Carraspeo, como si se dispusiera a cambiar de asunto y a preguntar sobre otra cosa enteramente distinta. Ella dijo entonces:

– Como les he dicho, ocasionalmente se alojaban algunas personas. Mujeres. Ocasionalmente.

– Comprendo -replico Brunetti, mostrando solo un ligero interes-. ?Amigas?

– No lo se.

Vianello levanto la vista y dijo, tambien con una sonrisa agradable:

– Todo el mundo quiere venir y alojarse en Venecia. A mi mujer y a mi nuestros amigos nos preguntan constantemente si sus hijos pueden venir a casa, y nuestros chicos siempre tienen amigos a los que quieren invitar.

Movio la cabeza ante ese pensamiento, como si fuera el conserje de un tranquilo y modesto hotel en Castello, convenientemente alejado del atestado centro de la ciudad, y no un ispettore di polizia. La noticia de tales demandas sorprendio a Brunetti y, considerando la corta edad de los hijos de Vianello y el hecho de que todos los amigos de este vivian en Venecia, lo que habia dicho el inspector resultaba muy improbable, pero al parecer el estaba convencido de su propia historia y prosiguio con ella, para concluir:

– Es probable que vinieran por eso. Inclino la cabeza sobre las paginas, y la signora Giusti dijo en tono inseguro:

– Quiza.

Advirtiendo sus dudas, Brunetti abandono su tono desenfadado y hablo con la seriedad que considero que requeria el asunto:

– Signora, nosotros simplemente queremos entender que clase de mujer era. Todas las personas con las que hemos hablado ponderan su bondad, y yo no tengo ninguna razon para no creerlo. Pero eso no me proporciona ningun conocimiento real de ella. Asi que cualquier cosa que usted me diga podria ayudarme.

– ?Ayudarlo a que? -pregunto con una brusquedad que sorprendio a Brunetti-. ?Sobre que esta preguntando realmente? Usted es de la policia, y nunca viene nada bueno de tener tratos con ustedes. Desde que han entrado han estado mezclando la verdad con lo que ustedes creen que yo quiero o necesito oir, pero en ningun momento han dicho por que esas preguntas son importantes. -Hizo una pausa, pero no fue para calmarse, ni para escuchar lo que alguno de los dos tratara de decir-. He mirado los periodicos, y dicen que murio de un ataque al corazon. Si eso es cierto, no hay necesidad de que ustedes esten aqui, haciendo estas preguntas.

– Puedo entender su preocupacion, signora, puesto que vive en el mismo edificio - dijo Brunetti.

Ella se llevo las manos a las sienes y las presiono, como si hubiera demasiado ruido o sintiera demasiado dolor.

– Basta, basta, basta. O me dicen lo que esta pasando o vayanse los dos.

Cuando termino, casi gritaba.

La disciplina pugnaba contra el instinto. La experiencia de Brunetti sobre la naturaleza humana se enfrentaba a sus sentimientos de humana compasion. Vencio la cautela. Una vez que alguien sabia algo, uno ya no podia controlarlo, porque esas personas eran libres de hacer con eso lo que quisieran, y lo que quisieran no era necesariamente lo que queria uno, y a menudo, en efecto, no lo era.

– Muy bien -dijo, obligando a su cuerpo a relajarse en una postura mas amable, una que reflejara honradez-. La causa fue un ataque al corazon, sobre eso no cabe duda. Pero quisieramos excluir la posibilidad de que alguien hubiera podido crear las condiciones favorables para que se produjera.

Ella se encrespo con aquella jerga y replico:

– ?Que significa eso?

Con calma, como si no se hubiera percatado de su reaccion, Brunetti continuo:

– Significa que alguien pudo haberla… -En este punto se detuvo y ofrecio toda la apariencia de hacer una pausa como para formarse un juicio acerca de si ella era de fiar, antes de proseguir-… asustado o amenazado.

Mas calmada, pregunto:

– ?Se trata de una investigacion oficial?

Opto por decir la verdad.

