sinceridad de la que no habria sido capaz si continuara dentro. Pero no es de mi de quien vamos a hablar. ?Sabe?, su bisabuela vivio en mi casa.
Me quede boquiabierto, aunque, pensandolo bien, a esas alturas ya no debia sorprenderme por nada. Dupont continuo su relato…
«Jean Deuville era amigo de Andre Dupont, mi padre. Le llamo para preguntarle si queria alquilar una habitacion a una amiga suya, pues sabia que teniamos un cuarto libre porque viviamos en casa de mi abuela. Esta era grande y ademas mi abuela habia muerto unos meses antes.
Fue mi madre, Danielle, la que tomo la decision de aceptar a Amelia, ya que eso suponia un pequeno ingreso extra. Hasta unos meses antes, mi madre habia trabajado en una papeleria, pero el dueno murio y sus hijos cerraron el negocio, de manera que nos venian bien unos cuantos francos por el alquiler de la habitacion.
Ademas, todos ganabamos con el acuerdo porque cuando Amelia llego a Paris estuvo instalada un par de dias en un hotel, pero no queria malgastar el poco dinero que tenia y Jean penso que alquilar una habitacion no le resultaria tan gravoso.
Entonces yo tenia quince anos y le confesare que me enamore de Amelia nada mas verla. No parecia una mujer real, estaba extremadamente delgada y tenia un aspecto etereo.
Mi madre quiso saber cuanto tiempo se quedaria, pero Amelia le dijo que aun no sabia que iba a hacer.
– Senora Dupont, quiero regresar a Espana, pero no se si eso sera posible, y si no lo fuera tendre que buscar un trabajo.
– ?Pero es imposible que vaya usted a Espana! -exclamo mi madre.
– El Gobierno legitimo de la Republica aun conserva Madrid, Cataluna, Valencia… pero no creo que se pueda ser optimista. En julio el general Rojo logro romper las posiciones de Franco en el Ebro, pero no ha podido mantenerlas. No creo que pueda llegar usted a Espana -intervino mi padre.
Amelia se encogio de hombros. Parecia resignada a hacer lo que fuera posible aunque sin desafiar a la suerte.
Aunque era muy reservada y rara vez sonreia, tenia mucha paciencia conmigo y tambien ayudaba a mi madre en las cosas de la casa. Ya sabe, fregar, planchar, coser…
Yo escuchaba las conversaciones de mis padres, las que mantenian con otros camaradas como Jean Deuville.
Jean le habia contado a mis padres lo sucedido en Moscu. Para el aquello fue un shock tan grande que quebranto su fe en el comunismo. No se atrevia a dejar el partido, pero en Moscu habia perdido la virginidad ideologica, ademas de a Pierre, su mejor amigo.
Decirle a los padres de Pierre Comte que su hijo habia muerto no resulto facil ni para Amelia ni para Jean Deuville. Al dia siguiente de llegar a Paris, Albert James, Jean y Amelia acudieron a casa de los padres de Pierre. Por lo que se, la escena fue mas o menos asi:
Olga, la madre de Pierre, abrio la puerta y al ver a Amelia solto un grito y pregunto donde estaba su hijo. Jean intento abrazar a la mujer para darle el pesame y explicarle lo sucedido, pero Olga le empujo.
– ?Donde esta Pierre? ?Que has hecho con el? -pregunto a Amelia.
Albert James tuvo que sujetar a Amelia porque ella empezo a temblar y temio que no pudiera resistir la escena. En realidad fue Albert James quien se hizo cargo de la situacion, porque tanto Amelia como Jean se encontraban demasiado afectados.
El padre de Amelia salio al recibidor alertado por los gritos de su mujer.
– Pero ?que sucede? ?Que haceis aqui? ?Y tu, Amelia…? ?Donde esta Pierre?
Amelia les relato lo sucedido. No les oculto nada. Ni que Pierre habia sido un agente sovietico, ni los pormenores de su vida en Buenos Aires, la orden de viajar a Moscu, los meses vividos en la capital rusa, la desaparicion de Pierre, su estancia en la Lubianka, las torturas que le habian infligido y su convencimiento de que le habian asesinado. Lo unico que no les dijo, como tampoco se lo habia dicho a Albert James ni a Jean Deuville, es que ella se habia enterado de la detencion de Pierre por Ivan Vasiliev. No queria poner en peligro a aquel hombre que al menos la habia ayudado a saber donde estaba Pierre.
Olga lloro desconsoladamente mientras escuchaba el relato de Amelia y el padre de Pierre parecio envejecer segun iba sabiendo del horror al que se habia enfrentado su hijo.
