Carla Alessandrini, que se daba cuenta de la situacion, intervino en un par de ocasiones manifestando que cualquiera que molestase a su amiga la estaria ofendiendo a ella.

Pierre preferia ignorar la situacion, ya que su objetivo era ir haciendose con un buen numero de conocidos en la cerrada y exquisita alta sociedad portena. Y alli estaba representado lo mejor de lo mejor. No podia haber tenido mayor suerte.

Carla les presento a un matrimonio con el que parecia unirle una vieja amistad.

– Amelia, quiero que conozcas a Martin y Gloria Hertz. Son los mejores amigos que tengo en Buenos Aires.

Martin Hertz era un judio aleman que habia llegado tres anos antes buscando un lugar tranquilo donde librarse de la presion nazi. Era otorrino, y habia conocido a Carla anos atras, en Berlin, cuando la diva tuvo un problema en la garganta dos dias antes de actuar en el teatro de la Opera. Martin cuido de su garganta haciendo posible que se subiera al escenario y conociera otra noche de aplausos. Desde entonces Carla era incondicional de este joven medico aleman que, recien llegado a la ciudad, se enamoro de una portena de origen espanol, Gloria Fernandez, con la que habia contraido matrimonio.

Amelia simpatizo de inmediato con el matrimonio Hertz. Martin reflejaba en el rostro tal bonhomia que inspiraba confianza, y Gloria derrochaba simpatia y personalidad.

– Tienen que visitarnos en mi galeria de arte -les invito Gloria-. Ahora expone un joven pintor mexicano, al que yo le auguro un gran futuro. Intento que mi galeria sea un referente de la nueva pintura, un lugar donde los jovenes encuentren la oportunidad de exponer.

Pierre se comprometio de inmediato a visitar la galeria de los Hertz. Y se decia a si mismo que tal y como habia intuido Amelia era un talisman valioso para abrirse paso en la sociedad portena.

– Mi mejor amiga es alemana, de Berlin -comento Amelia-, aunque ahora mismo no se si estara en Nueva York. ?Ojala que si! Yla es judia, y su padre, herr Itzhak Wassermann, es socio del mio, pero los nazis le han acorralado de tal manera que el negocio se ha ido a pique. Mi padre lleva tiempo intentando convencer a herr Itzhak de que salga de Alemania, y… bueno, antes de venir hacia aqui, me dijeron que estaban pensando en emigrar a Nueva York.

– Los nazis no nos dejan muchas opciones, estan robandonos, despojandonos de nuestros bienes, y los hombres de las SS nos persiguen con sana. Primero nos fueron privando de algunos derechos ciudadanos, y luego con las Leyes de Nuremberg nos han convertido en apestados. Yo me marche en el treinta y cuatro, consciente de que, pese a lo que quieren creer las comunidades judias en Alemania, el nazismo no va a ser efimero. En mayo de 1933 fui testigo de aquel acto vergonzoso y terrible que fue la quema en publico de libros, obras escritas por judios, que pertenecen a la humanidad… Ese acontecimiento fue lo que hizo que me decidiera a marcharme, sabia que despues de aquello iban a seguir acosandonos, como desgraciadamente ha sido. Mis padres no me han querido acompanar, tengo un hermano mayor, casado y con dos hijos, que tampoco ha querido emigrar. Rezo por ellos a diario, y me hierve la sangre cuando les imagino acosados por los vecinos.

– Vamos, Martin, estamos en una fiesta… -protesto Gloria, intentando levantar el animo de su marido.

– Lo siento, ha sido culpa mia… No deberia haber…

– ?No diga eso! Me alegra saber que es usted una persona sensible que se lamenta por la situacion de otros seres humanos -respondio Martin-, pero, efectivamente, Gloria tiene razon, no podemos apesadumbrarnos precisamente en la fiesta de Carla, ella quiere que seamos felices.

De regreso al hotel, Pierre se mostro carinoso y solicito con Amelia. Cualquiera que se hubiera fijado en ellos podria haber pensado que aquel hombre estaba perdidamente enamorado de la fragil joven que caminaba a su lado.

Una semana mas tarde, Amelia y Pierre se instalaron en el bajo que les habia alquilado Luigi Masseti. Pierre lo encontraba el lugar perfecto: a la casa se entraba por un enorme portal, que se encontraba en la planta baja. Un pequeno vestibulo daba paso a un salon de cincuenta metros que efectivamente estaba iluminado por un gran ventanal que daba a la calle. Al fondo, dos habitaciones, una pequena cocina y un cuarto de bano completaban el que iba a ser su hogar. Las ventanas de esa parte de la casa daban a un patio comunal.

