– Por favor, senor Santiago -pedi mientras sacudia la cabeza-, son las ultimas personas que querria ver.

– Le entiendo -aseguro sonriente-. La familia a veces te vuelve loco. -En cuanto esa palabra salio de sus labios parecio arrepentirse, como si me hubiera insultado.

– Tiene razon. -Sonrei-. Puede hacerlo. Y en mi caso lo hizo sin duda. Supongo que puede volver a hacerlo algun dia. Pero de momento estoy bien.

Me siguio mirando con recelo.

– Aun asi, me tiene algo preocupado, hombre. ?Se esta tomando las pastillas?

– Si-menti, y me encogi de hombros.

No me creyo. Me siguio observando atentamente, con los ojos fijos en mi cara, como si me examinara todas las arrugas, todas las lineas, en busca de algo que pudiera detectar, como si mi enfermedad pudiera identificarse mediante una erupcion o ictericia. Sin desviar la mirada, le dijo algo en espanol a su mujer, que estaba, con la nina, en la puerta de su piso. Rosalita, un poco asustada, levanto la mano para saludarme. La pequena me devolvio la sonrisa. Santiago volvio a usar el ingles.

– Rosie -dijo-, prepara al senor Petrel un plato con un poco del arroz con pollo que tenemos para cenar. Creo que le iria bien comer algo consistente.

Rosalita asintio y me dirigio una sonrisa timida antes de meterse en su casa.

– Es usted muy amable, senor Santiago, pero no es necesario.

– No es ningun problema. En mi pueblo, senor Petrel, el arroz con pollo lo soluciona casi todo. ?Estas enfermo?, arroz con pollo. ?Te despiden?, arroz con pollo. ?Te han roto el corazon?…

– … arroz con pollo -termine su frase.

– Exacto. -Ambos sonreimos.

Rosie volvio un momento despues con un plato de pollo humeante y un monton de arroz. Cruzo el pasillo para traermelo. Cuando le roce la mano para tomarlo, pense que hacia bastante tiempo que no sentia el contacto de otra persona.

– No es necesario -insisti, pero el matrimonio Santiago sacudio la cabeza.

– ?Seguro que no quiere que llame a nadie? Si no quiere que sea a su familia, ?que le parece a los servicios sociales? O tal vez a un amigo.

– Ya no tengo demasiados amigos, senor Santiago.

– Senor Petrel, usted le importa a mas personas de las que imagina -aseguro.

Volvia negar con la cabeza.

– ?Otra persona, pues?

– No. De verdad.

– ?Seguro que no le ha molestado nadie? Oi voces altas. Era como si fuera a empezar una pelea…

Sonrei, porque lo cierto era que si me habia molestado alguien. Pero no estaba ahi. Abri mas la puerta y le deje echar un vistazo dentro.

– Estoy solo, se lo aseguro -dije.

El recorrio la habitacion con los ojos y se fijo en las palabras escritas en las paredes. En ese momento crei que diria algo, pero no lo hizo. Me puso una mano en el hombro.

– Si necesita ayuda, senor Petrel, llame a nuestra puerta. A cualquier hora. De dia o de noche. ?Entendido?

– Se lo agradezco, senor Santiago. -Asenti con la cabeza-. Y gracias por la cena.

Cerre la puerta e inspire hondo. Al notar el olor de la comida, me parecio que llevaba dias sin comer. Quiza fuera asi, aunque recordaba haber tomado algo de queso. Pero ?cuando habia sido? Encontre un tenedor en un cajon y lo hundi en la especialidad de Rosalita. Me pregunte si el arroz con pollo, que iba bien para tantas dolencias del espiritu, serviria para las mias. Para mi sorpresa, cada mordisco parecio vigorizarme y, mientras masticaba, vi mis progresos en la pared. Columnas de historia.

Y me di cuenta de que volvia a estar solo.

El regresaria. No me cabia la menor duda. Acechaba incorporeo en algun sitio fuera de mi alcance, y eludia mi conciencia. Me evitaba. Evitaba a la familia Santiago. Evitaba el arroz con pollo. Se escondia de mi memoria. Pero, de momento, para mi alivio, solo me acompanaba el arroz con pollo, y las palabras. Pense que todo aquello que se hablo en el despacho de Tomapastillas sobre que el asunto debia ser confidencial solo habian sido palabras vacias.

