metodo racional.

Pero Lucy, que se consideraba una jugadora de ajedrez, creia que era el mejor gambito inicial que podia imaginar. Se recordo que debia mantenerse fria, ya que imaginaba que asi podria controlar la situacion.

Mientras caminaba cabizbaja, sumida en sus pensamientos, le parecio oir de repente su nombre.

– Luuuuuuucccyyyy. -Fue un gemido largo que le llego con la suave brisa primaveral y reverbero entre los arboles que salpicaban los terrenos del hospital.

Se detuvo en seco y se volvio. Nadie. Miro a derecha e izquierda, a la escucha, pero el sonido habia desaparecido.

Penso que se habia confundido. El gemido podria haber correspondido a muchos otros sonidos. La tension la habia puesto nerviosa y habia oido mal lo que era un grito de dolor o angustia, igual a los centenares que el viento transportaba por el hospital todos los dias.

Y a continuacion penso que se estaba mintiendo a si misma.

Habia oido su nombre.

Alzo los ojos hacia las ventanas del edificio mas cercano. Vio las caras de algunos pacientes ociosos que miraban en su direccion. Se giro despacio hacia otras unidades. Amherst quedaba lejos. Williams, Princeton y Yale estaban mas cerca. Examino los edificios de ladrillo en busca de algun indicio revelador. Pero todos permanecieron silenciosos, como si la observacion de Lucy hubiera cerrado la llave de la ansiedad y la alucinacion que tan a menudo definian los sonidos que se oian en ellos.

Se quedo inmovil. Pasado un momento, oyo un torrente de obscenidades en un edificio. Lo siguieron voces enfadadas y chillidos. Eso era lo que esperaba oir y, con cada sonido, se dijo que antes habia oido algo inexistente, lo que, segun se percato con ironia, la equipararia con la mayoria de los pacientes del hospital. Asi pues, reanudo su camino, dando la espalda a las ventanas y a todos los ojos que podian estar observandola o contemplando absortos el bonito cielo azul. Era imposible saber cual de las dos cosas.

17

Peter el Bombero estaba en medio del comedor con una bandeja observando la actividad frenetica que lo rodeaba. Las comidas en el hospital eran una serie interminable de pequenas escaramuzas que reflejaban las terribles batallas interiores que cada paciente libraba. Ningun desayuno, almuerzo o cena terminaba sin que hubiera estallado algun incidente. La angustia se servia con tanta regularidad como los huevos revueltos poco hechos o la ensalada de atun insipida.

A su derecha vio a un anciano senil que sonreia grotescamente mientras la leche le resbalaba por el menton y el pecho, a pesar de los esfuerzos de una enfermera en practicas por impedir que se ahogara; a su izquierda, dos mujeres se disputaban un cuenco de gelatina de limon. Por que habia un solo cuenco y dos personas que lo reclamaban era el dilema que Negro Chico intentaba resolver con paciencia, aunque ambas mujeres, de aspecto casi identico, con trenzas despeinadas de pelo gris, piel rosacea y bata azul, parecian ansiosas por llegar a las manos. Ninguna de ellas tenia la menor intencion de recorrer los pocos pasos que las separaban de la cocina para obtener un segundo cuenco de gelatina. Sus voces altas, agudas, se mezclaban con el ruido de platos y cubiertos y con el calor humedo procedente de la cocina. Pasado un segundo, una de las dos mujeres cogio el cuenco de gelatina y lo lanzo al suelo, donde se hizo anicos con el estrepito de un disparo.

Peter se dirigio a su habitual mesa del rincon, donde daria la espalda a la pared. Napoleon ya la ocupaba, y Peter suponia que Francis se les uniria pronto, aunque no sabia donde estaba el joven en ese momento. Se sento y observo con recelo su plato de fideos. Tenia dudas sobre su procedencia.

– Dime algo, Nappy -pidio-. ?Que habria comido un soldado del gran ejercito napoleonico un dia como este?

Napoleon estaba atacando el plato con avidez, llevandose aquella bazofia a la boca como una maquina de embolos. La pregunta de Peter lo hizo detener para plantearse la cuestion.

