eterea, tan rubia y delgada. El tenia un porte elegante y era un hombre de mundo.

Carla abrazo a Amelia en cuanto la vio entrar en la embajada.

– Pero ?como no me has llamado? Te he echado de menos, no tengo con quien hablar.

Amelia se excuso alegando que esos dos primeros dias los habian pasado buscando casa y que no les estaba resultando facil encontrar lo que Pierre necesitaba.

– ?Pero yo puedo ayudarte! ?Verdad, Vittorio? Seguro que conocemos a alguien que sabe dar con lo que necesitais. Dejalo de mi cuenta.

Los invitados al coctel, la alta sociedad portena, tomaban buena nota del afecto de Carla por Amelia.

Si la gran Alessandrini tenia bajo su proteccion a aquella pareja, es que era importante. Esa noche Pierre y Amelia recibieron invitaciones diversas para almuerzos, cenas, veladas musicales o acudir a las carreras de caballos. Pierre desplego todo su encanto, su charme frances, y mas de una dama se quedo prendada de aquel hombre galante que tanto prometia con la mirada.

Tanto Pierre como Amelia estaban avidos de noticias sobre la situacion en Espana, y les proporciono respuestas a casi todas sus preguntas un bullicioso napolitano, Michelangelo Balido, casado con una de las secretarias de la embajada de Italia.

– Franco aun no ha entrado en Madrid pero lo hara de un momento a otro. Tengan en cuenta que los mejores generales espanoles estan al frente del alzamiento, nada menos que Sanjurjo, Mola y Queipo de Llano. No tengo la menor duda de que triunfaran por el bien de su patria, senorita Garayoa.

Pierre apretaba con fuerza la mano de Amelia para evitar que esta respondiera de manera airada. La habia aleccionado en la conveniencia de ver, escuchar y hablar poco, pero ella se sentia demasiado afectada para mantener la compostura.

– ?Y cree usted, senor Bagliodi, que Italia y Alemania colaboraran con los militares que se han puesto en contra de la Republica? -pregunto Pierre.

– ?Amigo mio, que duda cabe de que cuentan con la simpatia del Duce y del Fuhrer! Y que si es necesario… Bueno, estoy seguro de que Italia y Alemania ayudaran a nuestra gran nacion hermana que es Espana.

Michelangelo Bagliodi estaba encantado de ser objeto de atencion de aquella pareja que le habia presentado la gran Carla. Ademas, parecian apreciar sus opiniones, lo que encontraba natural, habida cuenta de su posicion de hombre enterado de las vicisitudes de la politica mundial gracias a su matrimonio con la secretaria del embajador, su dulce Paola. El, que habia emigrado muchos anos atras desde su Napoles natal, habia trabajado duro hasta convertirse en un comerciante prospero que ademas habia progresado en la escala social casandose con una funcionaria de la embajada, lo que le proporcionaba nuevos contactos y sobre todo la posibilidad de codearse con lo mas granado de la orgullosa sociedad portena en los cocteles o las cenas de la embajada.

– ?Y que hace el presidente Azana? -pregunto Amelia.

– Un desastre, senorita, un desastre. La Republica esta dejando que se armen los civiles para su defensa, porque mas de la mitad del Ejercito esta con los generales que se han rebelado contra la situacion. Los expertos dicen que las fuerzas estan muy igualadas, pero en mi opinion, senorita, no se puede comparar el genio y la valentia militar de unos con la de los otros. Ademas, ?como se van a poner de acuerdo republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas y toda esa gente de izquierdas? Ya vera como terminan peleandose entre ellos. Yo auguro un buen final para este conflicto con el triunfo de Franco, lo mejor que le puede suceder a Espana.

El napolitano, satisfecho de su conversacion con Amelia y Pierre, se ofrecio a ayudarlos en lo que precisaran.

– Ustedes acaban de llegar y no conocen bien la ciudad, de manera que no duden en solicitar mis servicios para lo que necesiten. Mi esposa y yo nos sentiriamos muy honrados si quisieran visitarnos en nuestra casa, podriamos invitar a algunos amigos y organizar una velada… -se atrevio a proponer Bagliodi.

– Estariamos encantados de visitarles -aseguro Pierre.

Bagliodi les entrego su tarjeta y apunto en un papel el hotel donde la pareja se alojaba prometiendo mandarles recado pronto para celebrar esa velada.