Amelia limpio a fondo el que iba a ser su nuevo hogar. Pierre demostro dotes de buen carpintero comprando madera, que convirtio en una gran biblioteca que cubrio todas las paredes del salon. En cuanto al resto de la casa, no se gastaron demasiado en la decoracion, apenas compraron lo imprescindible.

– Esperaremos a ver como nos va el negocio, tiempo habra para disponer de muebles como los que te mereces -le dijo Pierre a Amelia.

No les fue mal. Buenos Aires era una ciudad cosmopolita que se rendia ante los europeos que acudian buscando refugio en ella. Y Pierre era frances, y Amelia una mujer delicada y bella, de manera que no tenian problemas para que poco a poco se les fueran abriendo puertas. Lo unico que a Amelia le sorprendia era que Pierre insistiera en relacionarse con Michelangelo Bagliodi, el marido de la secretaria de la embajada de Italia. Pierre y Bagliodi parecian haber hecho buenas migas, y no era infrecuente que almorzaran juntos, o que los cuatro pasaran la jornada del domingo en la casa de la pareja.

Si Martin y Gloria Hertz les habian ido presentando al mundillo intelectual de la ciudad, Bagliodi, a traves de su esposa Paola, habia logrado que fueran invitados a algunos eventos de la embajada de Italia, en los que Pierre se codeaba con gran naturalidad con embajadores y diplomaticos de otros paises.

Amelia parecia ir acomodandose a su nueva situacion y no era infeliz del todo, aunque vivia preocupada por la guerra civil en Espana. Lo peor para ella fue la marcha de Carla Alessandrini. La diva habia cumplido con sus compromisos artisticos en Buenos Aires y debia regresar a Europa, donde en septiembre inauguraba la temporada en la Scala de Milan, con Aida, una opera dificil y ambiciosa. Antes de marcharse se reunio de nuevo a solas con Amelia en el Cafe Tortoni, que se habia convertido en el lugar favorito de ambas. Alli sentadas en las mesas de roble y marmol verde gustaban de intercambiar confidencias.

– Te echare de menos, cara Amelia… ?Por que no regresas a Europa? Si quieres puedo ayudarte…

– ?Y que haria yo? No, Carla, tome una decision de la que a veces me he arrepentido, pero ya es tarde para volverme atras. Mi marido nunca me perdonara, en cuanto a mi familia… les he hecho mucho dano, ?que harian conmigo si regreso? Solo le pido a Dios que Franco pierda la guerra, y vuelva la tranquilidad. Temo por ellos, aunque Madrid aun resiste…

– Pero ?y tu hijo? No te das cuenta de que si no regresas lo perderas… Aun es pequeno pero un dia querra saber que fue de su madre, ?y que le podran decir? Amelia, yo me ofrezco a llevarte de vuelta a Europa…

Pero Amelia parecia querer reafirmarse en la decision de la que tantas veces se habia arrepentido. Ademas, en aquel momento no se habria atrevido a enfrentarse a Pierre. Temblaba al pensar en su reaccion si le decia que lo abandonaba.

– A mi hijo lo he perdido y se que no me perdonara jamas. Soy la peor madre del mundo, acaso salga ganando con mi ausencia -se reprocho Amelia sin poder contener las lagrimas.

– Vamos, no llores, todo tiene arreglo; se trata de que tu lo quieras. Tienes mi direccion y la de la oficina de Vittorio donde siempre me puedes mandar un mensaje; en todo caso alli te diran donde estoy y como puedes encontrarme. Si me necesitas no dudes en escribirme, sabes que hare lo imposible por ayudarte.

Pierre trabajaba con ahinco, pero de vez en cuando tambien se dejaba llevar por la melancolia. Para el mes de octubre ya mantenia contactos regulares con su controlador, el secretario del embajador de la Union Sovietica, al que le iba pasando la informacion recogida entre los circulos intelectuales, y tambien entre los comerciantes y la clase alta de la ciudad. Sus informes eran minuciosos, y no dejaba de relatar nada, por insignificante que fuera.

Y solia someter a autenticos interrogatorios a Amelia cada vez que ella salia a merendar con sus nuevas amigas o compartia charla con alguna persona destacada, ya fuera en un coctel, en un acto literario o en una cena de matrimonios.

Era un agente disciplinado con una mision que cumplir pero creia que su sitio no era Buenos Aires, donde al cabo de seis meses ya habia «fichado» a un agente en el mismisimo Ministerio de Exteriores, tal y como le habian

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