– Carne enlatada -respondio al cabo de un instante-, lo que, dadas las condiciones sanitarias de la epoca, era una comida bastante peligrosa. O cerdo salado. Pan, por supuesto. Ese era un ingrediente basico, lo mismo que el queso duro que podia llevarse en una mochila. Vino tinto, creo, o agua del pozo o rio que hubiera cerca. Si hacian incursiones, algo frecuente entre los soldados, quiza cogerian un pollo o una oca de alguna granja vecina y lo asarian o hervirian.

– ?Y si pensaban entrar en combate? ?Una comida especial, quiza?

– No. No es probable. Solian estar hambrientos y a menudo, como en Rusia, se morian de hambre. Aprovisionar al ejercito era siempre un problema.

Peter sostuvo un trozo irreconocible de lo que le habian dicho era pollo y se pregunto si podria entrar en combate con este plato a modo de inspiracion.

– Dime, Nappy, ?crees que estas loco? -pregunto de repente.

El hombre hizo una pausa, y un tenedor cargado de fideos rezumantes se quedo a mitad de camino de su boca, donde permanecio mientras se planteaba la pregunta. Al cabo de un momento, dejo el tenedor en el plato.

– Supongo que si, Peter -suspiro con tristeza-. Unos dias mas que otros.

– Hablame un poco de ello.

Napoleon sacudio la cabeza, y el resto de su entusiasmo habitual se desvanecio.

– Los medicamentos controlan bastante los delirios. Como hoy, por ejemplo. Se que no soy el emperador. Simplemente se mucho sobre el hombre que lo fue. Y sobre como dirigir un ejercito. Y lo que paso en 1812. Hoy solo soy un historiador de tercera categoria. Pero manana, no se. Quiza fingire tomarme la medicacion que me den esta noche. Ya sabes, ponermela bajo la lengua y escupirla despues. Hay algunos trucos que casi todo el mundo aprende en el hospital. O puede que la dosis se quede un poco corta. Eso tambien pasa, porque las enfermeras tienen que distribuir muchas pastillas y a veces no prestan tanta atencion como deberian a quien recibe que. Y ya esta: un delirio muy potente no necesita demasiado terreno para arraigar y florecer.

– ?Los echas de menos? -pregunto Peter tras pensar un momento.

– ?El que?

– Los delirios. Cuando no los tienes. ?Te hacen sentir especial cuando los tienes y corriente cuando desaparecen?

– Si -sonrio Napoleon-. A veces. Pero a veces tambien duelen, y no solo porque puedes ver lo terribles que son para quienes te rodean. La obsesion se vuelve tan grande que te abruma. Es como una goma elastica cada vez mas tensa en tu interior. Sabes que al final se tiene que romper pero, cuando crees que lo hara y que todo tu interior se soltara, se estira un poco mas. Deberias preguntarle a Pajarillo, creo que el lo entiende mejor.

– Lo hare.

En ese momento Peter vio que Francis avanzaba con cautela por el comedor para reunirse con ellos. Se movia de una forma muy parecida a la que el recordaba de sus dias de patrulla en Vietnam, receloso del suelo que pisaba por si habia bombas trampa. Francis daba bordadas entre las discusiones y los enfados que habian estallado a la derecha, y la rabia y la alucinacion de la izquierda, esquivando los escollos de la senilidad o del retraso mental. Cuando llego a la mesa, se dejo caer en una silla con un suave suspiro de satisfaccion. Peter penso que el comedor era una peligrosa travesia plagada de problemas.

Francis ojeo el revoltijo que se solidificaba con rapidez en su plato.

– No quieren que nos engordemos -bromeo.

– Alguien me comento que rocian la comida con Thorazme -susurro Napoleon con aire de complicidad-. Asi saben que nos pueden tener tranquilos y bajo control.

Francis miro a las dos mujeres que seguian gritandose por la gelatina.

– Pues no parece ir demasiado bien -comento.

– Pajarillo -pregunto Peter, y senalo de modo discreto a las dos mujeres-, ?por que crees que estan discutiendo?

Francis dudo y enderezo los hombros antes de contestar.

– ?Por la gelatina?

Peter sonrio pero nego con la cabeza.

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