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Al salir del hospital, Brunetti vio que el cielo se habia cubierto y habia entrado en la ciudad un fuerte viento del Sur. Se notaba en el aire una humedad que presagiaba lluvia, lo que significaba que quiza aquella noche los despertara el bramido estridente de las sirenas. El aborrecia el acqua alta con todo el encono de los venecianos, y ya se indignaba al pensar en los turistas que se apinarian en las pasarelas boquiabiertos, riendo, senalando, haciendo fotos y cortando el paso a la gente que tenia que ir a trabajar o hacer la compra y no deseaba sino verse otra vez cuanto antes en sitio seco, lejos del trastorno, la suciedad y la irritacion general que las aguas imparables traian a la ciudad. El calculaba que, en su recorrido habitual, solo encontraria agua al cruzar el campo San Bartolomeo, al pie del puente de Rialto. Afortunadamente, la zona que rodeaba la questura estaba relativamente alta y no la afectaban sino las peores inundaciones.

Brunetti se subio el cuello del abrigo y agacho la cabeza sintiendo el empujon del viento en la espalda; ahora le pesaba no haberse puesto un panuelo al cuello aquella manana. Cuando cruzaba por detras de la estatua de Colleoni, a sus pies se estrellaron en el pavimento los primeros goterones. La unica ventaja del viento era que hacia que la lluvia cayera muy en diagonal, con lo que un lado de la estrecha calle quedaba protegida por los aleros de las casas. Los que habian sido mas precavidos que el llevaban paraguas y caminaban bien protegidos, sin preocuparse de los viandantes menos afortunados que tenian que desviarse o agacharse para sortearlos.

Brunetti llego a la questura con los hombros del abrigo calados y los zapatos empapados. En su despacho, se quito el abrigo y lo puso en una percha que colgo de la barra de la cortina, encima del radiador. Quien mirara la ventana desde el otro lado del canal quiza creyera ver a un hombre que se habia ahorcado en su despacho. Si el observador trabajaba en la questura, su primer impulso seria contar los pisos, para ver si aquella era la ventana de Patta.

Encima de la mesa, Brunetti encontro una unica hoja de papel, un informe de la Interpol de Ginebra que decia que no tenian ficha ni informacion acerca de Francesco Semenzato. Debajo del texto pulcramente mecanografiado habia unas palabras manuscritas: «Circulan rumores, nada concreto. Preguntare por ahi.» Y al pie, un garabato en el que reconocio la firma de Piet Heinegger.

A media tarde sono el telefono. Era Lele, que decia que habia podido hablar con varios amigos, incluido el de Birmania. Ninguno se habia mostrado dispuesto a decir algo concreto de Semenzato, pero Lele habia deducido que existia la impresion de que el director del museo estaba involucrado en el negocio de antiguedades. No en calidad de comprador sino de vendedor. Uno de sus informantes tenia entendido que Semenzato habia invertido en una tienda de antiguedades, pero no sabia mas, ignoraba donde estaba y quien pudiera ser el propietario oficial.

– Eso apunta a un conflicto de intereses -dijo Brunetti-. Comprar objetos al socio con dinero del museo.

– No seria el unico -musito Lele, pero Brunetti prefirio no darse por enterado del comentario-. Y otra cosa - agrego el pintor.

– ?Que?

– Cuando hable de un robo de obras de arte, uno me dijo que habia oido hablar de un coleccionista muy importante de Venecia.

– ?Semenzato?

– No -respondio Lele-. No lo pregunte, pero como es sabido que me intereso por el estoy seguro de que, de tratarse de Semenzato, mi amigo me lo hubiera dicho.

– ?Dijo quien era?

– No. No lo sabia. Pero corre el rumor de que se trata de un caballero del Sur. -Lele lo dijo como si le pareciera imposible que un caballero pudiera ser del Sur.

– ?Pero de nombres, nada?

– No, Guido. De todos modos, seguire preguntando.

– Muchas gracias. Te estoy muy agradecido, Lele. Eso no podria hacerlo yo.

– Desde luego -dijo Lele llanamente. Y, sin molestarse en decir «no hay de que», termino con un-: Si hay algo mas, ya te llamare -y colgo.

Brunetti, considerando que ya habia trabajado lo suficiente por aquella tarde y deseando evitar que la llegada del acqua alta lo pillara a este lado de la ciudad, se fue pronto a casa y tuvo dos horas de quietud y soledad antes de que Paola llegara de la universidad. Venia chorreando porque la lluvia habia arreciado y al entrar dijo que habia utilizado la cita y mencionado la imaginaria fuente, pero aun asi el temible marchese habia conseguido estropear el efecto, al sugerir que un escritor como James, al que se atribuia tan buena reputacion, hubiera podido ahorrarse redundancias tan banales. Mientras la escuchaba, Brunetti descubrio con sorpresa lo mucho que durante los ultimos meses habia llegado a aborrecer a este chico al que no habia visto nunca. Como casi siempre, la comida y el vino disiparon el mal humor de Paola, y cuando Raffi se ofrecio a fregar los platos, ella se mostro plenamente contenta y satisfecha.

A las diez ya estaban en la cama, ella, profundamente dormida ante una muestra de escritura estudiantil especialmente desafortunada y el, enfrascado en una nueva traduccion de Suetonio. Habia llegado al pasaje que describia a los ninos que nadaban en la piscina de Tiberio en Capri cuando sono el telefono.

– Pronto -contesto, con la esperanza de que no fuera un asunto de la policia pero consciente de que, a las once menos diez, no podia ser otra cosa.

– Comisario, aqui Monico. -Brunetti recordo que el sargento Monico tenia el turno de noche aquella semana.

– ?Que hay, Monico?

– Creo que ha habido un asesinato.

– ?Donde?

– Palazzo Ducale.

– ?Quien?

– El director.

– ?Semenzato?

– Si, senor.

– ?Que ha ocurrido?

– Parece un atraco. La mujer de la limpieza lo ha encontrado hace unos diez minutos y ha bajado gritando a los guardias. Ellos han subido al despacho, lo han visto y nos han llamado.

– ?Que han hecho ustedes? -Brunetti puso el libro en el suelo al lado de la cama y empezo a buscar la ropa con la mirada.

– Hemos llamado al vicequestore Patta, pero su esposa nos ha dicho que no estaba y que no sabia como localizarlo. -Cualquiera de las dos cosas, se dijo Brunetti, podia ser mentira-. Entonces he decidido llamarle a usted.

– ?Le han dicho algo mas los guardias?

– Si, senor. El que ha llamado ha dicho que habia mucha sangre y que parecia que le habian golpeado en la cabeza.

– ?Ya estaba muerto cuando lo vio la mujer de la limpieza?

– Creo que si, senor. El guardia dijo que cuando ellos subieron lo encontraron muerto.

– Esta bien -dijo Brunetti, apartando la ropa de la cama-. Voy para alla. Envie a quien tenga disponible. ?Quien hay esta noche?

– Vianello, senor. Estaba de guardia conmigo en el turno de noche y ha salido para alla nada mas recibirse la llamada.

– Bien. Llame al dottor Rizzardi y digale que nos veremos alli.

– Si, senor, iba a llamarle ahora mismo.

– Bien -dijo Brunetti haciendo girar el cuerpo y poniendo los pies en el suelo-. Llegare en unos veinte minutos. Necesitamos a un equipo para las fotos y las huellas.

– Si, senor. Avisare a Pavese y a Foscolo en cuanto hable con el dottor Rizzardi.

– De acuerdo. Veinte minutos -dijo Brunetti y colgo. ?Es posible sentirse horrorizado y no sorprendido, a pesar

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