explicito, dijo:
– Crei que en Venecia no habia delincuencia. -La frase, ya mas larga, revelo su acento siciliano; y el tono, su agresividad.
– ?Esta en casa el
– Si. -El joven dio un paso atras y abrio la puerta para que entrara Brunetti. Este se encontro en un gran patio con un pozo circular en el centro. A la izquierda, una escalera sostenida por columnas de marmol subia hasta el primer piso y, girando sobre si misma, seguia hasta el segundo y tercero. Cabezas de leon esculpidas en piedra se erguian a intervalos en la balaustrada de marmol. Debajo de la escalera quedaban vestigios de las obras recientes: una carretilla llena de sacos de cemento, un rollo de gruesa lamina de plastico y grandes botes con churretes de pintura de varios colores.
En lo alto del primer tramo de escaleras, el joven abrio una puerta y retrocedio un paso para permitir a Brunetti entrar en el
Avanzaron por un corredor de marmol y por una escalera interior. La musica subia de volumen y la voz se hacia mas clara a medida que se acercaban a la fuente. El joven parecia no oirla, a pesar de que aquel sonido llenaba el espacio por el que se movian. En lo alto del segundo tramo de la escalera, el joven abrio otra puerta y volvio a retroceder, invitando con un movimiento de la cabeza a Brunetti a entrar en un largo corredor. Tenia que indicarselo por senas, ya que no hubiera podido hacerse oir.
Brunetti paso por delante de el y empezo a caminar por el corredor. El joven le dio alcance y abrio una puerta de la derecha; esta vez, se inclino cuando pasaba Brunetti, y cerro la puerta a su espalda, dejandolo dentro, sordo a todo lo que no fuera la musica.
Brunetti, que no podia ejercitar mas sentido que el de la vista, vio en los cuatro angulos de la habitacion grandes paneles cubiertos de tela desde el suelo hasta la altura de un hombre, orientados hacia el centro de la habitacion. Y alli, recostado en una chaise-longue tapizada de piel marron claro, habia un hombre que, absorto en un librito que tenia en las manos, no parecia haber advertido la entrada de Brunetti. Este se paro en la misma puerta, a observarlo. Y a escuchar la musica.
La voz de la soprano era purisima, un sonido generado en el corazon y alimentado por su calor que brotaba con esa aparente facilidad que es exclusiva de los cantantes que poseen las mayores facultades y la mejor tecnica. La voz hacia pausa en una nota, luego se elevaba, se afirmaba, coqueteaba con lo que ahora identifico el como un arpa y enmudecia un momento mientras los violines y el violonchelo dialogaban con el arpa. Y entonces, como si no hubiera dejado de estar presente, la voz volvia y arrastraba consigo a la cuerda, subiendo y subiendo. Brunetti solo distinguia palabras y frases sueltas, «
El hombre de la chaise-longue aparentaba unos cincuenta y tantos anos, y su cintura denotaba aficion a la buena mesa y la vida sedentaria. El rasgo dominante de su cara era la nariz, grande y carnosa -la misma nariz que Brunetti habia visto en la foto de comisaria de su hijo, el presunto violador-, sobre la que cabalgaban unas gafas de media luna. Los ojos eran grandes, limpidos y muy oscuros, casi negros. La cara, aunque completamente afeitada, tenia en las mejillas ese tinte azulado que denota una barba poblada.
La musica entro en un melancolico
El hombre se relajo en la chaise-longue y dejo caer el librito al suelo. Cerro los ojos, con la cabeza hacia atras y el cuerpo flacido. Aunque no se habia dado por enterado de la llegada de Brunetti, este no dudaba de que el hombre era consciente de su presencia; mas aun, tenia la impresion de que le hacia destinatario de estas manifestaciones de deleite estetico.
Con suavidad, como su suegra solia aplaudir un aria que no le habia gustado pero de la que le habian dicho que estaba muy bien cantada, Brunetti se golpeo las yemas de los dedos unas con otras, languidamente.
Como obligado a volver de unas alturas que los simples mortales no osaban pisar, el hombre de la chaise- longue abrio los ojos, agito la cabeza con fingido asombro y se volvio a mirar a la fuente de esta tibia reaccion.
– ?No le ha gustado la voz? -pregunto con autentica sorpresa.
– Oh, la voz me ha gustado mucho -respondio Brunetti y agrego-: pero la interpretacion me ha parecido un poco forzada.
Si La Capra capto la ambiguedad de la frase, no lo dio a entender. Recogio el libreto y lo levanto en el aire.
– La mejor voz de la epoca, la unica gran cantante -dijo agitando el libreto para mayor enfasis.
– ?La
El hombre torcio el gesto como si hubiera mordido algo desagradable.
– ?Cantar Haendel? ?La Petrelli? -pregunto con gesto de fatigada sorpresa-. Lo unico que ella puede cantar es Verdi y Puccini. -Pronuncio los nombres como el que dice «sexo» y «pasion».
Brunetti fue a objetar que Flavia tambien cantaba Mozart, pero solo pregunto:
– ?El
Al oir su nombre, el hombre se puso en pie, obligado por sus deberes de anfitrion a dejarse de valoraciones esteticas, y fue hacia Brunetti con la mano extendida.
– Si, ?con quien tengo el honor?
Brunetti le estrecho la mano y devolvio la ceremoniosa sonrisa.
– Comisario Guido Brunetti.
– ?Comisario? -Daba la impresion de que La Capra nunca habia oido la palabra.
Brunetti asintio.
– De policia.
Una momentanea confusion se reflejo en la cara del hombre, pero esta vez Brunetti penso que la emocion podia ser real, no fabricada para el publico. La Capra se repuso rapidamente y pregunto con gran cortesia:
– ?Y puedo preguntar, comisario, cual es el motivo de su visita?
Brunetti no queria que La Capra sospechara que lo relacionaba con la muerte de Semenzato, por lo que habia decidido no decir que en el escenario del crimen se habian encontrado las huellas de su hijo. Y, hasta que pudiera hacerse una idea mas clara del hombre, no queria darle a entender que la policia tenia curiosidad por averiguar que relacion podia haber entre el y Brett.
– El robo,
Al momento, el
– ?Si, comisario?
Brunetti dibujo su sonrisa mas amistosa.
– He venido para hablar de la ciudad,
– Es usted muy amable,
– Si. Pero un cafe no vendria mal.
– Ah, venga conmigo. Bajaremos a mi estudio y hare que nos lo traigan. -Con estas palabras, el hombre salio de la habitacion y condujo a Brunetti por la escalera abajo. En el segundo piso, abrio una puerta y retrocedio cortesmente para que Brunetti entrase primero. Los libros cubrian dos de las paredes; y unas pinturas muy necesitadas de una buena limpieza, lo que las hacia parecer mucho mas valiosas, la tercera. Tres altas ventanas dominaban el Gran Canal, en el que se observaba el habitual trafago de embarcaciones en una y otra direccion. La Capra indico a Brunetti un divan tapizado de seda y el se acerco a un largo escritorio de roble, donde descolgo el telefono, pulso un boton y pidio que subieran cafe al estudio.
Su anfitrion cruzo el despacho y se sento frente a Brunetti, subiendose cuidadosamente el pantalon para que no