No llevo demasiado tiempo a todos los pacientes y miembros del personal darse cuenta de la presencia de Lucy Jones. No era solo como iba vestida, con un jersey y unos holgados pantalones negros, ni como llevaba la cartera de piel con una pulcritud que contrastaba con el caracter descuidado del hospital. Ni tampoco su estatura y su porte, o la cicatriz de la cara, que la distinguian nitidamente. Era mas bien como caminaba por los pasillos, taconeando en el suelo de linoleo, con una expresion alerta que daba la impresion de inspeccionarlo todo y a todos, y que buscaba algun signo revelador que pudiera encaminarla en la direccion adecuada. Era una actitud que no estaba marcada por la paranoia, las visiones o las voces interiores. Incluso los catos, de pie en los rincones o apoyados contra la pared, los ancianos seniles confinados en sillas de ruedas, perdidos al parecer en sus propios ensuenos, o los retrasados mentales, que contemplaban sin animo casi todo lo que pasaba a su alrededor, parecian notar de alguna forma extrana que Lucy seguia los impulsos de unas fuerzas tan potentes como las que ellos combatian, aunque, en su caso, mas normales. Mas vinculadas con el mundo. Asi que, cuando pasaba junto a ellos, las pacientes la seguian con la mirada sin dejar de murmurar y farfullar, o sin interrumpir el temblor de las manos, pero aun asi con una atencion que parecia desdecir sus enfermedades. Lucy se distinguia incluso en las comidas, que tomaba en la cafeteria con los pacientes y el personal, tras hacer cola como todos para recibir las bandejas de comida sosa e institucionalizada. Solia sentarse en una mesa del rincon, desde donde podia ver a los demas comensales, dando la espalda a una pared de color verde lima. A veces, alguien se sentaba a su mesa, ya fuera el senor del Mal, que parecia muy interesado en todo lo que ella hacia, o Negro Grande o Negro Chico, que enseguida dirigian la conversacion hacia remas deportivos. En ocasiones se le unia alguna enfermera, con su uniforme blanco y su cofia puntiaguda. Cuando charlaba con alguno de sus acompanantes, no dejaba de pasear la mirada por el comedor, de un modo que a Francis le recordaba a un halcon sobrevolando la pradera en busca de su presa.

Ninguno de los pacientes se sentaba con ella, al principio ni siquiera Francis o el Bombero. Habia sido una sugerencia de Peter. Habia dicho a Lucy que no convenia dejar que demasiada gente supiera que trabajaban con ella, aunque no tardarian demasiado en deducirlo. Asi que, los primeros dias, Francis y Peter la ignoraban en el comedor.

No fue el caso de Cleo, cuando Lucy llevaba la bandeja a la zona de recogida.

– ?Se por que esta aqui! -le espeto en voz alta y acusadora, y de no haber sido por el habitual ruido de platos, bandejas y cubiertos, habria llamado la atencion de todo el mundo.

– ?De veras? -respondio Lucy con calma. Siguio adelante y empezo a tirar las sobras de su plato al contenedor de la basura.

– Ya lo creo -afirmo Cleo con naturalidad-. Es evidente.

– Vaya.

– Si -insistio Cleo, con la peculiar bravuconeria que imprime a veces la locura, cuando desinhibe la conducta.

– Entonces quiza podria decirme lo que piensa.

– Por supuesto. ?Quiere apoderarse de Egipto!

– ?Egipto?

– Si, Egipto -repitio Cleo, y agito la mano para senalar todo el comedor, con cierta exasperacion ante lo evidente que era ese hecho-. Mi Egipto. Y seducira a Marco Antonio, y al cesar tambien, sin duda. -Carraspeo, cruzo los brazos, cerro el paso a Lucy y anadio su muletilla preferida-: Cabrones. Son todos unos cabrones.

Lucy la observo divertida y meneo la cabeza.

– Se equivoca -dijo-. Egipto esta a salvo en sus manos. Jamas me atreveria a rivalizar con nadie por esa corona, ni por los amores de su vida.

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