Enchufe el ordenador y me conecte a internet para ver si tenia algun correo que responder. Para mi sorpresa alli estaban las respuestas del profesor Soler. Me dije que a pesar de mi madre el dia no empezaba nada mal. De manera que me puse manos a la obra, escribi una entradilla para la entrevista y un final, puse los titulares y se la envie a Pepe, el jefe de cultura del periodico digital, recordandole el compromiso asumido con el profesor Soler.

Me enamore de Buenos Aires en el trayecto entre el aeropuerto v el hotel. ?Que ciudad! Al final iba a tener que agradecer a la tia Marta el encargo que me habia hecho, porque, la verdad sea dicha, estaba viviendo una experiencia la mar de interesante conociendo a personas insospechadas y visitando una ciudad como la que se abria a mis ojos en esa manana del otono austral. Mientras en Espana caminabamos hacia el verano, en Buenos Aires se estaban instalando en el otono. Pero la de mi llegada era una manana soleada y tibia.

La agencia de viajes me habia reservado un hotel en la zona centrica de la ciudad. Una vez instalado telefonee al profesor Muinos, que ya habia recibido la llamada pertinente del profesor Soler. Me dio cita para el dia siguiente por la tarde, se lo agradeci porque eso iba a permitirme superar el desfase horario y conocer un poco la ciudad.

Con un plano que me dieron en la recepcion del hotel me lance a la calle dispuesto a descubrir los mejores rincones de la ciudad. En primer lugar me dirigi a la plaza de Mayo, que tantas veces habia visto en television porque alli es donde se reunen esas valerosas mujeres, las Abuelas de Mayo, para protestar por la desaparicion de sus hijos y nietos, victimas de la dictadura militar.

Estuve un buen rato en la plaza, sin perder detalle, sintiendo la fuerza de aquellas mujeres que con sus panuelos blancos y pacificamente habian plantado cara de la manera mas eficaz a aquel atajo de asesinos que formaron parte de la Junta Militar.

Luego visite la catedral, y me deje llevar por el transito humano de las calles portenas hasta que a eso de las seis de la tarde el jet lag me impidio seguir avanzando. Pare un taxi y regrese al hotel, me meti en la cama y no me desperte hasta el dia siguiente.

Lo primero que hice fue llamar a mi madre, convencido de que si no daba senales de vida era muy capaz de llamar a la Interpol para denunciar la perdida de su querido hijo, o sea, yo. Son los inconvenientes de ser hijo unico, y de haber crecido sin padre, puesto que el mio murio cuando yo era un nino.

La casa del profesor Muinos estaba situada en el elegante barrio de Palermo, y tenia dos plantas. Nada mas abrirme la puerta respire el aroma de la madera encerada y de los libros que se apilaban a lo largo y ancho de las paredes, que no eran sino una enorme biblioteca que ocupaba toda la casa.

Me abrio la puerta una mucama boliviana, de aspecto timido, que me condujo de inmediato al despacho del profesor.

Andres Muinos era lo que uno esperaba que fuera un viejo profesor. Vestia de manera informal, con chaqueta de punto, llevaba el cabello blanco peinado hacia atras y tenia ese aire distraido de los sabios y la afabilidad de quien ya lo ha visto todo y nada puede sorprenderle.

– ?Asi que usted es el periodista espanol! -me dijo a modo de saludo.

– Pues si… Muchas gracias por recibirme -respondi.

– Me lo ha pedido Pablo Soler, un buen amigo y colega. Coincidimos en Princeton.

– Si, eso me conto don Pablo.

– Puestos a escribir sobre vidas extraordinarias, la de Pablo lo es, pero se que el objeto de su investigacion es Amelia Garayoa, su bisabuela, si no he entendido mal.

– Pues si, Amelia Garayoa fue mi bisabuela, aunque en la familia se sabe muy poco sobre ella, practicamente nada.

– Sin embargo, fue una mujer importante, mucho mas de lo que usted se pueda imaginar; la suya fue una vida de aventuras y peligros, digna de una novela de Le Carre.

– La verdad es que me voy llevando alguna que otra sorpresa. Pero he de decirle que lo que se de ella hasta ahora no la convierte en una mujer interesante, mas bien me parece alguien que se dejaba dominar por los acontecimientos sin que ella pudiera controlarlos.

– Por lo que me ha contado Pablo, usted sabe de Amelia hasta que se vino con Pierre Comte a Buenos Aires. En aquel entonces era una joven de unos veinte anos, y no se usted, pero yo no conozco a nadie interesante de esa edad, ni siquiera de la edad que tiene usted ahora: ?treinta, treinta y tantos, quiza?