– ?Tu tienes la culpa! ?Tu y tus malditas ideas sobre el comunismo que metiste en la cabeza a nuestro hijo! No quisiste escucharme y ahora nuestro hijo esta muerto. ?Tu tambien le has asesinado! -grito Olga a su marido.
– ?Por favor, senora Comte, calmese! -le rogo Albert James.
Pero no habia manera de controlar la ira y el dolor de Olga, ni de encontrar palabras para consolar al padre de Pierre. Jean Deuville tampoco suponia ninguna ayuda, puesto que tampoco era capaz de reprimir las lagrimas.
Olga les echo de su casa maldiciendo a Amelia, a la que advirtio que nunca mas la queria volver a ver.
Jean Deuville y Albert James se hicieron cargo de Amelia. Parecian sentirse responsables de ella. En aquel momento gobernaba Francia Edouard Daladier y los extranjeros, sobre todo los espanoles, comenzaban a tener problemas para residir legalmente en el pais. El exodo de espanoles huyendo de la guerra habia desbordado a la Administracion francesa, y Paris empezo a legislar en contra de los extranjeros.
Asi que tanto Jean Deuville como Albert James tuvieron que recurrir a todas sus amistades para lograr un permiso de residencia para Amelia. A nadie le extrano que Albert James la contratara como secretaria. Hasta el momento no habia necesitado ninguna, pero era la manera de ayudarla sin ofenderla. En cuanto a Jean, se convirtio en su sombra, solia ir a buscarla a casa y la obligaba a salir a pasear, al teatro, a escuchar musica. Amelia se dejaba llevar y parecia una automata, como si nada de lo que sucedia a su alrededor le importara realmente.
Mis padres se preguntaban por que un periodista como Albert James habia decidido ocuparse como lo hacia de Amelia. El caso de Jean Deuville era distinto, habia sido el mejor amigo de Pierre y eran camaradas en el Partido Comunista, pero no era el caso de Albert James, que tampoco conocia tanto a Amelia. Pero la ayudo cuanto pudo.
Albert James colaboraba con algunos periodicos y revistas estadounidenses, y tambien con algun diario britanico. Para el gusto de mis padres era extremadamente independiente. Ellos creian que en la epoca que les estaba tocando vivir habia que tomar partido. La objetividad de James les irritaba, y discutian abiertamente con el. En realidad Albert James se nego a ser «companero de viaje» del partido, lo que le convertia en un personaje incomodo. No obstante le respetaban, tenia una enorme influencia, y sus articulos eran tenidos en cuenta tanto por el Gobierno estadounidense como por el britanico y el frances.
Lo que escribio del congreso de intelectuales en Moscu fue decepcionante para sus anfitriones sovieticos. James afirmo que las aldeas y las fabricas que habian visitado parecian escenarios destinados a convencer a los forasteros de que todo era de color de rosa en la Union Sovietica y critico que en ningun momento les permitieran viajar por el pais a sus anchas ni visitar nada fuera de programa. Aseguro en uno de sus articulos que alli no se respiraba libertad. En fin, que sus criticas fueron un jarro de agua fria para las autoridades sovieticas, aunque naturalmente las opiniones de James fueron compensadas por una multitud de elogios de otros intelectuales europeos.
Amelia acudia todas las mananas, temprano, a la oficina de James, y se encargaba de responder el correo, ordenar sus archivos, organizarle la agenda, pasar a limpio algunos de sus escritos y llevar la contabilidad.
Quiza la mayor alegria que tuvo en aquellos dias fue la aparicion en Paris de Carla Alessandrini. La diva iba a permanecer quince dias en la ciudad interpretando
Jean Deuville se comprometio a acompanar a Amelia a la opera para escuchar a Carla.
Aun la recuerdo la noche del estreno. Amelia tenia una elegancia natural y aunque en aquella epoca no disponia de ropa adecuada parecia una princesa con su traje negro, sin adornos.
Carla Alessandrini estuvo magnifica; puestos en pie, los espectadores la aplaudieron cerca de veinte minutos. Segun nos conto Jean, Amelia lloro de emocion y al concluir la funcion se dirigio al camerino de Carla convencida de que le permitirian ver a la diva, pero los responsables de la Opera habian montado un dispositivo para que nadie que no hubiese sido invitado expresamente por la gran Carla pudiera acceder al camerino.
– Digale que esta aqui su amiga Amelia Garayoa -le dijo a un poco convencido hombrecillo que le impedia el paso en direccion a los camerinos.
Pero para su sorpresa si le dieron el recado y minutos mas tarde salio a su encuentro Vittorio Leonardi, el
