Ningun coche. Ningun policia. Solo mas sombras.
Espere un instante. ?Habia estado el coche ahi?
Exhale despacio. Me dije que nada iba mal y que no tenia por que preocuparme, lo que me recordo que eso era precisamente lo que habia procurado decirme en todos aquellos anos en el hospital.
Seguia recordando las caras, aunque a veces no los nombres. En el transcurso de ese dia y del siguiente, Lucy habia interrogado en su despacho, uno tras otro, a los hombres que, en su opinion, poseian algunos de los elementos del perfil que estaba elaborando en su cabeza. Hombres con rabia. Era, en cierto sentido, un curso intensivo sobre una parte de la humanidad que poblaba el hospital, una parte de la marginalidad. Toda clase de enfermedades mentales visito ese despacho y se sento en la silla frente a ella, unas veces con un leve empujoncito de Negro Grande y otras con solo un gesto de Lucy o de Evans.
En cuanto a mi, guardaba silencio y escuchaba.
Era un desfile de imposibilidades. Algunos hombres eran solapados y miraban a uno y otro lado, esquivos en todas sus respuestas. Algunos parecian aterrados, se encogian en la silla con la frente sudorosa y la voz temblorosa como si cada pregunta de Lucy, por muy rutinaria, benevola o insignificante que fuera, los golpeara. Otros eran agresivos, levantaban la voz enseguida, gritaban con rabia y, en mas de una ocasion, daban punetazos en la mesa, llenos de una indignacion justificada. Unos cuantos se mantuvieron mudos, con la mirada en blanco, como si cada frase que salia de los labios de Lucy, cada pregunta que quedaba suspendida en el aire, ocurriera en un plano totalmente distinto al suyo, algo que no significaba nada en ningun lenguaje que ellos conocieran y que, por tanto, les era imposible responder. Algunos hombres contestaron con sandeces, algunos con fantasias, otros con rabia y unos cuantos con miedo. Dos hombres se quedaron mirando al techo, y otros dos hicieron gestos de estrangulamiento con las manos. Algunos observaron las fotografias del escenario del crimen con temor, otros con una fascinacion inquietante. Un hombre confeso al instante, lloriqueando, «Yo lo hice, yo lo hice» una y otra vez, sin dejar que Lucy le hiciera ninguna pregunta. Un hombre no dijo nada, pero sonrio y se llevo la mano a los pantalones para excitarse hasta que la mano de Negro Grande en el hombro lo obligo a parar. A lo largo de los interrogatorios, el senor del Mal se sentaba junto a Lucy, y cuando Negro Grande se llevaba al paciente se apresuraba a explicar por que uno u otro debia descartarse por este o aquel motivo. Su actitud era irritante: se suponia que prestaba ayuda e informaba cuando, en realidad, ponia trabas y confundia. El senor del Mal no era tan inteligente como el creia, ni tan estupido como alguno de nosotros opinaba, lo que desde luego era una combinacion de lo mas peligrosa.
A mi me ocurrio algo muy curioso: empece a ver cosas. Era como si pudiera deducir de donde procedia cada dolor. Y como todos esos dolores acumulados habian evolucionado con los anos hacia la locura.
Senti que una oscuridad me invadia el corazon.
Hasta la ultima fibra de mi ser me grito que me levantara y saliera corriendo, que me marchara de esa habitacion, que todo lo que veia, oia averiguaba era terrible, era informacion que no tenia ningun derecho a poseer, que no necesitaba tener, que no deseaba reunir. Pero me quede paralizado, incapaz de moverme, tan asustado de mi mismo como de los hombres que entraban en el despacho y que habian hecho algo terrible.
Yo no era como ellos. Y, sin embargo, lo era.
La primera vez que Peter el Bombero salio del edificio Amherst se sintio abrumado y tuvo que agarrarse a la barandilla para no tropezar. La brillante luz del sol parecio inundarlo, una brisa calida de finales de primavera le alboroto el pelo, la fragancia del hibisco en flor que bordeaba los caminos le inundo el olfato. Vacilo tambaleante en lo alto de la escalinata un poco como un borracho, mareado, como si hubiera girado sobre si mismo durante semanas en el interior del edificio y ese fuera el primer momento en que su cabeza no daba vueltas. Oyo el trafico de la calzada en el exterior del hospital y a algunos ninos jugando delante de una de las viviendas del personal. Escucho con atencion y, mas alla de las voces felices, capto una radio. Creyo reconocer el sonido Motown. Algo con un ritmo muy pegadizo y unas armonias melodiosas en el estribillo.