?Caramba con el profesor! No tenia pelos en la lengua. Con una sonrisa estaba diciendome que nunca me habria elegido como companero de conversacion. Pero no era el momento de hacerme el ofendido, asi que puse cara de tonto.

– Creo que ha hablado tambien con la senora Francesca Venezziani, ?me equivoco?

– Vengo de Roma, de estar con ella. Me ha regalado su libro sobre Carla Alessandrini.

– He visto a la senora Venezziani en dos o tres ocasiones, tiene su interes, es lista; sabia que no seria una gran cantante sin embargo, se ha hecho un nombre contando historias de los grandes divos del bel canto. Y sus libros no estan mal, hay que reconocer que estan bien documentados. ?Ha leido ya el libro sobre la Alessandrini?

– No del todo, empece a hacerlo en el avion.

– Carla Alessandrini tambien fue una mujer notable al margen de su talento para cantar. Era fuerte, valiente, decidida, de las que se ponen el mundo por montera, pero por decision propia, no como su bisabuela, que se dejo arrastrar por Pierre Comte. Sabe, joven, no tengo grandes cosas que hacer, asi que he preparado un plan de visitas para llevarle a algunos lugares relacionados con su bisabuela; asi entendera mejor sus andanzas en esta ciudad y de paso conocera usted Buenos Aires, ciudad a la que emigraron mis padres nada mas terminar la guerra civil. Mi padre era capitan del Ejercito republicano, y pudo huir cuando acabo la guerra. ?Menos mal! De lo contrario le habrian fusilado. Yo tenia entonces cinco anos, de manera que, aunque naci en Vigo, me siento de aqui. Pero vayamos a lo nuestro. ?Por donde quiere que empiece?

– Me gustaria saber que paso cuando Pierre y Amelia llegaron aqui.

– De acuerdo -dijo Muinos sonriendo mientras me observaba encender el magnetofono.

«Se instalaron en el Castelar, que esta situado en la avenida de Mayo. Iremos a visitarlo, porque alli se alojo tambien Federico Garcia Lorca entre octubre de 1933 y marzo de 1934.

Era un hotel comodo donde solian hospedarse algunos artistas y escritores a su paso por Buenos Aires. Pierre Comte no tenia intencion de alargar demasiado la estancia en el hotel, sino la de encontrar una casa desde donde poder desarrollar su doble actividad, como librero y espia.

Puede que usted no lo sepa pero a principios del siglo XX Buenos Aires era una ciudad llena de glamour, que habia entrado en la modernidad mirando a Francia, al Paris del baron Hausman. No habia artista que se preciara que no actuara en el Teatro Colon. Fue un empresario italiano el que puso en marcha el proyecto, que conto con varios arquitectos hasta su finalizacion en 1908. En el Colon han actuado autenticas leyendas como Caruso, Toscanini, Menuhin, Maria Callas y, por supuesto, Carla Alessandrini. Tenga usted en cuenta que muchos de los grandes de la opera aseguran que despues de la Scala de Milan, el Colon es el teatro con mejor acustica del mundo.

De manera que en aquella epoca era del todo logico que una gran cantante como Carla Alessandrini actuara en el Colon.

Pierre consideraba una bendicion la amistad que parecia estar surgiendo entre Amelia y Carla. La diva era la mejor tarjeta de visita en esta ciudad, que estaba rendida de antemano ante la gran Alessandrini.

Nuestro hombre no perdio tiempo y al dia siguiente de desembarcar ya estaba buscando un lugar adecuado donde instalarse. En su equipaje traia varios baules con libros raros y ediciones especiales, que sin duda iban a ser de interes para bibliofilos. Muchos de ellos los habia adquirido en Espana una vez que empezo a fraguar la idea de convertir a Amelia en su coartada para instalarse en Buenos Aires.

Moscu no regateaba el dinero a sus espias pero tampoco les dejaba dilapidarlo; estos tenian que dar cuenta hasta del ultimo centimo que gastaban y desconfiaban de los manirrotos. No se podia gastar en balde el dinero del pueblo.

Al segundo dia de su llegada, Carla les envio recado de que estaban invitados al coctel que se ofrecia en su honor en la embajada de Italia. Pierre no podia estar mas satisfecho de como se desarrollaban las cosas y se preguntaba a si mismo si habia sido un acierto hacerse acompanar por Amelia.

Aunque Pierre le llevaba quince anos a ella hacian una buena pareja. La joven tenia una figura fragil, casi

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