mia -insistio Amelia.

– ?Sabe? -anadio Bob-, me ha metido en un buen lio. Ahora, si me lo permiten, preparemos su coartada. Si no le importa le golpeare la cabeza, tendra que acudir a un dispensario, dira que fue con la senora Schneider de compras a Jan el-Jalili, a casa de un joyero, no recuerda bien donde, poco antes de llegar alguien la golpeo y la dejo tirada en el suelo despues de robarle. Esta usted muy preocupada por la senora Schneider, no sabe que ha sido de ella. Es la version que mantendra delante de todo el mundo, incluida la propia senora Schneider. Luego continuaran con los preparativos de su viaje y se iran en la fecha prevista. -Bob expuso el plan con un tono que no dejaba lugar a replica.

– ?Y hasta entonces? -pregunto Amelia.

– Tendran que seguir interpretando el papel de inocentes alemanes expatriados. Ellos no les diran nada de la desaparicion de los Winkler, y ustedes se interesaran por los Fischer, pero sin demostrar demasiada curiosidad - insistio Bob.

Cuando Albert y Bob se marcharon, Amelia tuvo que enfrentarse a la mirada de espanto de Max.

– ?Como has podido matar a Winkler?

– Ya lo he explicado, era el o yo -respondio Amelia, molesta.

– Saliste de casa con una pistola, algo que yo ignoraba, de manera que tu intencion era matarle si le encontrabas.

– Si, esa es la verdad, no voy a enganarte. Queria matarle.

– A veces… a veces… no te reconozco.

– Lo siento, Max, siento que esto te perturbe. Pero creeme que si no hubiera matado a Winkler, ahora estaria muerta. Tuve suerte y pude disparar primero, por eso estoy aqui.

La senora Schneider no pudo despedirse de Amelia alegando haberse puesto enferma. El senor Schneider si lo hizo de Max, lo mismo que algunos miembros de su grupo. Wulff parecia enfurecido, pero tampoco le dijo nada.

Schneider mantuvo la farsa de que sus invitados habian emprendido un improvisado viaje, pero que regresarian en breve.

Le desearon suerte en su regreso a Alemania, y Max noto a Schneider desconcertado, como si no pudiera creer que Fritz Winkler hubiera desaparecido y el cadaver de su hijo, el coronel, hubiera aparecido flotando en el Nilo, y mucho menos que Amelia y Max pudieran tener nada que ver con aquellos sucesos.

Miraba a Max y solo veia a un invalido, a un heroe de guerra. Winkler tenia que estar equivocado, no era posible que el baron estuviera invalido a causa de Amelia. Ningun hombre perdonaria a nadie que le hubiera dejado tuerto y sin piernas. No, no podia ser, pero aun asi ya no podia confiar en ellos.

Amelia suspiro aliviada cuando, desde la ventanilla del avion, vio a lo lejos la figura de la Esfinge.

– No quiero ir a Berlin -le dijo al oido Friedrich-, quiero quedarme aqui.

Ella le apreto la mano y miro a Max. Podia leer su inquietud a pesar de la alegria que sentia al regresar a casa. Dos asientos mas adelante estaba Albert James, sin dar muestras de conocerlos, tal y como habian acordado.

Cuando aterrizaron en Berlin, nevaba copiosamente. Friedrich se quejo del frio que sentia, y volvio a decir que queria regresar a El Cairo. Amelia lo mando callar.»

– Bien, esto es todo -afirmaron casi a la vez el mayor Hurley y lady Victoria.

– ?Como que es todo? ?Que sucedio cuando regresaron a Berlin? -pregunte a mis interlocutores.

– Por mi parte no puedo decirle nada mas. Es lo maximo que me han permitido mis superiores. La operacion de Egipto no fue nuestra, aunque estabamos al tanto de todo lo sucedido. De manera que no consta en nuestros archivos quienes intervinieron. Como ha podido ver, sin los cuadernos de Albert James, que obran en poder de lady Victoria, habria sido imposible saber que su bisabuela estuvo relacionada con aquella operacion.

– Desde luego, pero ?que hicieron a continuacion? ?Siguio trabajando para la OSS, o para la Inteligencia britanica? Algo haria, digo yo, ?no?

– Lo siento, Guillermo, ya le he dicho que no puedo ayudarle. Todo lo que se refiere a operaciones posteriores a la guerra es material clasificado.

– Pero ?por que? -insisti, intentando vencer la resistencia del mayor William Hurley.

– Debe usted comprenderlo -intervino lady Victoria-. El mayor no puede decirle si su bisabuela continuo trabajando como agente. Si fue asi, es un secreto, y si no lo fue, simplemente no lo sabe.

– Pero estamos hablando de lo sucedido despues de la guerra -proteste de nuevo.

– Exactamente, de lo sucedido en la Guerra Fria.

– Ya no hay Guerra Fria.

– ?Ah, no? -El tono de lady Victoria estaba cargado de ironia-. No pretendera que nuestros queridos amigos rusos se enteren de quienes participaron en operaciones secretas detras del Telon de Acero. Imagine que alguno de esos agentes aun viviera. No, Guillermo, hay informacion que nunca conoceremos, ni se pondra a disposicion de los historiadores, por lo menos hasta dentro de un siglo, o tal vez mas. Y para entonces ya no estaremos aqui.

– ?Que fue de Albert James? -insisti.

– Oh, tampoco puedo decirle mucho mas, continuo viviendo en Europa… un poco en todas partes.

– ?Se caso?

– Si, se caso.

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