Negro Chico y su hermano flanqueaban a Peter, pero fue el mas pequeno de los dos quien le susurro, apremiante:
– Agacha la cabeza, Peter. No dejes que nadie te vea bien.
El Bombero iba vestido con el uniforme blanco, como los dos auxiliares, aunque ellos llevaban los gruesos zapatos negros reglamentarios, mientras que el calzaba unas zapatillas de deporte, y cualquier persona atenta se habria percatado de esa diferencia. Asintio y se encorvo un poco, pero le costaba mantener la mirada en el suelo. Hacia semanas que no salia, y mas aun sin que las limitaciones de las esposas y de su pasado le obstaculizaran los pasos.
A su derecha, vio un reducido y variopinto grupo de pacientes trabajando en el jardin, y sobre el decrepito asfalto que habia sido una pista de baloncesto, media docena de pacientes deambulando alrededor de los restos de una red de voleibol, mientras dos auxiliares fumaban un cigarrillo y observaban algo distraidos al grupo, cuya mayoria tenia la cara levantada hacia el sol de la tarde. Una mujer enjuta de mediana edad bailaba describiendo amplios giros con los brazos en un vals sin ritmo ni proposito, pero tan refinado como en un salon vienes.
Habian preparado el sistema de registro con antelacion. Negro Chico llamaria a las diversas instalaciones por el sistema de intercomunicacion y los pacientes entrarian por la puerta lateral. Mientras Negro Grande y el individuo estuviesen en Amherst, Peter y Negro Chico registrarian sus cosas. Negro Chico vigilaba que no se acercara ningun auxiliar o enfermera que pudiera sentir curiosidad, mientras Peter registraba deprisa las escasas pertenencias del hombre en cuestion. Lo hacia muy bien, y podia revisar con gran rapidez las prendas, los documentos y la ropa de cama sin apenas desbaratarlos. Durante los primeros registros en su propio edificio, habia averiguado que era imposible mantener lo que hacia en secreto; siempre habia algun que otro paciente acechando en un rincon, acostado en la cama o simplemente pegado a la pared, desde donde podia mirar por la ventana y vigilar que nadie se le acercara a hurtadillas. Mas de una vez, Peter penso que la paranoia no tenia limite en aquel hospital. El problema era que un hombre que actuaba de modo sospechoso en aquel contexto no significaba lo mismo que en el mundo real. En el Western, la paranoia era la norma y se aceptaba como parte de la rutina diaria, tan regular y esperada como las comidas, las peleas y las lagrimas.
Negro Grande vio que Peter alzaba los ojos hacia el sol y sonrio.
– Un dia tan bonito como hoy te hace olvidar, ?verdad? -comento.
Peter asintio.
– Un dia como hoy no parece justo estar enfermo -prosiguio el hombre corpulento.
– ?Sabes que, Peter? -intervino Negro Chico-. De hecho, un dia como hoy empeora las cosas en el hospital. Hace que todo el mundo saboree un poco de lo que no tiene. Se puede oler el mundo de fuera.
En los dias frios, lluviosos, ventosos o nevosos todo el mundo se levanta y hace su vida. Nadie se fija. Pero un dia bonito como hoy es duro para casi todo el mundo.
Peter no respondio.
– Muy duro para tu joven amigo -anadio Negro Grande-. Pajarillo todavia tiene esperanzas y suenos. Y en un dia asi ves lo lejos de ti que estan todas esas cosas.
– Saldra de aqui -aseguro Peter-. Y pronto, ademas. No puede haber nada serio que lo retenga en el hospital.
– Ojala fuera asi -suspiro Negro Grande-. Pajarillo tiene muchos problemas.
– ?Francis? -pregunto Peter, incredulo-. Pero si es inofensivo. Cualquier idiota lo sabria. Es probable que ni siquiera debiera estar aqui.
Negro Chico sacudio la cabeza, como para indicar que Peter no veia lo que ellos veian, pero no dijo nada. Peter dirigio una mirada a la entrada principal del hospital, con su alta verja de hierro forjado y su muro de ladrillo. Penso que, en la carcel, la reclusion era siempre una cuestion de tiempo. El delito determinaba el encierro. Podian ser uno o dos anos, veinte o treinta, pero siempre era una cantidad finita, incluso para quienes cumplian cadena perpetua porque se seguia midiendo en dias, semanas y meses, y al final, inevitablemente, habia una vista en la que se estudiaba la concesion de la libertad condicional. Eso no era asi en un hospital psiquiatrico, porque alli algo mucho mas esquivo y mas dificil de controlar determinaba la estancia de uno.
Negro Grande parecio leerle el pensamiento, porque dijo con tristeza:
– Aunque consiga una vista de altas, le falta mucho para que le dejen salir de aqui.