ella, Christine vio desmoronarse su seguridad.

– Necesitamos conocernos. -Los ojos de el escudrinaron su cara.- Las palabras no siempre son el mejor camino.

Extendio los brazos y ella se arrojo en ellos, al principio flexible, luego con una excitacion creciente. Sus labios emitian sonidos ansiosos, incoherentes, desaparecio la discrecion, y las reservas de un momento antes se disolvieron. Temblando y con el corazon latiendole con violencia se dijo: lo que tiene que suceder ha de seguir su curso; ni las dudas ni los razonamientos pueden impedirlo ahora. Podia oir la respiracion de Peter, ansiosa. Cerro los ojos.

Una pausa. De pronto, inesperadamente, no estuvieron tan proximos.

– Algunas veces -dijo Peter-, hay cosas que uno recuerda. Surgen en los momentos menos apropiados. -La rodeo con sus brazos, pero ahora con mas ternura. Susurro:- Tienes razon, vamos a darle tiempo.

Christine se sintio besada con suavidad, luego oyo pasos que se alejaban, el cerrojo que se corria en la puerta exterior, y un momento despues la puerta que se cerraba.

Abrio los ojos.

– Peter querido -murmuro-. No hay necesidad de que te vayas. ?Por favor, no te vayas!

Pero no habia mas que silencio, y desde fuera el debil ruido del ascensor que bajaba.

15

Solo quedaban pocos minutos del martes.

En un local de strip de Bourbon Street, una rubia de ampulosas caderas se apretaba a su companero, con una mano puesta sobre el muslo de el, y los dedos de la otra acariciandole la nuca.

– …desde luego -dijo-. Por supuesto que quiero acostarme contigo.

Le habia dicho que se llamaba Stan No-se-cuantos, de una pequena ciudad de Iowa, de la que nunca habia oido hablar. «Y si me echa el aliento una vez mas -penso-, voy a vomitar. No es mal aliento… ?es que viene en forma directa de una cloaca!»

– ?Que estamos esperando, entonces? -pregunto el hombre con groseria. Tomo la mano de ella, moviendola un poco mas arriba, en la parte interior de su muslo-. Tengo aqui algo especial para ti, nena.

La mujer penso con desprecio: «Todos los que vienen aqui dicen lo mismo, jactanciosos, groseros… convencidos de que lo que tienen entre las piernas es algo excepcional por lo que las mujeres se vuelven locas, y tan irracionalmente orgullosos como si lo hubieran cultivado ellos mismos, como un pepino premiado. Con seguridad si se lo sometiera a una prueba al rojo-blanco, este terminaria mostrandose incapaz y planidero, como otros.» Pero no tenia intencion de comprobarlo. ?Dios…!, ?con ese espantoso aliento…!

A pocos pasos de su mesa, una discordante orquesta de jazz, demasiado inexperta para trabajar en uno de los mejores lugares de Bourbon Street como el «Famous Door» o el «Paddock», estaba terminando un numero con entusiasmo. Habia sido bailado (si se puede llamar baile a un meneo cualquiera) por una Jane Mansfield. (Una artimana de Bourbon Street era tomar el nombre de una artista celebre, exhibirlo con una leve falta de ortografia, y adjudicarselo a una desconocida, con la esperanza de que el publico al pasar, pudiera confundirla con la verdadera.)

– Escucha -dijo el hombre de Iowa, impaciente-, ?por que no nos vamos?

– Ya te lo he dicho, trabajo aqui. Todavia no puedo marcharme. Tengo que hacer mi numero.

– Manda al diablo tu numero.

– Vamos, querido, eso no se dice- y como en una repentina inspiracion, la rubia de amplias caderas le pregunto-: ?En que hotel estas?

– En el «St. Gregory».

– No queda lejos de aqui.

– Podrias quitarte las bragas dentro de cinco minutos.

Ella refunfuno:

– ?No puedo tomar una copa antes?

– Por supuesto que si. ?Vamonos!

– Espera, querido Stanley. ?Tengo una idea!

Todo marchaba a pedir de boca, penso la mujer, como una comedia bien ensayada. ?Y por que no? Era la milesima representacion, para obtener unos cientos de dolares, de cualquier forma. En la hora y media pasada, Stan No-se-cuantos, viniera de donde viniera, habia seguido con docilidad la vieja rutina: la primera copa… una prueba, a cuatro veces el precio que hubiera pagado en un bar normal. Luego el camarero la habia traido a ella, para acompanarlo. Se les habia servido una sucesion de bebidas, aunque lo mismo que las otras muchachas que trabajaban a comision en el bar, ella solo tomo te frio en lugar del whisky ordinario que tomaban los clientes. Y mas tarde habia advertido en secreto al camarero que apurara el tratamiento completo… una botella abierta de champana del pais, cuyo precio sefia, si bien «Stanley El Tonto» todavia no lo sabia, de cuarenta dolares… ?y a ver si podia marcharse sin pagar!

De manera que lo que quedaba por hacer era abandonarlo; sin embargo, si las cosas seguian bien, podria ganarse otras pequenas comisiones. Despues de todo, tenia derecho a alguna bonificacion por soportar semejante aliento.

El hombre pregunto:

– ?Que idea, nena?

– Dejame la llave de tu hotel. Puedes conseguir otra en la recepcion; siempre tienen llaves de repuesto. Tan pronto termine aqui, ire a reunirme contigo. -Apreto donde el le habia colocado la mano.- Asegurate de estar preparado para mi.

– Estare listo.

– Bien, entonces dame la llave.

La tenia en la mano, pero fuertemente sujeta.

Pensandolo dijo:

– Oye, estas segura de que…

– Querido, te prometo que volare -sus dedos se movieron otra vez. El nauseabundo sujeto, probablemente, mojaria sus pantalones en un minuto-. Despues de todo, Stan, ?que muchacha no lo haria?

Puso la llave en la mano de ella.

Antes de que pudiera arrepentirse, la muchacha se habia marchado de la mesa. El camarero se ocuparia del resto, ayudado por un hombre musculoso, si Mal-aliento protestaba por la cuenta. Probablemente no lo haria: asi como tampoco volveria. Los idiotas nunca volvian.

Se preguntaba cuanto tiempo permaneceria tendido, esperanzado, en la habitacion del hotel, y cuanto le costaria comprender que ella no iria, ni ahora ni nunca, aunque permaneciera alli por el resto de su inutil vida.

Unas dos horas mas tarde, al fin de una jornada tan monotona como la mayoria de ellas, aunque para su consuelo un poco mas productiva, la rubia de amplias caderas vendio la llave por diez dolares.

El comprador era Keycase Milne.

Miercoles

1

En cuanto los primeros rayos de luz de una nueva aurora se filtraron tenuemente sobre Nueva Orleans, Keycase, sentado sobre la cama de su habitacion en el «St. Gregory», estaba fresco, alerta y listo para

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