– ?Es un imbecil! -dijo Amelia apenas se hubieron separado de el-. ?Y no pienso ir a casa de ese fascista! ?No entiendo como le has dicho que iremos!

– Amelia, si el primer dia que llegamos proclamamos nuestras ideas nos haremos vulnerables. No conocemos a nadie en esta ciudad, y necesitamos que se nos vayan abriendo puertas. Te he dicho en alguna ocasion que colaboro cuanto puedo con la Internacional Comunista, y nunca viene mal saber que piensan los enemigos.

– ?Ni que fueras un espia! -exclamo Amelia.

– ?Que tonterias dices! No se trata de espiar, pero si de escuchar, porque lo que ingenuamente dicen los enemigos nos sirve para estar preparados, para ir un paso por delante de ellos. Aspiro a la revolucion mundial, a acabar con los privilegios de quienes todo lo tienen, pero naturalmente no van a dejar que les despojemos de ellos, y por eso es necesario que sepamos como piensan, como se mueven…

– Si, ya me lo has dicho. Aun asi, yo no estoy dispuesta a tratar con ese hombre insoportable y con su insipida mujer.

– Haremos lo que tengamos que hacer -sentencio Pierre, fastidiado por el malhumor de Amelia-. Ademas, ?quien mejor que ese hombre para informarnos de la situacion en Espana? Creia que ansiabas tener noticias fidedignas de tu pais.

Al dia siguiente Amelia recibio una llamada de Carla invitandola a merendar en el Cafe Tortoni.

– Pero ven sola, que quiero que hablemos tranquilas. Termino los ensayos a eso de las seis. Creo que encontraras facilmente el cafe. Esta en la avenida de Mayo y en Buenos Aires todo el mundo lo conoce.

Pierre no puso ningun inconveniente a la cita y dedico la jornada a continuar buscando ese lugar ideal que hasta ese momento solo existia en su imaginacion.

Amelia encontro a Carla nerviosa; siempre lo estaba antes de un estreno, pues no se dejaba enganar por los halagos.

– Todos son muy amables pero si llego a soltar un gallo, me crucificarian y me darian la espalda con la misma naturalidad con que hoy se inclinan ante mi. No puedo permitirme un fallo, me quieren sublime, y asi he de estar.

La noche del estreno, invitados por Carla, Amelia y Pierre ocuparon un palco. Amelia lucio bellisima segun contaron en los ecos de sociedad los periodicos del dia siguiente, en los que se referian a ella como «la mejor amiga de la gran Carla».

Carla estuvo sublime, si nos atenemos a esas mismas cronicas. Los espectadores, puestos en pie, aplaudieron durante mas de media hora y ella tuvo que salir al escenario varias veces para agradecer los aplausos.

Vittorio habia organizado para despues de la funcion una cena con varios potentados portenos, algunas personalidades del mundo de la cultura y los directores de los principales diarios, y naturalmente alli estuvieron presentes Amelia y Pierre.

Quiso la suerte ponerse del lado de este aquella noche, cuando un caballero con fuerte acento italiano le pregunto donde estaban instalados y el le explico que estaba buscando un lugar donde poder compaginar una vivienda con una pequena tienda en la que exponer sus joyas bibliograficas.

El hombre se presento como Luigi Masseti, propietario de varios edificios y locales comerciales, y se ofrecio a ayudarle a encontrar el lugar adecuado.

– Precisamente tengo un lugar que les puede servir. Esta ubicado en la planta baja de un edificio viejo muy bien situado, en la calle Piedras. Aunque es un bajo, tiene mucha luz porque cuenta con un gran ventanal que da al exterior. El problema es que como vivienda no tiene salida y como local comercial, tampoco. No es muy grande, pero creo yo que es suficiente para albergar a una pareja y el negocio de los libros. ?Por que no se pasa manana por mi oficina y uno de mis empleados le acompana a verlo?

Pierre acepto agradecido. Amelia, por su parte, tenia a su alrededor un buen numero de galanteadores. Para ese momento ya se sabia, porque Pierre se habia encargado de anunciarlo, que habian huido de sus respectivas familias, ella abandonando marido e hijo y el un prospero negocio, para vivir una apasionada historia de amor. Algunos de aquellos hombres creyeron que la espanola podia ser presa facil para sus escarceos amorosos e intentaban tomarse libertades que sorprendian y herian a Amelia a partes iguales.

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