Francis tenia razon. Cleo estaba al fondo de la sala de estar, tras la mesa de ping-pong. Habia dispuesto a tres pacientes al otro lado, los habia provisto de sendas palas y a cada uno le habia designado una zona para devolver sus golpes. Estaba ensenandoles como tenian que agacharse, sujetar la pala y cambiar el peso de un pie a otro para anticiparse a la accion. Se trataba de una clase practica, Francis supuso que estaba destinada al fracaso. Todos eran hombres mayores, de pelo canoso y grenudo y piel flacida salpicada de manchas de la edad. Observo como intentaban con aire bobalicon concentrarse en lo que Cleo les decia y esforzarse en hacerlo bien.
– ?Preparados? -pregunto Cleo tres veces, mirando a cada uno a los ojos, dispuesta a sacar.
Los tres asintieron a su pesar.
Con un habil giro de muneca, Cleo saco con un sonoro clic y la pelota boto en el otro lado de la mesa pasando directamente entre dos de sus adversarios, sin que ninguno de los dos se moviera lo mas minimo.
Cleo se enfurecio y esbozo una fiera mueca. Pero entonces, con la misma rapidez, el torbellino de furia se desvanecio. Uno de los contrincantes recogio la pelota blanca y la lanzo por encima de la red hacia ella. Cleo la retuvo sobre la superficie verde en su pala.
– Gracias por la partida -suspiro con una resignacion que sustituia la rabia anterior-. Despues practicaremos un poco mas el movimiento de pies.
Los tres contrincantes parecieron aliviados y se marcharon arrastrando los pies.
La sala estaba tan llena como de costumbre, con una extrana mezcla de actividades. Era una pieza bien iluminada, con una hilera de ventanas con barrotes en una pared que dejaban entrar el sol y alguna que otra brisa suave. Las paredes blancas parecian reflejar la luz y la energia contenida. Los pacientes exhibian diversos atuendos, desde las omnipresentes batas holgadas y zapatillas hasta vaqueros y gruesos abrigos. Diseminados por la habitacion habia sofas baratos de piel roja y verde y sillones raidos, ocupados por hombres o mujeres que leian o pensaban tranquilamente a pesar del murmullo circundante. Los que leian al menos lo aparentaban, pero rara vez pasaban las paginas. En unas mesitas de centro de madera habia revistas viejas y sobadas novelas en rustica. En dos rincones habia televisores, cada uno de ellos con un grupo de habituales a su alrededor absortos en las telenovelas. Los dos televisores mantenian un dialogo conflictivo, sintonizados en canales distintos, como si los personajes de cada serie estuvieran ajustando las cuentas a los de la otra. Se trataba de una concesion a las peleas casi diarias que habian estallado entre los partidarios de un programa y los que preferian otro.
Francis siguio mirando y vio algunos pacientes enfrascados en juegos de mesa, como el Monopoly o el Risk, y en partidas de ajedrez, de damas y de cartas. Corazones era el favorito de la sala. Tomapastillas habia prohibido el poquer cuando se usaban cigarrillos a modo de fichas y algunos pacientes empezaron a acapararlos. Eran los menos locos o, en opinion de Francis, los que no habian roto todos los vinculos con el mundo exterior. El se habria incluido en esa misma categoria, distincion con la que estaban de acuerdo todas sus voces interiores. Y despues, claro, estaban los catos, que se limitaban a deambular por la sala, hablando con nadie y con todo el mundo a la vez. Algunos bailaban. Otros arrastraban los pies. Otros caminaban con nervio de un lado a otro. Pero todos seguian su propio ritmo, impulsados por visiones tan remotas que Francis no podia imaginarlas. Lo entristecian y lo asustaban un poco porque temia volverse como ellos. A veces creia que, en la barra de equilibrios que era su vida, estaba mas cerca de ellos que de la normalidad. Los consideraba condenados.
El humo de cigarrillo envolvia a los presentes. Francis detestaba la sala y procuraba evitarla todo lo que podia. Era un sitio donde se daba rienda suelta a los pensamientos descontrolados de todo el mundo.
Cleo, por supuesto, dominaba la mesa de ping-pong y sus alrededores.
Sus modales bruscos y su aspecto intimidador acobardaban a la mayoria de los pacientes, incluso a Francis, pero este creia que Cleo poseia una vivacidad de la que los demas carecian, y eso le gustaba. Sabia que podia ser divertida y que, con frecuencia, lograba hacer reir a los demas, una cualidad valiosa y escasa en el hospital. Cleo lo vio de pie, al borde de su zona y le sonrio de oreja a oreja.
