– Asi que es un aristocrata…

– Si, es baron y medico militar por tradicion familiar. Pero sobre todo es una gran persona.

– ?Y su esposa?

– No se ha casado aun, pero no tardara mucho en hacerlo. Esta comprometido con la hija de unos amigos de sus padres, la condesa Ludovica von Waldheim.

– ?Y que hace en Buenos Aires?

– Visitar a Martin. Max hizo lo imposible para que el pudiera salir de Alemania, y ha ayudado a su familia cuanto ha podido, y tambien a sus numerosos amigos judios. Se quieren como hermanos y para nosotros es una gran alegria que haya venido a visitarnos.

Pierre no dejaba de observar a Amelia, que parecia encantada hablando con el baron Von Schumann, y se sintio fastidiado cuando Gloria, con la excusa de que asi podrian hablar en su idioma, indico a Amelia que se sentara junto al aleman durante la cena.

Amelia impresiono a Max von Schumann. Le conmovia su fragilidad, la tristeza que emanaba de toda su persona.

Estuvieron toda la velada hablando y a Gloria la reconforto ver a su amiga animada, y sobre todo verla reir, pero se sintio en la obligacion de advertir a Amelia.

– Hacia mucho tiempo que no te veia tan contenta -le dijo en voz baja en un momento en que Max era requerido por Martin.

– Sabes, no me apetecia venir, pero ahora me alegro de haberlo hecho -le confeso Amelia.

– ?Te gusta Max? -le pregunto Gloria, sonriendo al ver como Amelia se ponia roja.

– ?Que cosas dices! Es muy amable y simpatico, y… bueno, me hace sentir bien.

– ?Me alegro! Pero… bueno… te recuerdo que esta a punto de casarse con la condesa Ludovica von Waldheim. Martin dice que es una joven muy bella y que hacen muy buena pareja.

Gloria no queria que Amelia pudiera llegar a sentirse atraida por Max y de nuevo se llevara una decepcion, de manera que habia preferido situar a su amiga en la realidad.

– Gracias, Gloria -respondio Amelia, molesta por la advertencia de su amiga.

– Solo queria que lo tuvieras en mente… En fin… Parece que Max y tu habeis simpatizado.

– Puesto que me habeis sentado a su lado porque hablo aleman, he procurado ser amable.

– ?No quiero que sufras!

– No veo por que voy a sufrir por hablar con tu invitado -respondio Amelia con voz cortante.

– Max pertenece a una vieja familia prusiana y tiene un acusado sentido del deber.

– Si, eso deduzco de la conversacion que hemos mantenido durante la cena.

Martin y Max se acercaron a las dos mujeres y de inmediato iniciaron una nueva charla sobre la dificil situacion por la que atravesaba Alemania.

– ?Es Navidad y deberiamos hablar de cosas mas alegres! -se quejo Gloria.

– ?Han desaparecido tantos amigos! Por lo que Max cuenta el pais se esta dejando arrastrar aun mas por la locura de Hitler… -se lamento Martin.

– Lo peor es que Chamberlain esta empenado en una politica de distension con Hitler y Mussolini, y eso hace que el Fuhrer se sienta cada vez mas seguro.

– Pero los ingleses no pueden apoyar a los nazis -respondio Amelia.

– El problema es que Chamberlain no quiere problemas y eso engorda los suenos de Hitler -apunto Max.

– ?Como puede usted servir en el Ejercito de Hitler? -pregunto Amelia sin ocultar un cierto enfado.

– Yo no sirvo en el Ejercito del Fuhrer, sirvo en el Ejercito de Alemania, como lo hizo mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo… La mia es una familia de soldados, y el deber para con los mios es continuar la tradicion.

– ?Pero usted me ha dicho que aborrece a Hitler! -respondio Amelia en tono quejoso.

– Y asi es. Siento un profundo desprecio por ese cabo austriaco cuyos suenos de grandeza no se donde van a terminar, y temo por mi patria.