– No, realmente no. Quiza es por mi paz mental, o por la del hijo de ella. Pero me gustaria excluir la posibilidad de que… de que muriese de resultas de haber sido forzada o asustada. Quiero saber si alguien la amenazo de algun modo, y pense que usted podia saber algo.

– ?Y eso supone una diferencia? -pregunto al instante.

– ?El que?

– Legalmente.

Sin referirse a las pequenas marcas del cuello y los hombros de la signora Altavilla, Brunetti no tenia respuesta que dar.

Ella se levanto y se dirigio a la ventana que se abria al campo y a la prominente iglesia. Dandoles todavia la espalda, dijo:

– Desde abajo, cuando salgo por la puerta, veo la iglesia, pesada, encajada en el suelo. Pero desde aqui arriba casi parece que tuviera alas. -Callo durante un buen rato. Brunetti y Vianello intercambiaron una mirada-. La misma iglesia. Angulo diferente. -De nuevo se sumio en el silencio. Y al termino de una prolongada pausa-: Lo mismo que Costanza. -Brunetti y Vianello intercambiaron otra rapida mirada-. La primera vez que vi a las mujeres en la escalera, no tenia idea de quienes eran. Sabia que no eran limpiadoras porque tenemos a la misma, Luba. Pero yo no podia preguntarle a Costanza porque era una persona muy reservada. Sin embargo, ellas venian, y yo veia a las mismas pocas veces. Al principio, como he dicho, realmente no repare en ellas, y luego si me fije, pero nunca causaron ningun problema. Eran siempre muy educadas, y yo acabe acostumbrandome.

– ?Hasta? -pregunto Brunetti, sintiendo que debia preguntar y que ella necesitaba ayuda para narrar aquella historia.

– Hasta que encontre a una en la escalera, bueno, en el rellano delante de la puerta de Costanza. Yo subia, y alli estaba. Costanza habia salido. Llame a su timbre, y aquella chica seguia alli echada. Al principio pense que podia estar bebida o algo asi. No se por que crei eso; esas mujeres habian sido siempre muy tranquilas. -Aparto la vista, y Brunetti pudo advertir que pensaba en lo que acababa de decir-. Quiza es porque todas tenian aspecto de pobres, y salio mi prejuicio burgues. -Ellos vieron alzarse sus hombros en un encogimiento inconsciente-. No lo se.

»No podia dejarla alli, sin mas, de modo que trate de ayudarla a ponerse en pie. Gemia, asi que supe que no estaba inconsciente. Entonces le vi la cara. Tenia la nariz desviada hacia un lado, y habia mucha sangre en el delantero de su abrigo. Al principio no me percate porque el abrigo era negro, y yo no la habia visto de frente hasta que la hice sentar-. La signora Giusti dio media vuelta y cruzo los brazos sobre el pecho-. Le pregunte que habia ocurrido y me contesto que se habia caido en la calle. Asi que le dije que iba a llamar una ambulancia para que la llevara al hospital.

– ?Era italiana? -pregunto Vianello.

– No, no se de donde era. Yo diria que de algun lugar del Este, pero no estoy segura.

– ?Hablaba italiano?

– Lo suficiente para entender lo que dije y para darme a entender lo de la caida: «Cadere. Pavimento.» Algo asi. Y lo suficiente para entender «ospedale».

– ?Que hizo ella?

– Cuando me oyo decir eso, sintio panico. Me agarro la mano y dijo: «Prego, prego», una y otra vez. «No ospedale.» Cosas asi.

– ?Y que paso? -pregunto Brunetti.

– Oi -ambas oimos- abrirse la puerta. La principal, abajo. -Cerro los ojos, rememorando la escena-. La mujer… Realmente era una nina. No podia pasar de la adolescencia, de veras. Estaba asustada. Yo nunca habia visto a nadie en ese estado, tan solo lo habia leido. Se arrastro hasta el rincon y se apoyo en el. Se puso el abrigo por encima de la cabeza, como si creyera que eso la ocultaba o la volvia invisible. Pero continuo gimiendo, de modo que cualquiera se enteraria de que estaba alli.

– ?Y entonces?

– Entonces subio Costanza. No dijo nada. Se limito a detenerse en lo alto del tramo de escalera. La chica

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