– ?Pajarillo! ?Quieres jugar un poco?
– Solo si me obligas.
– Pues insisto. Te obligo. Por favor…
Francis se acerco y cogio una pala.
– Tengo que hablar contigo sobre lo que viste la otra noche.
– ?La noche del asesinato? ?Te envio esa fiscal a hablar conmigo?
Francis asintio.
– ?Tiene algo que ver con el asesino que esta buscando?
– Exacto.
Cleo parecio reflexionar un momento. Luego levanto la pelota de ping-pong y la observo.
– ?Sabes que? -solto-. Puedes hacerme preguntas mientras jugamos. Mientras me devuelvas la pelota, seguire contestandote. Sera un juego dentro de otro.
– No se… -empezo Francis, pero ella desecho su protesta con un movimiento de la mano.
– Sera un reto -aseguro, lanzo la pelota hacia arriba y saco.
Francis se estiro y devolvio el golpe. Cleo replico con facilidad y, de repente, un repiqueteo ritmico puntuo el ambiente mientras la pelota iba de un lado a otro.
– ?Has pensado en lo que viste esa noche? -pregunto Francis, mientras se inclinaba para devolver un golpe.
– Por supuesto -respondio Cleo, y replico sin problemas-. Y cuanto mas lo pienso, mas intrigada estoy. Se estan tramando muchas cosas aqui en Egipto. Y Roma tambien tiene sus intereses, ?no?
– ?Como es eso? -jadeo Francis, y consiguio mantener la pelota en juego.
– Lo que vi duro solo unos segundos, pero creo que fue muy revelador.
– Continua.
Cleo devolvio el golpe siguiente con mas brio y mas angulo, lo que exigia un golpe de reves que Francis, sorprendentemente, logro. Cleo sonreia al ver su empeno y superarlo con facilidad.
– Que entrara en la habitacion y la examinara despues de lo que habia hecho me indica que no tiene miedo de nada, ?no crees? -comento.
– No te entiendo -dijo Francis.
– Ya lo creo que si. -Esta vez le lanzo una pelota facil hacia el centro de su lado de la mesa-. Aqui todos tenemos miedo, Pajarillo. Miedo de lo que hay en nuestro interior, miedo de lo que hay en el interior de los demas, miedo de lo que hay fuera. Nos asustan los cambios. Nos asusta quedarnos igual. Nos aterroriza cualquier cosa fuera de lo corriente, o un cambio en la rutina. Todo el mundo quiere ser distinto, pero esa es la mayor amenaza. ?Que somos, pues? Vivimos en un mundo muy peligroso. ?Me sigues?
Francis penso que era cierto.
– ?Estas diciendo que todos somos cautivos?
– Prisioneros. Por supuesto. Limitados por todo: las paredes, las medicaciones, nuestros pensamientos. - Golpeo la pelota con mas fuerza, pero dejandola a su alcance-. Pero el hombre que vi, bueno, no estaba cautivo. O, si lo estaba, no piensa como los demas.
Francis fallo un golpe y la red le devolvio la pelota.
– Punto para mi -anuncio Cleo-. Saca tu.
El lo hizo y de nuevo el repiqueteo lleno la sala.
– Cuando abrio la puerta de vuestro dormitorio no tenia miedo -dedujo Francis.
Cleo atrapo la pelota en el aire para interrumpir el punto en juego.
– Tiene llaves -sentencio inclinandose sobre la mesa-. ?Que abren esas llaves? ?Las puertas del edificio Amherst? ?O las puertas de las demas unidades? ?Los almacenes? ?Las oficinas del edificio de administracion? ?Los alojamientos del personal? ?Abriran sus llaves todas esas puertas? ?La verja de entrada, quiza? ?Puede abrir la verja de entrada y salir cuando quiera?
Puso otra vez la pelota en juego.
– Las llaves son poder -comento Francis tras pensar un instante.
Clic, clic. La pelota resonaba contra la mesa.
– El acceso es siempre poder -sentencio Cleo-. Esas llaves son muy reveladoras -anadio-. Me gustaria saber como las obtuvo.
– ?Por que entro en vuestro dormitorio y se arriesgo a que alguien lo viera?
Cleo no contesto durante varios golpes.