– ?Entonces, deje el Ejercito! -le insto Amelia.

– Me han educado para servir a mi pais por encima de las coyunturas. No puedo marcharme porque no me guste Hitler.

– Usted mismo me ha explicado la persecucion de la que son victimas los judios…

Max se sentia incomodo con la conversacion y Martin decidio cambiar de tema.

– Amelia, a veces nos vemos obligados a hacer cosas que no nos gustan y, sin embargo, somos incapaces de escapar, no podemos hacerlo por mas que lo deseemos. La vida de todos los hombres esta llena de claroscuros… Dejemos a mi amigo Max disfrutar de la Navidad o nunca mas querra volver a compartirla conmigo.

– Lo siento, pero es que siento un odio inmenso hacia Hitler -confeso Amelia.

– Hace un tiempo precioso, y he pensado que hagamos alguna excursion fuera de Buenos Aires; si Pierre y tu os quereis unir a nosotros nos encantaria que manana nos acompanarais… -tercio Gloria.

Amelia y Pierre no fueron a la excursion planeada por Gloria, porque cuando, de madrugada, regresaron a su casa, se encontraron una nota debajo de la puerta. El controlador de Pierre le conminaba a ponerse en contacto con el de inmediato.

A las nueve de la manana Pierre salio de casa para dirigirse hacia el edificio Kavanagh, un rascacielos de treinta pisos inaugurado en 1935 del que los portenos se sentian especialmente orgullosos.

Detras del edificio, un pequeno pasaje se abria a la calle San Martin, donde estaba situada la iglesia del Santisimo Sacramento; este era el lugar de la cita de Pierre con su controlador.

El ruso estaba sentado en la ultima fila y parecia leer un breviario siguiendo la misa que en ese momento estaba oficiando un sacerdote ante una treintena de personas, cuyos rostros reflejaban el cansancio fruto de los excesos gastronomicos de la Nochebuena.

Pierre se sento junto a su controlador y aguardo a que este le hablara.

– Tiene que ir a Moscu -le anuncio el ruso.

– ?Cuando? -En la respuesta de Pierre se traslucia el temor.

– Pronto, el Ministerio de Cultura esta organizando un congreso de intelectuales europeos y norteamericanos para que conozcan la gloriosa realidad de la Union Sovietica. Usted formara parte del comite encargado de organizar este evento. La visita es muy importante, ya sabe que hay grupos fascistas empenados en desprestigiar la revolucion. Nuestros mejores aliados son los intelectuales europeos.

– ?Y que puedo hacer yo?

– Usted conoce a muchos intelectuales franceses, espanoles y britanicos, a algun aleman… En fin, siempre se ha movido en esos ambientes. Necesitamos informacion personal sobre ellos… Todo el mundo tiene algun punto debil…

– ?Punto debil? No le entiendo…

– Se lo explicaran en Moscu. Preparese para el viaje.

– ?Y que dire a la gente de aqui?

– Sus colaboradores tendran que pasarme a mi la informacion, en cuanto a sus amigos… ya se le ocurrira algo, al fin y alcabo usted siempre ha viajado en busca de ediciones especiales.

– ?Y Amelia?

– Lo acompanara.

– Pero podria no querer hacerlo… Ultimamente esta muy preocupada por la marcha de la guerra en Espana. Sufre por su familia…

– Un comunista no piensa en sus deseos personales sino en lo que conviene a la revolucion, a nuestra causa. Creia que ella era una buena comunista…

– ?Y lo es! ?No lo dude!

– Entonces no habra ningun problema con la camarada Garayoa. Lo acompanara. Para ella sera un honor conocer Moscu.

Cuando Pierre regreso a casa, Amelia le estaba esperando sentada ante una taza de cafe. Antes de que el le dijera nada ella pudo leer la angustia que emanaba de su mirada, la crispacion en la sonrisa con que la saludo.

– ?Que te han dicho? -pregunto ella sin esperar a que Pierre se sentara.

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